El cordero extraviado

Redacción

Por Redacción

Luego de una década larga de aislamiento autoimpuesto de los mercados financieros internacionales, la Argentina está procurando reinsertarse, pero, como ya habrán entendido el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios, hacerlo no será tan fácil como habían esperado. Por desgracia, el gobierno kirchnerista se las ha arreglado para dotarse de una reputación extraordinariamente mala. No se trata de las dudas en cuanto a la validez de un conjunto de ideas “heterodoxas” sino de la impresión lamentable dejada por la voluntad oficial de difundir estadísticas fraudulentas y de transgredir alegremente todas las normas, mofándose en público de “la seguridad jurídica”, como hizo Kicillof al apoderarse de la mayoría de las acciones de Repsol en YPF. Además de dejar de aprovechar toda oportunidad que surja para criticar el orden establecido para entonces proponer reemplazarlo por uno diseñado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus ideólogos favoritos, los representantes del gobierno tendrán que acostumbrarse a hablar amablemente con interlocutores de otros países u organismos como el FMI y el Banco Mundial, afirmarse dispuestos a respetar las reglas vigentes y modificar radicalmente el rumbo de la economía nacional. Mal que les pese, para negociar con éxito un acuerdo con el Club de París, no sería suficiente que Kicillof jurara que en adelante la Argentina hará un esfuerzo denodado por satisfacer a los acreedores. También le sería forzoso convencerlos de que el país está en condiciones de cumplir con las obligaciones asumidas, razón por la que los miembros de dicho “club” –los gobiernos de los países europeos, el Japón y Estados Unidos– insisten en que el FMI se encargue de monitorear la evolución de la economía argentina. Por motivos comprensibles, no les interesan demasiado los números oficiales confeccionados por el Indec. Quieren saber lo que está sucediendo, no lo que, a un gobierno obsesionado por un “relato” estudiantil, le gustaría creer. Para hacer aún más difícil la tarea que ha emprendido Kicillof, tanto aquí como en el resto del mundo se da por descontado que la aparente voluntad de Cristina de adoptar una política económica “ortodoxa” sólo se debe a que necesita con urgencia conseguir más dinero porque se han vaciado las arcas gubernamentales. Pocos creen que la presidenta realmente entienda que el modelo populista que ha reivindicado con tanta pasión es una fantasía que nunca pudo funcionar. Puede que en última instancia importe mucho más lo que haga Cristina en el futuro que sus decididamente excéntricas ideas económicas, pero, así y todo, el que hubiera preferido obrar de otra manera incidirá en su gestión, privándola de la firmeza que será imprescindible en los meses próximos en que aumentarán mucho los costos políticos. Si lo único que quiere la presidenta es impresionar gratamente a los demás para que le presten dinero, los inversores en potencia seguirán desconfiando de ella. Si la Argentina fuera un país “normal”, todos los dirigentes opositores más influyentes estarían colaborando con Cristina en un esfuerzo por convencer a los políticos, empresarios y banqueros extranjeros, además de los agentes económicos locales, de que les convendría ayudar al país a superar sus problemas financieros actuales, pero parecería que la mayoría ha llegado a la conclusión de que sería mejor suponer que no habrá cambios auténticos antes de diciembre del 2015. Por lo tanto, insisten en que ellos sí están preparados para administrar la economía con sensatez porque saben muy bien que la alternativa populista ensayada por los kirchneristas y sus aliados ya ha tenido consecuencias desastrosas y que sería peor que inútil seguir por el mismo camino. Dadas las circunstancias, la resistencia a solidarizarse con un gobierno cuyos problemas más apremiantes se deben exclusivamente a su propia arrogancia puede considerarse lógica. A poco más de un año y medio de la fecha fijada para las elecciones presidenciales próximas, ningún aspirante a suceder a Cristina querrá compartir los costos políticos del descalabro provocado por el voluntarismo ciego de un grupo de personas que se imaginaban iluminadas y destinadas a sorprender al resto del mundo con un “modelo” socioeconómico novedoso tan exitoso que cambiaría la historia.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 20 de marzo de 2014


Luego de una década larga de aislamiento autoimpuesto de los mercados financieros internacionales, la Argentina está procurando reinsertarse, pero, como ya habrán entendido el ministro de Economía Axel Kicillof y otros funcionarios, hacerlo no será tan fácil como habían esperado. Por desgracia, el gobierno kirchnerista se las ha arreglado para dotarse de una reputación extraordinariamente mala. No se trata de las dudas en cuanto a la validez de un conjunto de ideas “heterodoxas” sino de la impresión lamentable dejada por la voluntad oficial de difundir estadísticas fraudulentas y de transgredir alegremente todas las normas, mofándose en público de “la seguridad jurídica”, como hizo Kicillof al apoderarse de la mayoría de las acciones de Repsol en YPF. Además de dejar de aprovechar toda oportunidad que surja para criticar el orden establecido para entonces proponer reemplazarlo por uno diseñado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y sus ideólogos favoritos, los representantes del gobierno tendrán que acostumbrarse a hablar amablemente con interlocutores de otros países u organismos como el FMI y el Banco Mundial, afirmarse dispuestos a respetar las reglas vigentes y modificar radicalmente el rumbo de la economía nacional. Mal que les pese, para negociar con éxito un acuerdo con el Club de París, no sería suficiente que Kicillof jurara que en adelante la Argentina hará un esfuerzo denodado por satisfacer a los acreedores. También le sería forzoso convencerlos de que el país está en condiciones de cumplir con las obligaciones asumidas, razón por la que los miembros de dicho “club” –los gobiernos de los países europeos, el Japón y Estados Unidos– insisten en que el FMI se encargue de monitorear la evolución de la economía argentina. Por motivos comprensibles, no les interesan demasiado los números oficiales confeccionados por el Indec. Quieren saber lo que está sucediendo, no lo que, a un gobierno obsesionado por un “relato” estudiantil, le gustaría creer. Para hacer aún más difícil la tarea que ha emprendido Kicillof, tanto aquí como en el resto del mundo se da por descontado que la aparente voluntad de Cristina de adoptar una política económica “ortodoxa” sólo se debe a que necesita con urgencia conseguir más dinero porque se han vaciado las arcas gubernamentales. Pocos creen que la presidenta realmente entienda que el modelo populista que ha reivindicado con tanta pasión es una fantasía que nunca pudo funcionar. Puede que en última instancia importe mucho más lo que haga Cristina en el futuro que sus decididamente excéntricas ideas económicas, pero, así y todo, el que hubiera preferido obrar de otra manera incidirá en su gestión, privándola de la firmeza que será imprescindible en los meses próximos en que aumentarán mucho los costos políticos. Si lo único que quiere la presidenta es impresionar gratamente a los demás para que le presten dinero, los inversores en potencia seguirán desconfiando de ella. Si la Argentina fuera un país “normal”, todos los dirigentes opositores más influyentes estarían colaborando con Cristina en un esfuerzo por convencer a los políticos, empresarios y banqueros extranjeros, además de los agentes económicos locales, de que les convendría ayudar al país a superar sus problemas financieros actuales, pero parecería que la mayoría ha llegado a la conclusión de que sería mejor suponer que no habrá cambios auténticos antes de diciembre del 2015. Por lo tanto, insisten en que ellos sí están preparados para administrar la economía con sensatez porque saben muy bien que la alternativa populista ensayada por los kirchneristas y sus aliados ya ha tenido consecuencias desastrosas y que sería peor que inútil seguir por el mismo camino. Dadas las circunstancias, la resistencia a solidarizarse con un gobierno cuyos problemas más apremiantes se deben exclusivamente a su propia arrogancia puede considerarse lógica. A poco más de un año y medio de la fecha fijada para las elecciones presidenciales próximas, ningún aspirante a suceder a Cristina querrá compartir los costos políticos del descalabro provocado por el voluntarismo ciego de un grupo de personas que se imaginaban iluminadas y destinadas a sorprender al resto del mundo con un “modelo” socioeconómico novedoso tan exitoso que cambiaría la historia.

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