Por playas catalanas

En el período del año ideal –agosto, septiembre e incluso octubre–, cuatro pueblos con playas soñadas a sólo minutos o, como máximo, a dos horas de Barcelona. Recomendaciones para llegar, comer, beber, salir de noche y, eventualmente, tomar alojamiento.

Redacción

Por Redacción

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La frase que afirma que “las playas del centro de Barcelona no son de lo mejor” se debe a su comparación con las otras que se hallan a sólo minutos de la ciudad y que componen en sí mismas un tour de relax o diversión independiente de la bella urbe inmortalizada por las obras de Gaudí.

Fuente de inspiración de numerosos artistas, la región de Cataluña cuenta con una serie de pueblitos con aguas azules y casitas con tejados colgadas de las laderas que recuerdan a cada instante que se está frente al mismísimo Mediterráneo.

Y todos a muy pocos kilómetros de la bonita Barcelona. La lista es larga y cada uno ofrece demasiado como para incluirlos a todos en un solo artículo, por lo que se procederá a presentar una pequeña selección de cuatro opciones, ideales todas, para visitar en el día.

De más está aclarar que también es muy recomendable hacer noche en cualquiera de ellos: la oferta en general es interesante, aunque los costos suelen ser elevados y la disponibilidad durante los fines de semana (sobre todo en alta temporada) puede complicarse.

San Pol… ¿Qué hora es?

San Pol De Mar (o Sant Pol en Catalán) es una villa de mar ubicada a 44 kilómetros al norte de Barcelona que cuenta con unas apacibles playas y con una corta pero muy reconocida oferta gastronómica. Este rincón del litoral barcelonés es famoso por la amabilidad y sosiego de sus pocos habitantes (cerca de cinco mil) quienes se jactan de no haber permitido que se instalen allí grandes capitales, ni discotecas, ni cadenas hoteleras.

En primer lugar es importante destacar que a esta playa –relajada incluso en verano– es mejor llegar en tren y volver en el día: se tarda relativamente poco (una hora aproximadamente), no se paga mucho por el boleto y las propuestas de alojamiento, al ser escasas, tienen precios y disponibilidad complicadas. Hay que tener en cuenta que al ser la playa y la gastronomía tan buenas, no falta quien se olvida del mundo cenando una paella mirando el mar y se pierde el último tren para volver a Barcelona, que dependiendo de la temporada no pasa mucho más tarde de las 22. El consejo entonces es conocer de antemano dicho horario y en base a ello planificar el día.

Respecto a la citada gastronomía debe mencionarse (y recomendar sólo a bolsillos holgados) el restaurante Sant Pau, considerado uno de los mejores de España y galardonado nada menos que con tres estrellas de la guía Michelín. Más terrenal es El Molí, un balcón con vista al océano y precios más módicos: por menos de 40 euros se pueden disfrutar delicias de mar para dos con bebida incluida.

San Pol no sería Sant Pol sin dos anécdotas muy conocidas en la provincia de Barcelona e incluso en la región de Cataluña. La primera tiene que ver con un boleto del gordo de la lotería que cayó íntegro en la única agencia del pueblo y en el que gran parte de los (pocos) habitantes tenía “un pellizco” de las series del número ganador. Así las cosas (y reafirmando la teoría de que con el dinero llegan las disputas) San Pol quedó dividido entre “nuevos ricos” y “nuevos pobres” y hasta el día de hoy, dicen, continúan las peleas y envidias entre los vecinos.

La otra refiere a la construcción, (siglos atrás) de un reloj de sol en el centro del poblado. El inconveniente radicó en que dicho reloj fue construido a la sombra… Desde entonces, cada vez que una persona dice en Cataluña y alrededores que proviene de Sant Pol obtiene como respuesta una pregunta en tono de sorna: “Sant Pol… Quina hora és?”.

Se hace de noche en el sur

A sólo 35 kilómetros de Barcelona, Sitges también es perfecta para hacer una escapada durante el día, aunque si lo que se busca es su gran movida nocturna, entonces se recomienda pernoctar en cualquiera de las variadas opciones de alojamiento (ver “Donde dormir). Es que Sitges es un destino cosmopolita conocido por su gente menor de 40 años que la eligió para instalarse (aunque sea temporariamente) o la visita cada temporada en busca de sol, arena y agua, pero también de noche, tragos y boliches.

Todo comienza tarde, alrededor de las 23:30, en los bares que tienen gente durante todos los días del año pero que arden en primavera y verano, sobre todo los viernes, sábados y domingos (por ello se debe hacer coincidir esta opción con el fin de semana). Los tragos rondan los 6 euros y las cervezas se consiguen por cuatro o cinco y “el lugar” donde se encuentran la mayoría de los bares es la Calle del Pecado, con Parrot, Bali, Coco Rico y El Tucán entre muchos otros.

En el rubro discos se destacan las marcas históricas de España como Pachá y L’ Atlántida, ésta con fiestas (como la de la espuma) en su playa privada que todo joven debería vivir alguna vez en la vida. Ricky’s, Ruta 66 y Otto Zutz son otras referencias en la vida nocturna de Sitges, como lo es la zona del Port d’Aiguadolç, donde también se concentran muchas barras y restaurantes.

Sitges en general cuenta con propuestas que se adaptan a todos los nichos y gustos, de hecho es un paraíso (conocido mundialmente desde hace muchos años) de la movida gay y se realizan allí importantes encuentros y congregaciones, pero también tiene sectores de playas perfectas para ir en familia (Sant Sebastiá, Les Anquines), donde los niños disfrutan del mar con sus padres.

Por si lo dicho fuera poco, el destino tiene eventos populares como el Carnaval (febrero) que se compara con el de Venecia, o el reputado Festival Internacional de Cine fantástico que este año se realizará entre el 11 y el 20 de octubre. Finalmente hay otras dos grandes fiestas de Sitges (tal vez las más queridas por los habitantes). Una es la Major –20 al 25 de agosto–, declarada de interés nacional por la Generalitat de Cataluña. La otra es la del Corpus Christi. En esta última los participantes alfombran (literalmente) las calles con pétalos de flores, para transformar a ciudad en un verdadero deleite para los ojos.

La playa y el castillo

Empieza la Costa Brava. Tossa de Mar es uno de los primeros en esta sucesión de pueblos catalanes. De los primeros por ubicación geográfica –viniendo de Barcelona es el tercero– y por edad: tiene unas ruinas romanas del período I a.C.-VI d.C. Sin embargo, y aunque parezca mentira, no es este tesoro de la humanidad el mayor atractivo histórico de Tossa de Mar: todo queda relegado al castillo medieval que, en la cima de una montaña junto al mar, se convierte en dueño y custodio de una playa de arena dorada y profundas aguas azules.

A diferencia de Sant Pol y Sitges, a la Costa Brava es mejor llegar en auto, aunque en Tossa de Mar haya que dejarlo en un estacionamiento a varias cuadras del mar y del centro porque los vehículos no ingresan al casco histórico… ¿Y qué mejor? No hay nada como caminar por las angostas calles empedradas del pueblo para charlar con sus habitantes y detenerse en los negocios de productos locales, almacenes y claro, en sus restaurantes. Un imperdible es Tapas del Mar, donde se ve que no gastaron muchas energías en poner el nombre al lugar y sí en preparar unos deliciosos pinchos con frutos de mar, aceitunas, jamones ibéricos, y… Ojalá que maneje otro para poder disfrutar también de unas cañas frescas, todo mirando el mar y su castillo (o viceversa)

Entre perlas, un diamante

Una mezcla de turquesa y verde esmeralda cuando se la observa a la distancia… incolora, impoluta y cristalina: así luce el agua en las playas de Calella de Palafrugell, donde las lanchas parten temprano en la mañana y vuelven cuando cae el sol, para anclar a metros de la arena y así terminar de dibujar el paisaje que, aseguran, inspiró a Joan Manuel Serrat para escribir “Mediterráneo”.

Calella de Palafrugell es decididamente una playa de película, y se ubica al lado de su hermana Llafranc que también vale la pena visitar y a la que se accede a pie y luego de atravesar una ladera arbolada (que los lugareños llaman “camino de los contrabandistas”) que ofrece vistas preciosas del mar y de los acantilados. Además, en la bahía de Llafranc está la montaña de San Sebastián (170 metros sobre el nivel del mar) con el Faro de San Sebastián (restaurant incluido) y sus también panorámicas del corazón de la Costa Brava. Volviendo a Calella de Palafrugell hay que remarcar que se trata realmente de un pueblo de pescadores que logró mantener su fisonomía, de hecho donde termina la arena (sin mediar calle alguna) están intactos los portones de los pequeños galpones en los que los pescadores guardaban sus lanchas y su redes. Hoy esos galpones devinieron en residencias y alojamientos de los que los huéspedes salen caminando directamente a la playa. En los extremos de esa sucesión de portones hay un par de restaurantes (Puerto Limón y El Tragamar) donde es obligatorio almorzar o al menos tomar un café antes de volver a Barcelona. Porque, si bien en el centro del pueblo hay otras opciones gastronómicas, siempre será mejor “cerca del mar porque yo… nací en el Mediterráneo”.


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