Se equivocaron de país

Redacción

Por Redacción

Como siempre hacen cuando el gobierno se encuentra en apuros, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros funcionarios están tratando de convencer a la ciudadanía de que, detrás de los saqueos y la agitación policial de las semanas últimas, están golpistas que quieren poner fin a la democracia. Dan a entender que todo fue meticulosamente planificado con la finalidad de desestabilizar un gobierno constitucional, pero parecería que la mayoría ya no se siente impresionada por las teorías conspirativas ensayadas por Cristina y el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich. Según éste, todo se debió al accionar de “los vestigios de la dictadura” y “las corporaciones” y otros que a su juicio están resueltos a “socavar la legitimidad del poder democrático”, pero, como la presidenta, ha desistido de decirnos quiénes son. En cuanto a la noción, reivindicada por Capitanich, de que lo que se necesita es más “control popular” de las fuerzas de seguridad, es difícil saber lo que tiene en mente. Puesto que en el léxico kirchnerista, la palabra “popular” suele usarse para aludir a cualidades atribuidas a Cristina, La Cámpora y las agrupaciones de piqueteros, sería de suponer que fantasea con la transformación de la Policía, la Gendarmería, la Prefectura y, cuando no, las Fuerzas Armadas en equivalentes locales de las milicias “populares” chavistas. Tratar los motines policiales y los saqueos como evidencia de que una banda de golpistas está preparándose para apoderarse del país es francamente absurdo. No hay razón alguna para suponer que los policías se hayan propuesto formar una junta con la colaboración de algunas “corporaciones”. Con todo, desde el punto de vista de muchos kirchneristas, el que no sea cuestión de ver repetirse lo que sucedía con frecuencia entre 1930 y 1983, cuando sí había golpistas auténticos, no es motivo de alivio sino de desconcierto. No les es dado desempeñar el papel, en su opinión prestigioso, de víctimas inocentes de fuerzas armadas reaccionarias. Mal que les pese, tendrán que procurar solucionar los problemas sociales, económicos, culturales y administrativos que se han agravado en el transcurso de “la década ganada”, década en que el gobierno de los Kirchner contó con más recursos financieros que cualquier otro en la historia del país. Para congraciarse con progresistas nostálgicos y personas que se han quedado anímicamente en la Argentina de treinta años atrás, Néstor Kirchner y su esposa optaron por gobernar como si la única alternativa a su propia gestión fuera la de una dictadura militar. Al equivocarse así de país, no extraña que hayan cometido tantos errores. Por un rato, el ingreso torrencial de divisas posibilitado por el aumento espectacular del precio de la soja y otros productos agrícolas en los mercados internacionales les permitió salirse con la suya pero, desgraciadamente no sólo para Cristina sino también para decenas de millones de otros, la etapa así supuesta ya ha llegado a su fin. Para que los dos años que lo separan de diciembre del 2015 transcurran con tranquilidad relativa, el gobierno de Cristina tendría que resignarse a gobernar el país que efectivamente existe. Es un país sin golpistas pero, tal detalle aparte, no es mucho mejor que la Argentina de otros tiempos, ya que la tasa de inflación está entre las más altas del planeta, los encargados de velar por la seguridad ciudadana percibían hasta la semana pasada una miseria y los intentos tardíos por corregir la distorsión peligrosa así supuesta han desatado una puja distributiva que es de prever sea feroz. Por lo demás, al difundirse un clima de tensa espera, los agentes económicos, desde los encargados de las empresas más importantes hasta los comerciantes de los barrios deprimidos que apenas logran mantenerse a flote, están concentrándose en defender lo ya conseguido –lo que dista de ser fácil, puesto que parecería que el gobierno ha triunfado en su guerra contra el ahorro–, no en aprovechar las eventuales oportunidades para ganar más en el futuro. ¿Podrá el gobierno de Cristina restaurar la confianza en su capacidad para manejar los muchos problemas causados por su apego a un “relato” que ni siquiera sería apropiado para la Argentina de mediados del siglo pasado? A menos que procure enfrentarlos, la fase final de la gestión kirchnerista será muy pero muy turbulenta.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 18 de diciembre de 2013


Como siempre hacen cuando el gobierno se encuentra en apuros, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros funcionarios están tratando de convencer a la ciudadanía de que, detrás de los saqueos y la agitación policial de las semanas últimas, están golpistas que quieren poner fin a la democracia. Dan a entender que todo fue meticulosamente planificado con la finalidad de desestabilizar un gobierno constitucional, pero parecería que la mayoría ya no se siente impresionada por las teorías conspirativas ensayadas por Cristina y el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich. Según éste, todo se debió al accionar de “los vestigios de la dictadura” y “las corporaciones” y otros que a su juicio están resueltos a “socavar la legitimidad del poder democrático”, pero, como la presidenta, ha desistido de decirnos quiénes son. En cuanto a la noción, reivindicada por Capitanich, de que lo que se necesita es más “control popular” de las fuerzas de seguridad, es difícil saber lo que tiene en mente. Puesto que en el léxico kirchnerista, la palabra “popular” suele usarse para aludir a cualidades atribuidas a Cristina, La Cámpora y las agrupaciones de piqueteros, sería de suponer que fantasea con la transformación de la Policía, la Gendarmería, la Prefectura y, cuando no, las Fuerzas Armadas en equivalentes locales de las milicias “populares” chavistas. Tratar los motines policiales y los saqueos como evidencia de que una banda de golpistas está preparándose para apoderarse del país es francamente absurdo. No hay razón alguna para suponer que los policías se hayan propuesto formar una junta con la colaboración de algunas “corporaciones”. Con todo, desde el punto de vista de muchos kirchneristas, el que no sea cuestión de ver repetirse lo que sucedía con frecuencia entre 1930 y 1983, cuando sí había golpistas auténticos, no es motivo de alivio sino de desconcierto. No les es dado desempeñar el papel, en su opinión prestigioso, de víctimas inocentes de fuerzas armadas reaccionarias. Mal que les pese, tendrán que procurar solucionar los problemas sociales, económicos, culturales y administrativos que se han agravado en el transcurso de “la década ganada”, década en que el gobierno de los Kirchner contó con más recursos financieros que cualquier otro en la historia del país. Para congraciarse con progresistas nostálgicos y personas que se han quedado anímicamente en la Argentina de treinta años atrás, Néstor Kirchner y su esposa optaron por gobernar como si la única alternativa a su propia gestión fuera la de una dictadura militar. Al equivocarse así de país, no extraña que hayan cometido tantos errores. Por un rato, el ingreso torrencial de divisas posibilitado por el aumento espectacular del precio de la soja y otros productos agrícolas en los mercados internacionales les permitió salirse con la suya pero, desgraciadamente no sólo para Cristina sino también para decenas de millones de otros, la etapa así supuesta ya ha llegado a su fin. Para que los dos años que lo separan de diciembre del 2015 transcurran con tranquilidad relativa, el gobierno de Cristina tendría que resignarse a gobernar el país que efectivamente existe. Es un país sin golpistas pero, tal detalle aparte, no es mucho mejor que la Argentina de otros tiempos, ya que la tasa de inflación está entre las más altas del planeta, los encargados de velar por la seguridad ciudadana percibían hasta la semana pasada una miseria y los intentos tardíos por corregir la distorsión peligrosa así supuesta han desatado una puja distributiva que es de prever sea feroz. Por lo demás, al difundirse un clima de tensa espera, los agentes económicos, desde los encargados de las empresas más importantes hasta los comerciantes de los barrios deprimidos que apenas logran mantenerse a flote, están concentrándose en defender lo ya conseguido –lo que dista de ser fácil, puesto que parecería que el gobierno ha triunfado en su guerra contra el ahorro–, no en aprovechar las eventuales oportunidades para ganar más en el futuro. ¿Podrá el gobierno de Cristina restaurar la confianza en su capacidad para manejar los muchos problemas causados por su apego a un “relato” que ni siquiera sería apropiado para la Argentina de mediados del siglo pasado? A menos que procure enfrentarlos, la fase final de la gestión kirchnerista será muy pero muy turbulenta.

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