Intelectuales K: ¿una década perdida?

Desde sus inicios el kirchnerismo recibió el respaldo de académicos, artistas y pensadores de centroizquierda por sus posturas sobre derechos humanos y el llamado a la “transversalidad”. Sin embargo, el entusiasmo se ha ido enfriando en muchos de la mano del personalismo y de medidas que radicalizan el modelo populista y afectan la institucionalidad.

Redacción

Por Redacción

El gobierno de Néstor Kirchner recibió la temprana adhesión de un sector importante de intelectuales que valoraron positivamente su posición frente al tema de los derechos humanos y el proyecto de crear un movimiento transversal de centroizquierda que superara al peronismo. La derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y el juzgamiento y encarcelamiento efectivo de militares responsables de graves violaciones a los derechos humanos acentuaron ese embeleso. Pero la renuncia a construir un espacio de centroizquierda, el personalismo extremo y otras inconsecuencias dieron lugar a las primeras deserciones.

Un sector importante de intelectuales de izquierda que abrazaron el kirchnerismo provino de antiguos adherentes al Frepaso de Carlos “Chacho” Álvarez.

En el Cepes (Centro de Estudios Económicos, Políticos y Sociales) que presidía “Chacho” Álvarez militaban figuras como Juan Abal Medina y los hermanos Lucas y Facundo Nemjakis –actualmente altos cargos en la Jefatura de Gabinete–, Martín Plot, Sebastián Etchemendy, Lorenzo Donohoe, José Vitar, Mario Wainfeld (columnista en “Página/12”) y Edgardo Mocca (habitual contertulio en el programa “6, 7, 8”).

La gran mayoría de estos intelectuales ha conseguido instalarse cómodamente, directa o indirectamente, en los presupuestos del Estado.

Otro sector que adhirió tempranamente al kirchnerismo ha sido el afín al viejo Partido Comunista, de donde han salido figuras emblemáticas como Martín Sabbatella (actual presidente de la Afsca, la autoridad de aplicación de la ley de Medios), el dirigente de cooperativas de crédito y actual diputado Carlos Heller y el periodista de “Página/12” Eduardo Aliverti. A estos intelectuales debe añadirse el grupo que dio lugar al nacimiento de Carta Abierta en el 2008 a raíz del conflicto con el campo.

En este espacio militan algunos náufragos de los años setenta como Horacio González (presidente de la Biblioteca Nacional), el periodista Horacio Verbitsky, el filósofo Ricardo Forster, el escritor José Pablo Feinmann, el historiador Norberto Galasso, el ensayista Eduardo Grüner y otros escritores como Juan Gelman, Noe Jitrik, María Pía López y Mempo Giardinelli. El más destacado miembro del grupo es sin dudas el profesor de la Universidad de Essex (Reino Unido) Ernesto Laclau, autor de “La razón populista”.

El primer sector que se alejó del kirchnerismo para ir a abrevar en el Frente Amplio Progresista de Hermes Binner fue el integrado por Horacio Tumini e Isaac “Yuyo” Rudik, que forman parte de Libres del Sur, un grupo político donde se refugiaron antiguos militantes del ERP. En el 2008 esta agrupación abandonó el Frente para la Victoria tras la decisión de Néstor Kirchner de asumir la presidencia del Partido Justicialista.

Más adelante se registró la importante deserción de José Nun, exsecretario de Cultura de la Nación, que últimamente ha vuelto a escribir en “La Nación” para denunciar el rasgo populista y autoritario del actual gobierno.

Las declaraciones que José Nun formuló a la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú permiten establecer cuáles han sido los puntos de ruptura de los intelectuales decepcionados con el kirchnerismo. Señala Nun que “por definición, el populismo se plantea como ‘lo otro’ de la institucionalidad republicana. Pueden estar acertados o equivocados y no es algo que uno les imputa para agredirlos. Es, en cambio, algo que hace a la esencia de la concepción populista de la política. De la misma manera que el capitalismo genera desigualdades, ¡no porque sea malo sino porque así funciona! Es decir, si hay competencia en el mercado, algunos ganan y otros pierden. Bueno, de la misma manera, el populismo busca establecer una comunicación directa entre el líder y la masa. Y entonces le estorban instituciones que medien en esa relación”.

Esta entrega casi obscena a la voluntad de un líder o caudillo constituye sin duda la contradicción mayor que deben salvar los jóvenes setentistas que vivieron en carne propia las consecuencias de esa estrategia. La “verticalidad” hacia Perón los llevó a aceptar a regañadientes la candidatura vicepresidencial de Isabel Perón y finalmente soportar el fuego graneado de la Triple A dirigida y organizada por quien fuera secretario privado de Perón y superministro de Bienestar Social.

Como acertadamente señala Nun, “la versión más extrema y criticable del populismo es aquella en la cual una masa de gente desposeída de hecho está también privada de la palabra. Entonces, ¡esa masa heterogénea pasa a ser (entre comillas) ‘hablada’ por el líder! Vale decir que la voz del líder se erige a sí misma en la voz del pueblo. Por eso se vuelve intocable. ¿Quién va a atreverse a censurar la voz del pueblo? Quien se atreva a censurarla será, claro, un enemigo del pueblo… Bueno, desde ese punto de vista, ¡el populismo en esta versión extrema hace que las instituciones estén de más!”.

El debate sobre el valor que se otorga a las instituciones democráticas no es nuevo en la izquierda. La polémica entre los marxistas que aceptaron las tesis revolucionarias de Lenin y los socialistas que adoptaron la vía reformista proclamada por Bernstein, dando lugar al nacimiento del movimiento socialdemócrata, se produjo tempranamente, en los primeros años del siglo XX.

De modo que lo que hace ahora Nun es reivindicar en nuestro país la necesidad de cuidar y proteger las instituciones, la principal seña de identidad de los socialistas democráticos. Afirma Nun que a los sectores que defienden el populismo demagógico “hay que oponerles un dato muy fuerte: la Constitución argentina establece que nuestra forma de gobierno es republicana. Y las instituciones de la República están para ser defendidas, ¡y todo aquello que entorpezca su funcionamiento o que las viole es anticonstitucional!”.

Es prematuro saber cuál será el destino de los intelectuales K cuando el peronismo vuelva a mudar de piel y ya no dependan de los presupuestos oficiales. Es probable que, superada la etapa de la tentación populista, muchos retornen a las propuestas originales formuladas por “Chacho” Álvarez y sus seguidores de entonces. Volverán así, después de una década perdida, a la casilla de salida.

Aleardo F. Laría

aleardolaria@rionegro.com.ar

La era kirchnerista


El gobierno de Néstor Kirchner recibió la temprana adhesión de un sector importante de intelectuales que valoraron positivamente su posición frente al tema de los derechos humanos y el proyecto de crear un movimiento transversal de centroizquierda que superara al peronismo. La derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y el juzgamiento y encarcelamiento efectivo de militares responsables de graves violaciones a los derechos humanos acentuaron ese embeleso. Pero la renuncia a construir un espacio de centroizquierda, el personalismo extremo y otras inconsecuencias dieron lugar a las primeras deserciones.

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