Las PASO y la debilidad de nuestros partidos
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
Las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) son una buena idea para otra especie de democracia, no la nuestra. Nadie pondría un motor de una Ferrari en la carrocería de un Fiat 600. Pero en nuestra peculiar y singular democracia, quien detenta el poder se ufana en acomodar las reglas de juego a sus intereses y el resultado no puede más que dar origen a notorias extravagancias. El 28 de octubre del 2009, Cristina Fernández anunció la presentación del proyecto de ley de “democratización de la representación política”. Ese día explicó que con la nueva ley se conseguía un salto de calidad democrática, al dar respuesta a un reclamo de la ciudadanía no militante que se quejaba de “que todo se resuelve dentro de un cuarto y que todo se decide con el dedo de uno, de dos o de tres”. En realidad, la ley venía a satisfacer el deseo de Néstor Kirchner de frenar los desafíos internos en el PJ y disciplinar la tropa. ¿Quién se animaría a desafiar a los candidatos presentados por el aparato oficialista que cuentan con el apoyo logístico del Estado? Como ahora está a la vista, si el deseo era fortalecer los partidos políticos, la instancia electoral ha arrojado resultados desiguales. El ejemplo más claro está en la provincia de Buenos Aires, donde el panperonismo ha utilizado tres canales partidarios, consiguiendo reunir más del 74% de los votos. Como los datos finales revelan que el Frente para la Victoria sólo ha recibido el 29% de los sufragios, el resto se puede considerar “voto opositor”. Una paradoja que resulta difícil entender a cualquier visitante extranjero cuando se le diga que “el peronismo ha batido al peronismo”. El resultado global ha sido un desastre para el oficialismo. Horacio Verbitsky había anunciado el domingo en Página 12 “que los opositores más empedernidos reconocen que el Frente obtendrá no menos del 35% de los sufragios que se emitan en todo el país”. Se equivocó y en el total global, el Frente para la Victoria obtuvo sólo el 26% para diputados y el 27% para senadores, es decir una cantidad aún menor que el 31% obtenido en la reconocida derrota del 2009. En los países como Uruguay o Estados Unidos, donde existen partidos políticos más o menos consolidados, que guardan una fuerte coherencia interna, las primarias han funcionado razonablemente bien y permiten que los ciudadanos elijan a los que consideran los mejores candidatos de cada partido. En la Argentina, en cambio, las PASO han servido para fragmentar al peronismo y, paradójicamente, para fortalecer los espacios o partidos donde ha tenido lugar una verdadera elección interna, como en el centro izquierda porteño UNEN. El sistema de las PASO ofrece varios flancos a la crítica. La más evidente es que al ser un sistema de participación obligatoria en una interna partidaria, se está forzando una participación que debería ser espontánea. En opinión de Margarita Stolbizer, “son una forma de inmiscuirse en la vida interna de los partidos. Está mal obligar a los partidos que acuerdan sus listas y, peor aún, obligar a los ciudadanos a votar dos veces lo mismo”. Otro defecto es que las PASO penalizan al candidato o lista derrotada que, en principio, no puede aspirar a integrarse en la fórmula ganadora, aunque, excepcionalmente, en el caso de la coalición UNEN se pactó un sistema que, bajo ciertas condiciones, permite la integración de todos los participantes en la lista de diputados. Otra restricción de la ley es que tampoco permite modificar listas o reformular alianzas después de la elección primaria. Otra consecuencia no prevista en la ley es que al cumplir el rol de una suerte de encuesta general y obligatoria, permite que en la elección posterior los votantes dirijan tácticamente su voto. Este voto calculador, no partidista, puede resultar letal en esta ocasión para el oficialismo, por el denominado efecto “reloj de arena”, el corrimiento oportunista que se produce tradicionalmente en el peronismo. Es otra consecuencia no prevista de la arriesgada alquimia electoral que el gobierno puso en marcha. Otra consecuencia no buscada es que las PASO contribuyen a distorsionar aún más el rol tradicional de los partidos, que se ven así presionados a presentar un perfil ambiguo, indefinido, para capturar (“catch-all”) ese electorado itinerante que vota tácticamente. En la coyuntura actual es posible que las PASO se hayan convertido en una herramienta impensada pero útil para poner fin a un gobierno intemperante e irresponsable. Pero lo cierto es que, con independencia de su utilidad ocasional, no resulta bueno que las reglas de juego de un sistema democrático estén diseñadas sólo por los detentadores del poder. Deben ser siempre fruto de un acuerdo consensuado del conjunto de fuerzas políticas. Un Congreso renovado debería reflexionar sobre si las PASO cumplen el objetivo para el que se las creó y si aportan a la participación ciudadana en política. Si la legislación en materia electoral –es decir las reglas de juego– reflejara, como es debido, un consenso amplio de los partidos políticos, habría llegado el momento de revisar la actual legislación y flexibilizarla para que cada partido, respetando estrictamente la democracia interna, decida cómo y cuándo designar a sus candidatos.
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