El problema de las horas libres
ROBERTO LUIS RULLI (*)
Por diversos motivos el problema de las horas libres en los establecimientos del Nivel Medio es de suma importancia y considero correcto que el Ministerio de Educación de la Provincia haya decidido intentar buscarle una solución, aunque no comparto en forma plena la propuesta de implementación. Celebro sí que, a partir de la medida tomada, se haya puesto en debate este tema. Si bien una de las causas es el ausentismo docente, que aparece muy alto en algunos casos, es necesario comprender que aunque se redujera siempre va a haber docentes (o hijos de docentes) que se enfermen, docentes mujeres que estén embarazadas, familiares de docentes que fallezcan o trámites personales indelegables a realizar en horario escolar y en cada una de esas situaciones (y otras) el docente tiene el legítimo derecho a la ausencia y la licencia que correspondan, como cualquier otro profesional o trabajador y por lo tanto siempre va a haber horas libres. Es de desear que sean menos, pero representan un aspecto de la vida escolar que las instituciones y el sistema deben igualmente considerar. Me parece bien que se propongan actividades a realizar por los alumnos en esas horas, y especialmente si están vinculadas, directa o indirectamente, con las mismas disciplinas que correspondían, pero estimo que la solución planteada es una simplificación que no abarca la complejidad del problema y lo traslada al interior de la institución que tiene pocas posibilidades de resolverlo por sí misma. Considero que, independientemente de la atención a la coyuntura –el “mientras tanto”, que coincido en que debe ser afrontado–, es indispensable planificar una acción mucho más profunda y a mediano plazo. Sé, por propia experiencia, que no es ni simple ni sencillo, ya que alguna vez lo intenté y debo reconocer que no pude concretarlo, pero estimo que tal vez deba ser reconsiderado procurando adecuarla a los tiempos actuales. Considero que un principio de solución es la paulatina, progresiva y prudente reconversión de la función actual del preceptor que debiera constituirse en una figura pedagógica esencial y central. Hoy, el preceptor cumple tareas administrativas y “disciplinarias” (dicho esto sólo por lo gráfico del término para referirme a un mínimo de orden interno, aunque a algunos pueda parecerles inadecuado). De la misma forma, los requisitos para ser preceptor no incluyen una formación específica en lo pedagógico o didáctico. El preceptor es el personal docente que más tiempo pasa con los alumnos y el que generalmente establece el vínculo más fuerte con ellos. Es interesante que el diccionario de la Real Academia Española define la palabra preceptor/a como: “persona que se ocupa de la educación de un menor” (agrega luego, haciendo la salvedad que “en la Argentina”), también se denomina así al “celador en la educación media” y yo me tomo el atrevimiento de agregar que es horrible la palabra “celador” como sinónimo de “preceptor”. Desde la Antigüedad, los preceptores eran los sabios encargados de formar a los futuros monarcas. No pretendo que tendamos a que cada preceptor de nuestras escuelas se asimile al Aristóteles que educó a Alejandro Magno, pero sí considero que debe definirse un nuevo papel para ellos que los jerarquice en nuestras instituciones, acercándolos más al concepto general de “tutor”, y tal vez así se pueda hacer una contribución al problema que hoy está felizmente en debate. En mi opinión debería comenzar a pensarse en establecer el requisito profesional para la cobertura de nuevos cargos de preceptores, sin afectar laboralmente a los ya existentes, que éstos fueran profesores o estudiantes avanzados de carreras de profesorado. Eso aseguraría una formación pedagógica y didáctica (en particular vinculada al sujeto adolescente) y también un mínimo básico de conocimiento de un área. Si en esa cobertura de cargos se contemplara además que hubiera diversidad de áreas (si designé un preceptor vinculado a las ciencias biológicas el siguiente debe ser de otra disciplina o área), el establecimiento podría contar, en un plazo razonable en términos del sistema, con una planta de preceptores que estuvieran en condiciones de hacerse cargo de horas libres e incluso de generar un acompañamiento pedagógico que podría contribuir en alguna medida a disminuir los niveles de repitencia y de fracaso prematuro y así mejorar los niveles de calidad. Tal vez hasta se podría imaginar como un escalón previo al ejercicio pleno de la profesión, algo así como un proceso de “inmersión institucional que complete el trayecto formativo” (alguna vez un mecanismo similar fue pensado también para el Nivel Primario en la figura de acompañante pedagógico). Si esto se acompañara con la obligación del profesor de planificar bimestralmente actividades para sus alumnos para sus eventuales ausencias obligadas estaríamos ante un panorama que creo sería diferente. No se me escapa que esta propuesta tiene algunos puntos débiles o, si se prefiere, condiciones limitantes actuales a superar, que a primera vista la pueden hacer ver como descabellada o utópica, pero justamente por eso usé antes las palabras “paulatina, progresiva y prudente” y me referí a un mediano plazo. Una de las cuestiones es sin duda la presupuestaria ya que debería mejorarse el salario de los preceptores en su nueva función para que sea acorde con las nuevas exigencias. Otra es la legal, ya que implicaría modificaciones normativas profundas. La tercera, y posiblemente la más grave o compleja, es la falta de profesores y la falta de estudiantes de profesorado (también la falta de instituciones formadoras de profesores para el Nivel Medio). No me cabe duda que debe ser acompañada por una clara política de estímulo a la formación de futuros docentes para el nivel y soy de los que piensan que hay que comenzarla o, si se han dado pasos al respecto, incrementarla y profundizarla. Quiero finalmente reflexionar acerca de la necesidad de enfrentar el problema del Nivel Medio (del cual esta cuestión que trato es una pequeñísima parte) con apertura mental y creatividad despojándonos de las visiones tradicionales y con la audacia de poder evaluar alternativas superadoras sin escepticismo ni pesimismo paralizantes. (*) Expresidente del Consejo Provincial de Educación de Río Negro
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