“Ejercitarse en el arte de ser un aprendiz”

En una entrevista con “Río Negro”, el elogiado escritor argentino confiesa lo que sintió al tener que cuidar a sus padres y habla sobre el desamparo del cuidador del enfermo. También sobre el temor que le provoca cada libro que encara. Espera que el paso del tiempo lo encamine a una progresiva lucidez, y no a un envejecimiento prematuro y lamentable.

Redacción

Por Redacción

CARACAS.- Andrés Neuman pasó hace unas semanas por Caracas para promocionar su última novela, “Hablar solos”, que ya presentó en Buenos Aires un año atrás. Además de participar de algunas charlas y debates, vio como una groupie literaria le declaró su fanatismo: la joven venezolana tenía tatuado en uno de sus brazos el nombre del escritor argentino, acaso uno de los más alabados por la crítica internacional.

En una charla con “Río Negro”, en la última entrevista que dio antes de partir del país caribeño, el autor de “El viajero del siglo” (premio Alfaguara 2009) ya casi no tenía voz: “¿Estrellato? No, tortura. Porque me ponen aires acondicionado en todos lados con el único objetivo de que me calle. Y lo están consiguiendo, porque amanecí casi mudo, tuve que ir a una farmacia a buscar un jarabe”.

“Hablar solos” cuenta la historia de un viaje que comparten Mario, cercano a la muerte, y su hijo Lito. Es la última oportunidad del padre de enseñarle el mundo a su niño. Es, también, lo que le pasa a Elena, esposa y madre, que se queda esperando. Tres relatos paralelos. Muerte, enfermedad, sexo, silencios, familia. Todo, atravesado por al propia historia de Neuman.

¿Cuál fue tu búsqueda con la novela?

–Reflejar o confesarme ciertas emociones y, sobre todo, contradicciones que tuve cuando me tocó cuidar a mis respectivos padres. Los pensamientos, deseos, temores y fantasías de un cuidador son tan inconfesables que ni siquiera se los cuenta a sí mismos.

–¿Y con qué se encontró?

–Lo emocionante fue ver cómo se invertían los roles. Primero mi padre estuvo enfermo pero se curó y mi madre lo cuidó. Años después fue al revés. Digamos que todo surgió porque en mi casa yo asistí a una especie de relato que podríamos titular “El cuidador cuidado”. Me hizo pensar en quién cuida al cuidador. Quién narra la novela de cómo enferma el cuidador de la enfermedad del otro. Dicho en otras palabras, qué pena que Tolstoi no contó la novela “La muerte de Iván Ilich” desde el punto de vista de su esposa, de sus hijos… Qué pena y qué sintomático que el protagonista casi despótico de esa novela fuera el propio Iván Ilich.

–Una crítica a la mirada siempre puesta en el enfermo.

–Sí, y todo conspira para que sea así. Las sociedades y los estados se organizan para postergar a los cuidadores, confinándolos a lo que llamamos el ámbito de lo familiar. Esto ha sido una negligencia legalizada, así como durante muchos siglos el maltrato a las esposas no se consideraba que atentara contra la ley o los derechos humanos, se lo llamaba asunto familiar o conyugal. Detrás de la puerta, el Estado se lavaba las manos de un montón de cosas. Entre otras muchas, de la asistencia que facilite un poco la supervivencia del cuidador, que al fin y al cabo es alguien que muchas veces no puede trabajar o producir lo suficiente. Está el postergamiento desde lo público y la autocensura del cuidador, con una especie de culpa judeocristiana.

–¿En qué sentido?

–Muchas veces considera que el que sufre es el otro y por eso no tiene derecho a tener una historia, mucho menos a expresar un dolor ni a gozar. ¿Quién soy yo para quejarme pero sobre todo gozar cuando mi ser querido está sufriendo? Es como la traslación de la cultura judeocristiana a las emociones cotidianas del cuidador. Por todo este menjunje complicado, lleno de silencios, culpas y asignaturas pendientes, es infrecuente concebir el relato de una enfermedad desde el protagonismo del cuidador. Yo mismo había sido víctima de esa postergación narrativa en mi primera idea para la novela. Algo me bloqueaba hasta que me di cuenta que me faltaba la periferia de esa historia y del cuidador, que no está enfermo pero espera, asiste, cuida, supervisa, teme, planifica, anticipa…

–Tu mamá murió en 2007. Norman Mailer dice que, para escribir sobre las experiencias cruciales, se debe dejar pasar el tiempo suficiente para no estar demasiado cerca ni demasiado lejos de esa experiencia. ¿Fue así?

–Esa temperatura y distancia intermedia tan difícil de especificar, ¿no? Tiene que ver con la memoria aún fresca y con las emociones que han ido haciendo su duelo. Sí, es probable que sea así. Al escribir enseguida se produciría un desahogo, que no es lo mismo que una catarsis. El desahogo es terapia, la catarsis sería arte. Y para hacer una catarsis hace falta una estructura y la organización de un punto de vista. Eso lleva tiempo. La catarsis sería el arte de enfriar lo caliente o de desviar la rabia hacia algún lugar interesante. ¿Cuándo uno es capaz de hacer eso? No tengo ni idea. Pero efectivamente estoy de acuerdo con Norman Mailer. Esa especie de distancia media es la que permite implicarse con lo narrado pero tener la perspectiva suficiente para observarlo. Esto nos devuelve a lo que contaba antes, curiosamente.

¿Por qué?

–Yo no pude confesarme qué es lo que había sentido cuidando hasta que me apareció la intermediación ficcional, que es una forma de distancia. Jamás habría sido capaz de contar lo que a mí me pasó en una primera persona mía. No hubiera dicho ni la mitad. Me hubiera autocensurado, me habría preocupado lo que iban a pensar mi familia y mis amigos, hubiera sido mucho menos sincero de lo que fui cuando introduje ese elemento distorsionador llamado ficción, que me produjo franqueza porque no era yo, era ella. Muchas veces la ficción no es un desvío sino un atajo, la única manera de decir lo tuyo.

–El personaje aparece para liberarte.

–Tal cual. El carnaval, el disfraz, es una forma de por fin alcanzar una identidad verdadera. Uno se disfraza no para dejar de ser sino para empezar a ser de una puta vez. Un buen personaje es aquel que te permite disfrazarte para alcanzar una voz que tu supuesta identidad cotidiana te está silenciando. Disfrazarse para empezar a hablar, no para disimular. Por eso el carnaval es tan serio y tan subversivo. La ficción es una especie de carnaval aplicado a la narrativa.

Muerte, sexo, enfermedad y miedos integran la nueva obra del autor de “El viajero del siglo” (premio Alfaguara 2009).

Andrés Neuman, autor de “Hablar solos”

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com

“Un buen personaje es aquel que te permite disfrazarte para alcanzar una voz que tu supuesta identidad cotidiana te está silenciando”, asegura el autor.


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