Estatismo vergonzante
Puesto que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros miembros del gobierno nacional, además de virtualmente todos los intelectuales más prestigiosos, se afirman convencidos de que lo que el país necesita para prosperar es una mayor presencia estatal, debería motivarles orgullo la difusión del nuevo ranking mundial de libertad económica del Wall Street Journal y la Heritage Foundation. A juicio de los investigadores vinculados con aquellos dos bastiones del neoconservadurismo norteamericano, de un total de 178 países la Argentina está entre los 15 económicamente más reprimidos, superada en América Latina sólo por Venezuela y Cuba. Para los convencidos de que la libertad económica es buena, el que, en opinión de un medio tan influyente en el mundo de los negocios como el Wall Street Journal, la Argentina se asemeje mucho más a Cuba y Corea del Norte que a Alemania o Estados Unidos es de por sí desastroso, pero desde el punto de vista de los comprometidos con el intervencionismo estatal significa que el gobierno nacional y popular está ganando la batalla contra el neoliberalismo. Sin embargo, lejos de festejar el triunfo así supuesto, oficialistas como el ministro de Defensa, Agustín Rossi, tomaron la difusión del informe norteamericano por un acto de agresión. Rossi se aseveró “sorprendido por la virulencia de las críticas que diversos voceros del poder financiero internacional están realizando” y también por la voluntad de medios locales de prestarles atención. Parecería que lo que quieren el ministro y otros kirchneristas es oír misa y andar en la procesión, ser felicitados en el exterior por su respeto por su adhesión a normas liberales y, fronteras adentro, merecer el aplauso de los partidarios del estatismo más extremo que, bien que mal, abundan en el país. Por cierto, toda vez que surge un problema nuevo los kirchneristas, con el apoyo de otros políticos de mentalidad populista parecida, se proponen solucionarlo estatizando las empresas que según ellos son responsables. Es lo que hicieron con el correo, Aerolíneas Argentinas, los fondos jubilatorios privados y, si bien de forma indirecta, YPF, mientras que el ministro de Planificación, Julio De Vido, amenaza con apoderarse de Edenor y Edesur para que dejen de privar de luz durante semanas a los habitantes de barrios de la capital federal y el Gran Buenos Aires. Asimismo, para frenar la inflación, el gobierno apuesta a un régimen de controles en el marco de un acuerdo de precios supuestamente voluntario; sabrá que no funcionará pero entiende que le convendría tratar de brindar la impresión de estar en condiciones de manejar todas las variables económicas. Aunque la libertad económica no se traduce automáticamente en más prosperidad, los países que ocupan los lugares de privilegio en la tabla de posiciones del Wall Street Journal y la Heritage Foundation –Hong Kong, Singapur, Australia y Suiza– disfrutan de ingresos per cápita que son muy pero muy superiores a los de Corea del Norte, Cuba y la Argentina, mientras que Italia y Francia, países aún ricos que son considerados a lo mejor “moderadamente libres”, están en graves apuros atribuibles a su resistencia a adaptarse a los tiempos que corren. Aun cuando el Estado sea relativamente eficaz, su presencia excesiva suele tener a la larga consecuencias económicas negativas; cuando es inoperante, como es el caso en nuestro país, sólo logrará asfixiar la actividad privada, depauperando cada vez más al conjunto. Ya es evidente que el país pagará un precio terriblemente alto por haber permitido que los kirchneristas manejaran áreas clave de la economía nacional, repartiendo cargos entre militantes sin experiencia ejecutiva de La Cámpora y otras agrupaciones afines, en lo que ha resultado ser una parodia burda del estatismo proyectado por intelectuales socialistas de generaciones anteriores. Pudieron hacerlo porque, a pesar de todo lo ocurrido tanto en el país como en el resto del mundo en las décadas últimas, sectores muy amplios, que incluyen a las víctimas principales de la inoperancia populista, siguen confiando más en la benevolencia de los dirigentes políticos que en la capacidad de los empresarios privados de generar los recursos necesarios para posibilitar un estándar de vida más elevado.
Puesto que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el ministro de Economía Axel Kicillof y otros miembros del gobierno nacional, además de virtualmente todos los intelectuales más prestigiosos, se afirman convencidos de que lo que el país necesita para prosperar es una mayor presencia estatal, debería motivarles orgullo la difusión del nuevo ranking mundial de libertad económica del Wall Street Journal y la Heritage Foundation. A juicio de los investigadores vinculados con aquellos dos bastiones del neoconservadurismo norteamericano, de un total de 178 países la Argentina está entre los 15 económicamente más reprimidos, superada en América Latina sólo por Venezuela y Cuba. Para los convencidos de que la libertad económica es buena, el que, en opinión de un medio tan influyente en el mundo de los negocios como el Wall Street Journal, la Argentina se asemeje mucho más a Cuba y Corea del Norte que a Alemania o Estados Unidos es de por sí desastroso, pero desde el punto de vista de los comprometidos con el intervencionismo estatal significa que el gobierno nacional y popular está ganando la batalla contra el neoliberalismo. Sin embargo, lejos de festejar el triunfo así supuesto, oficialistas como el ministro de Defensa, Agustín Rossi, tomaron la difusión del informe norteamericano por un acto de agresión. Rossi se aseveró “sorprendido por la virulencia de las críticas que diversos voceros del poder financiero internacional están realizando” y también por la voluntad de medios locales de prestarles atención. Parecería que lo que quieren el ministro y otros kirchneristas es oír misa y andar en la procesión, ser felicitados en el exterior por su respeto por su adhesión a normas liberales y, fronteras adentro, merecer el aplauso de los partidarios del estatismo más extremo que, bien que mal, abundan en el país. Por cierto, toda vez que surge un problema nuevo los kirchneristas, con el apoyo de otros políticos de mentalidad populista parecida, se proponen solucionarlo estatizando las empresas que según ellos son responsables. Es lo que hicieron con el correo, Aerolíneas Argentinas, los fondos jubilatorios privados y, si bien de forma indirecta, YPF, mientras que el ministro de Planificación, Julio De Vido, amenaza con apoderarse de Edenor y Edesur para que dejen de privar de luz durante semanas a los habitantes de barrios de la capital federal y el Gran Buenos Aires. Asimismo, para frenar la inflación, el gobierno apuesta a un régimen de controles en el marco de un acuerdo de precios supuestamente voluntario; sabrá que no funcionará pero entiende que le convendría tratar de brindar la impresión de estar en condiciones de manejar todas las variables económicas. Aunque la libertad económica no se traduce automáticamente en más prosperidad, los países que ocupan los lugares de privilegio en la tabla de posiciones del Wall Street Journal y la Heritage Foundation –Hong Kong, Singapur, Australia y Suiza– disfrutan de ingresos per cápita que son muy pero muy superiores a los de Corea del Norte, Cuba y la Argentina, mientras que Italia y Francia, países aún ricos que son considerados a lo mejor “moderadamente libres”, están en graves apuros atribuibles a su resistencia a adaptarse a los tiempos que corren. Aun cuando el Estado sea relativamente eficaz, su presencia excesiva suele tener a la larga consecuencias económicas negativas; cuando es inoperante, como es el caso en nuestro país, sólo logrará asfixiar la actividad privada, depauperando cada vez más al conjunto. Ya es evidente que el país pagará un precio terriblemente alto por haber permitido que los kirchneristas manejaran áreas clave de la economía nacional, repartiendo cargos entre militantes sin experiencia ejecutiva de La Cámpora y otras agrupaciones afines, en lo que ha resultado ser una parodia burda del estatismo proyectado por intelectuales socialistas de generaciones anteriores. Pudieron hacerlo porque, a pesar de todo lo ocurrido tanto en el país como en el resto del mundo en las décadas últimas, sectores muy amplios, que incluyen a las víctimas principales de la inoperancia populista, siguen confiando más en la benevolencia de los dirigentes políticos que en la capacidad de los empresarios privados de generar los recursos necesarios para posibilitar un estándar de vida más elevado.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora