Los dilemas de Kim
Con furia creciente, el juvenil tirano norcoreano Kim Jong-un está procurando convencer al resto del mundo de que está plenamente dispuesto a reducir a escombros Corea del Sur, Estados Unidos y cualquier otro país “imperialista”, pero hasta ahora virtualmente nadie ha tomado demasiado en serio sus palabras belicosas. Aunque la flamante presidenta surcoreana, Park Geun-hye, ha advertido que su país reaccionaría de forma enérgica frente a un eventual acto de agresión por parte de su vecino y los norteamericanos han robustecido su presencia militar en la península, a pocos metros de la frontera la vida cotidiana transcurre normalmente. Tanta indiferencia puede entenderse, ya que desde hace sesenta años los líderes norcoreanos han procurado intimidar a los “imperialistas” amenazándolos con una guerra apocalíptica sin que se hayan producido más que algunos incidentes relativamente menores, pero entraña el peligro de que Kim, un hombre de aproximadamente 30 años –ningún extranjero sabe a ciencia cierta cuántos tiene– que se supone quiere impresionar no sólo a los gobiernos de otros países sino también a los militares del propio, se sienta humillado por la negativa ajena a prestarle atención. Así las cosas, para hacerse oír, tarde o temprano tendría que intentar algo más que formular declaraciones escalofriantes y entretener a sus compatriotas con películas de propaganda en que los valientes soldados norcoreanos invaden Corea del Sur y, luego de derrotar a sus enemigos en el campo de batalla, culminan el operativo haciendo estallar en llamas la Casa Blanca y el Capitolio en Washington. Si fuera cuestión de otro país, no cabría duda de que el mundo se encuentra en vísperas de una guerra devastadora, pero por tratarse de uno tan hermético y tan excéntrico como Corea del Norte, la mayoría de los especialistas supone que lo que realmente quiere Kim es conseguir más ayuda económica sin brindar una impresión de debilidad. De ser así, parecería que sus esfuerzos han sido en vano. Puede que en ocasiones los surcoreanos y norteamericanos hayan procurado apaciguar a la dinastía comunista, atribuyendo las concesiones a su voluntad de impedir que millones de norcoreanos mueran de hambre, pero su paciencia tiene un límite. Si bien son conscientes de los riesgos, entienden que en adelante les convendría más asumir una postura más firme hasta que Kim y los militares que lo rodean lleguen a la conclusión de que sería inútil continuar amenazándolos con una guerra nuclear y que por lo tanto les sería mejor tranquilizarse. De acuerdo común, el único país que está en condiciones de forzar a los norcoreanos a adoptar una actitud menos beligerante es China que, mediante un bloqueo económico, podría asfixiarlos, ya que dependen de su vecino por la energía y los alimentos que necesitan. Hasta hace muy poco China era reacia a romper con su aliado, pero el nuevo gobierno de la superpotencia emergente ha señalado que no se opondría a la reunificación de la península y que en consecuencia aceptaría colaborar efectivamente con las sanciones ordenadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Con todo, si bien la reunificación o, si se prefiere, la anexión de la Corea del Norte famélica por la del Sur próspera constituiría una alternativa mucho menos terrible que la virtual desaparición del país comunista de resultas de una guerra nuclear que tendría consecuencias atroces para toda Asia oriental, tanto los chinos como los surcoreanos temen verse obligados a abrir las puertas a una multitud de refugiados desesperados. Los costos que tuvieron que pagar los alemanes occidentales luego de la implosión de la llamada República Democrática resultaron ser enormes y la parte oriental de su país aún no se ha recuperado de los estragos causados por décadas de comunismo, pero se estima que los que supondría el colapso de Corea del Norte serían incomparablemente mayores, de ahí la falta de entusiasmo de tantos en el Sur. Sea como fuere, a juzgar por la histeria que se ha apoderado de Kim y sus camaradas, parecería que los líderes norcoreanos se han dado cuenta de que su extraño “modelo” no es viable y que, a menos que logren atemorizar tanto a sus vecinos que se resignen a subsidiarlos, su país podría hundirse a causa de sus contradicciones inherentes.
Con furia creciente, el juvenil tirano norcoreano Kim Jong-un está procurando convencer al resto del mundo de que está plenamente dispuesto a reducir a escombros Corea del Sur, Estados Unidos y cualquier otro país “imperialista”, pero hasta ahora virtualmente nadie ha tomado demasiado en serio sus palabras belicosas. Aunque la flamante presidenta surcoreana, Park Geun-hye, ha advertido que su país reaccionaría de forma enérgica frente a un eventual acto de agresión por parte de su vecino y los norteamericanos han robustecido su presencia militar en la península, a pocos metros de la frontera la vida cotidiana transcurre normalmente. Tanta indiferencia puede entenderse, ya que desde hace sesenta años los líderes norcoreanos han procurado intimidar a los “imperialistas” amenazándolos con una guerra apocalíptica sin que se hayan producido más que algunos incidentes relativamente menores, pero entraña el peligro de que Kim, un hombre de aproximadamente 30 años –ningún extranjero sabe a ciencia cierta cuántos tiene– que se supone quiere impresionar no sólo a los gobiernos de otros países sino también a los militares del propio, se sienta humillado por la negativa ajena a prestarle atención. Así las cosas, para hacerse oír, tarde o temprano tendría que intentar algo más que formular declaraciones escalofriantes y entretener a sus compatriotas con películas de propaganda en que los valientes soldados norcoreanos invaden Corea del Sur y, luego de derrotar a sus enemigos en el campo de batalla, culminan el operativo haciendo estallar en llamas la Casa Blanca y el Capitolio en Washington. Si fuera cuestión de otro país, no cabría duda de que el mundo se encuentra en vísperas de una guerra devastadora, pero por tratarse de uno tan hermético y tan excéntrico como Corea del Norte, la mayoría de los especialistas supone que lo que realmente quiere Kim es conseguir más ayuda económica sin brindar una impresión de debilidad. De ser así, parecería que sus esfuerzos han sido en vano. Puede que en ocasiones los surcoreanos y norteamericanos hayan procurado apaciguar a la dinastía comunista, atribuyendo las concesiones a su voluntad de impedir que millones de norcoreanos mueran de hambre, pero su paciencia tiene un límite. Si bien son conscientes de los riesgos, entienden que en adelante les convendría más asumir una postura más firme hasta que Kim y los militares que lo rodean lleguen a la conclusión de que sería inútil continuar amenazándolos con una guerra nuclear y que por lo tanto les sería mejor tranquilizarse. De acuerdo común, el único país que está en condiciones de forzar a los norcoreanos a adoptar una actitud menos beligerante es China que, mediante un bloqueo económico, podría asfixiarlos, ya que dependen de su vecino por la energía y los alimentos que necesitan. Hasta hace muy poco China era reacia a romper con su aliado, pero el nuevo gobierno de la superpotencia emergente ha señalado que no se opondría a la reunificación de la península y que en consecuencia aceptaría colaborar efectivamente con las sanciones ordenadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Con todo, si bien la reunificación o, si se prefiere, la anexión de la Corea del Norte famélica por la del Sur próspera constituiría una alternativa mucho menos terrible que la virtual desaparición del país comunista de resultas de una guerra nuclear que tendría consecuencias atroces para toda Asia oriental, tanto los chinos como los surcoreanos temen verse obligados a abrir las puertas a una multitud de refugiados desesperados. Los costos que tuvieron que pagar los alemanes occidentales luego de la implosión de la llamada República Democrática resultaron ser enormes y la parte oriental de su país aún no se ha recuperado de los estragos causados por décadas de comunismo, pero se estima que los que supondría el colapso de Corea del Norte serían incomparablemente mayores, de ahí la falta de entusiasmo de tantos en el Sur. Sea como fuere, a juzgar por la histeria que se ha apoderado de Kim y sus camaradas, parecería que los líderes norcoreanos se han dado cuenta de que su extraño “modelo” no es viable y que, a menos que logren atemorizar tanto a sus vecinos que se resignen a subsidiarlos, su país podría hundirse a causa de sus contradicciones inherentes.
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