Ante una etapa nueva

Redacción

Por Redacción

Fiel a su estilo, el gobernador bonaerense Daniel Scioli se las ingenió para agitar el mundillo político nacional con una manifestación efusiva de apoyo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, como a buen seguro comprendía, entrañaba un mensaje que la destinataria hubiera preferido no recibir. Además de aludir, en el transcurso de un acto en el Consejo de las Américas que se celebró el jueves pasado, con la asistencia de muchos políticos destacados, a “los últimos dos años” del mandato presidencial, Scioli dijo que “este gobierno tiene que terminar lo mejor posible”, razón por la que en su opinión “es de una gran irresponsabilidad hablar de transición” aunque, con sus propias palabras, daba a entender que una ya está en marcha. De este modo, trató de ubicarse como el defensor máximo de una presidenta debilitada que perdía con rapidez el poder omnímodo que había acumulado. Como Scioli ya ha dejado saber, le preocupa tanto el cambio de clima que se ha producido últimamente, y que se vio reflejado con cierta crueldad en los resultados de las primarias, que teme que la fase final de la gestión de Cristina sea sumamente conflictiva. Huelga decir que sus advertencias en tal sentido contribuirán poco a tranquilizar a los ya convencidos de que les convendría prepararse cuanto antes para enfrentar una etapa que podría ser muy distinta de la actual. Lo mismo que Carlos Menem al acercarse a su fin los años noventa, Cristina procuró mantener viva la ilusión de una re-reelección no sólo porque quería prolongar por muchos años más su estadía en la Casa Rosada sino también porque era consciente de que los políticos suelen ser más leales hacia el poder y “la caja” que hacia una persona determinada y que por lo tanto le sería peligroso que se difundiera prematuramente la convicción de que su gestión terminaría inexorablemente en diciembre del 2015 a más tardar. En algunos países no es “una gran irresponsabilidad hablar de transición” 28 meses antes de la fecha prevista para el fin de un período presidencial, pero sería comprensible que Scioli realmente creyera que en la Argentina hacerlo podría resultar arriesgado. De haber sido Cristina una mandataria habituada a respetar los límites fijados por las instituciones la situación sería otra y a nadie le parecería raro que políticos ambiciosos maniobraran con los ojos puestos en las próximas elecciones presidenciales, como es el caso en todos los demás países democráticos. En Estados Unidos, tanto los republicanos opositores como los demócratas oficialistas ya están pensando en las elecciones presidenciales de noviembre del 2016 sin que los funcionarios del gobierno de Barack Obama los hayan acusado de actuar como golpistas irresponsables. Scioli parece creer que será de su interés contar con el pleno respaldo de Cristina y sus militantes que, si bien lo consideran un “derechista”, cuando no un “neoliberal”, tarde o temprano entenderán que es el único político que, además de estar en condiciones de triunfar en las elecciones, podría asegurarles cierto grado de protección contra los decididos a obligar a los denunciados por actos de corrupción a rendir cuentas ante la Justicia. En cambio, Sergio Massa, que tiene mucho en común con Scioli, apuesta a que la mayoría querrá romper con el kirchnerismo, motivo por el que está asumiendo actitudes cada vez más opositoras e incluso ha comenzado a hablar de la necesidad de combatir la corrupción. Mal que les pese a Cristina y sus simpatizantes, en la actualidad los dos peronistas bonaerenses parecen destinados a dominar el escenario político nacional, pero de deteriorarse mucho más el estado de la economía y agravarse los problemas ocasionados por la “sensación” de inseguridad, podrían verse frente a rivales procedentes de otras corrientes. Sea como fuere, no cabe duda de que las primarias sirvieron para confirmar que el país está entrando con rapidez en una nueva etapa y que, a menos que los kirchneristas, encabezados, contra su voluntad, coyunturalmente por Scioli, logren sorprender a todos recuperándose en las elecciones legislativas del 27 de octubre del revés doloroso que hace poco les asestó el electorado en los distritos más importantes del país, no habrá forma de demorar, aunque sólo fuera por un par de meses, la tan temida transición.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 25 de agosto de 2013


Fiel a su estilo, el gobernador bonaerense Daniel Scioli se las ingenió para agitar el mundillo político nacional con una manifestación efusiva de apoyo a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, como a buen seguro comprendía, entrañaba un mensaje que la destinataria hubiera preferido no recibir. Además de aludir, en el transcurso de un acto en el Consejo de las Américas que se celebró el jueves pasado, con la asistencia de muchos políticos destacados, a “los últimos dos años” del mandato presidencial, Scioli dijo que “este gobierno tiene que terminar lo mejor posible”, razón por la que en su opinión “es de una gran irresponsabilidad hablar de transición” aunque, con sus propias palabras, daba a entender que una ya está en marcha. De este modo, trató de ubicarse como el defensor máximo de una presidenta debilitada que perdía con rapidez el poder omnímodo que había acumulado. Como Scioli ya ha dejado saber, le preocupa tanto el cambio de clima que se ha producido últimamente, y que se vio reflejado con cierta crueldad en los resultados de las primarias, que teme que la fase final de la gestión de Cristina sea sumamente conflictiva. Huelga decir que sus advertencias en tal sentido contribuirán poco a tranquilizar a los ya convencidos de que les convendría prepararse cuanto antes para enfrentar una etapa que podría ser muy distinta de la actual. Lo mismo que Carlos Menem al acercarse a su fin los años noventa, Cristina procuró mantener viva la ilusión de una re-reelección no sólo porque quería prolongar por muchos años más su estadía en la Casa Rosada sino también porque era consciente de que los políticos suelen ser más leales hacia el poder y “la caja” que hacia una persona determinada y que por lo tanto le sería peligroso que se difundiera prematuramente la convicción de que su gestión terminaría inexorablemente en diciembre del 2015 a más tardar. En algunos países no es “una gran irresponsabilidad hablar de transición” 28 meses antes de la fecha prevista para el fin de un período presidencial, pero sería comprensible que Scioli realmente creyera que en la Argentina hacerlo podría resultar arriesgado. De haber sido Cristina una mandataria habituada a respetar los límites fijados por las instituciones la situación sería otra y a nadie le parecería raro que políticos ambiciosos maniobraran con los ojos puestos en las próximas elecciones presidenciales, como es el caso en todos los demás países democráticos. En Estados Unidos, tanto los republicanos opositores como los demócratas oficialistas ya están pensando en las elecciones presidenciales de noviembre del 2016 sin que los funcionarios del gobierno de Barack Obama los hayan acusado de actuar como golpistas irresponsables. Scioli parece creer que será de su interés contar con el pleno respaldo de Cristina y sus militantes que, si bien lo consideran un “derechista”, cuando no un “neoliberal”, tarde o temprano entenderán que es el único político que, además de estar en condiciones de triunfar en las elecciones, podría asegurarles cierto grado de protección contra los decididos a obligar a los denunciados por actos de corrupción a rendir cuentas ante la Justicia. En cambio, Sergio Massa, que tiene mucho en común con Scioli, apuesta a que la mayoría querrá romper con el kirchnerismo, motivo por el que está asumiendo actitudes cada vez más opositoras e incluso ha comenzado a hablar de la necesidad de combatir la corrupción. Mal que les pese a Cristina y sus simpatizantes, en la actualidad los dos peronistas bonaerenses parecen destinados a dominar el escenario político nacional, pero de deteriorarse mucho más el estado de la economía y agravarse los problemas ocasionados por la “sensación” de inseguridad, podrían verse frente a rivales procedentes de otras corrientes. Sea como fuere, no cabe duda de que las primarias sirvieron para confirmar que el país está entrando con rapidez en una nueva etapa y que, a menos que los kirchneristas, encabezados, contra su voluntad, coyunturalmente por Scioli, logren sorprender a todos recuperándose en las elecciones legislativas del 27 de octubre del revés doloroso que hace poco les asestó el electorado en los distritos más importantes del país, no habrá forma de demorar, aunque sólo fuera por un par de meses, la tan temida transición.

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