Dividir para no gobernar

Redacción

Por Redacción

Luego de haber avanzado por varios años a un ritmo que los admiradores del “modelo” reivindicado por los kirchneristas no vacilaron en comparar con el alcanzado por China, lo que le permitió recuperar el terreno perdido luego del colapso que siguió al derrumbe de la convertibilidad, parecería que la economía argentina ha chocado contra un muro. Según informa la consultora Ecolatina, en el 2012 se ralentizó mucho más que cualquier otra en América Latina a pesar de los esfuerzos por estimularla imprimiendo cantidades fenomenales de pesos frescos. Por lo tanto, es razonable suponer que las razones del parate así supuesto son casi exclusivamente internas; de haberse debido a las repercusiones de la crisis que está experimentando la mayor parte del mundo desarrollado, como afirma con frecuencia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, todos los países de la región estarían en graves problemas, pero sucede que ninguno se ha visto tan afectado como la Argentina. Si bien el desempeño de algunas economías, entre ellas la de Brasil, ha sido decepcionante, sólo la venezolana se enfrenta con tantas dificultades. La situación nada promisoria en que se encuentra la economía nacional se debe en gran medida a la ineptitud de un equipo, por llamarlo así, notoriamente heterogéneo cuyos integrantes parecen estar más interesados en poner a prueba sus propias teorías particulares que en limitarse a aplicar una común. Esta realidad insólita es la consecuencia lógica del apego de la presidenta y sus incondicionales a la modalidad política que se ve resumida por el lema maquiavélico “dividir para reinar”, pero en lugar de limitarse a sembrar cizaña entre las facciones opositoras, de tal modo debilitándolas, Cristina lo hace también en las distintas reparticiones de su propio gobierno, obligando a los ministros a dejarse acompañar por personas encargadas de vigilarlos y, desde luego, manteniendo separadas las áreas cubiertas –la financiera, las relaciones del gobierno nacional con las provinciales y municipales, las obras públicas, el comercio interior y así por el estilo– por el ministerio de Economía. Puede que a juicio de la presidenta el extraño sistema que se ha instalado ha funcionado muy bien, ya que no se siente amenazada por la presencia de un “superministro” como los de antes que en circunstancias determinadas podría hacerle sombra, pero acarrea la desventaja de que el país corre peligro de precipitarse en una crisis caótica. Salir del berenjenal en que el país se ha metido a causa de la incoherencia del gobierno no será del todo fácil. Para comenzar, sería necesario restaurar la confianza, ya que caso contrario los inversores, tanto nacionales como extranjeros, seguirán boicoteándolo o, peor, abandonándolo a su suerte como quisieran hacer los brasileños. Asimismo, a menos que el gobierno tome medidas menos rudimentarias que la supuesta por el congelamiento “voluntario” de los precios en los supermercados a fin de frenar la inflación, se intensificará la sensación de que en cualquier momento todo podría venirse abajo, como ya ha ocurrido con frecuencia en el pasado al agotarse el “modelo” salvador de turno. Huelga decir que no será posible restaurar el mínimo imprescindible de orden con el “equipo” dividido conformado por personas tan diversas como el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, el viceministro de Economía Axel Kiciloff, la titular del Banco Central Mercedes Marcó del Pont y, en último lugar, el ministro formal de Economía Hernán Lorenzino, sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál de ellos lleva la voz cantante, a menos que sea la presidenta Cristina que, según parece, se ha convencido de que el mundo desarrollado está por hundirse en la miseria y que por lo tanto cualquier alternativa a la “ortodoxia” será forzosamente mejor. Sin embargo, parecería que la presidenta teme los eventuales riesgos políticos que le supondría dejarse acompañar por un ministro de Economía de verdad y que prefiere conservar el esquema inoperante al que se ha acostumbrado, de ahí el pesimismo que sienten quienes creen que, tal y como están las cosas, el país se ve frente a una etapa prolongada de estanflación que culminará con una crisis parecida a las que, con regularidad casi cronométrica, han estallado a través de los años después de disfrutar el país de una etapa signada por el crecimiento.


Luego de haber avanzado por varios años a un ritmo que los admiradores del “modelo” reivindicado por los kirchneristas no vacilaron en comparar con el alcanzado por China, lo que le permitió recuperar el terreno perdido luego del colapso que siguió al derrumbe de la convertibilidad, parecería que la economía argentina ha chocado contra un muro. Según informa la consultora Ecolatina, en el 2012 se ralentizó mucho más que cualquier otra en América Latina a pesar de los esfuerzos por estimularla imprimiendo cantidades fenomenales de pesos frescos. Por lo tanto, es razonable suponer que las razones del parate así supuesto son casi exclusivamente internas; de haberse debido a las repercusiones de la crisis que está experimentando la mayor parte del mundo desarrollado, como afirma con frecuencia la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, todos los países de la región estarían en graves problemas, pero sucede que ninguno se ha visto tan afectado como la Argentina. Si bien el desempeño de algunas economías, entre ellas la de Brasil, ha sido decepcionante, sólo la venezolana se enfrenta con tantas dificultades. La situación nada promisoria en que se encuentra la economía nacional se debe en gran medida a la ineptitud de un equipo, por llamarlo así, notoriamente heterogéneo cuyos integrantes parecen estar más interesados en poner a prueba sus propias teorías particulares que en limitarse a aplicar una común. Esta realidad insólita es la consecuencia lógica del apego de la presidenta y sus incondicionales a la modalidad política que se ve resumida por el lema maquiavélico “dividir para reinar”, pero en lugar de limitarse a sembrar cizaña entre las facciones opositoras, de tal modo debilitándolas, Cristina lo hace también en las distintas reparticiones de su propio gobierno, obligando a los ministros a dejarse acompañar por personas encargadas de vigilarlos y, desde luego, manteniendo separadas las áreas cubiertas –la financiera, las relaciones del gobierno nacional con las provinciales y municipales, las obras públicas, el comercio interior y así por el estilo– por el ministerio de Economía. Puede que a juicio de la presidenta el extraño sistema que se ha instalado ha funcionado muy bien, ya que no se siente amenazada por la presencia de un “superministro” como los de antes que en circunstancias determinadas podría hacerle sombra, pero acarrea la desventaja de que el país corre peligro de precipitarse en una crisis caótica. Salir del berenjenal en que el país se ha metido a causa de la incoherencia del gobierno no será del todo fácil. Para comenzar, sería necesario restaurar la confianza, ya que caso contrario los inversores, tanto nacionales como extranjeros, seguirán boicoteándolo o, peor, abandonándolo a su suerte como quisieran hacer los brasileños. Asimismo, a menos que el gobierno tome medidas menos rudimentarias que la supuesta por el congelamiento “voluntario” de los precios en los supermercados a fin de frenar la inflación, se intensificará la sensación de que en cualquier momento todo podría venirse abajo, como ya ha ocurrido con frecuencia en el pasado al agotarse el “modelo” salvador de turno. Huelga decir que no será posible restaurar el mínimo imprescindible de orden con el “equipo” dividido conformado por personas tan diversas como el secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, el viceministro de Economía Axel Kiciloff, la titular del Banco Central Mercedes Marcó del Pont y, en último lugar, el ministro formal de Economía Hernán Lorenzino, sin que nadie sepa a ciencia cierta cuál de ellos lleva la voz cantante, a menos que sea la presidenta Cristina que, según parece, se ha convencido de que el mundo desarrollado está por hundirse en la miseria y que por lo tanto cualquier alternativa a la “ortodoxia” será forzosamente mejor. Sin embargo, parecería que la presidenta teme los eventuales riesgos políticos que le supondría dejarse acompañar por un ministro de Economía de verdad y que prefiere conservar el esquema inoperante al que se ha acostumbrado, de ahí el pesimismo que sienten quienes creen que, tal y como están las cosas, el país se ve frente a una etapa prolongada de estanflación que culminará con una crisis parecida a las que, con regularidad casi cronométrica, han estallado a través de los años después de disfrutar el país de una etapa signada por el crecimiento.

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