“La ‘seño’ Lucía se jubiló hace 25 años y hoy sueña…”
Después de muchos años volví a la escuela para alimentar el alma con los recuerdos de aquel hermoso tiempo pasado en que no podía faltar la imagen de la “seño” Lucía, quien jamás se sintió como la segunda mamá porque para eso estudió la carrera docente. Nuestra querida maestra Lucía, sin saberlo, era una mamá compartida por el afecto y la comprensión hacia nosotros y eso nos hacía felices, porque íbamos a estudiar con mucha alegría al saber que esa gran familia con pupitres y pizarrones era una continuidad de nuestros hogares. Recuerdo que cuando salíamos de casa caminábamos muy ligero porque el desayuno de mamá nos dejaba una energía en el cuerpo que duraba hasta el mediodía, cuando la secretaria hacía sonar la campana y todos formábamos fila en silencio, tomábamos distancia y después del saludo de la directora salíamos corriendo todos juntos. Fueron tantas las ganas de volver a encontrarme con mi “seño” Lucía que con mucho respeto y un poco de vergüenza fui hasta su domicilio y antes de golpear las manos la vi arreglando su jardín con un sombrero de paja en la cabeza y guantes para no arruinarse las finas manos que aún muestra. Obviamente, cuando llamé su atención no me conoció porque su rostro es el mismo, como una rosa con algún pétalo arrugado, pero el mío ha cambiado bastante. Cuando comencé a recordarle aquellos días en la escuela, me miró fijo y unas lágrimas brotaron de sus hermosos ojos, porque sin querer le regalé un momento de ternura por todo aquello que ella también tiene guardado en ese rincón del corazón. Avanzada la charla, me comentó que todas las noches sueña lo mismo y se mezclan los recuerdos con lo que hoy observa en la sociedad. Entonces le pregunté cuál era el sueño y me respondió que con su delantal blanco esperaba todos los días a los niños de su grado en la puerta de la escuela y todos llegábamos felices y con la “pancita llena” para estudiar y jugar en los recreos. Hoy cuando pasa por ese lugar de sus sueños ya no siente el olor a papel de los libros, cuadernos o madera de los pupitres y lo único que aspira es el abundante aroma de algún guiso que están cocinando generosamente y seguro que con mucho amor los responsables del comedor escolar, al que asisten muchos niños que en sus casas no cuentan con la posibilidad de recibir alimentos como nosotros en aquella época no tan lejana. El sueño de mi “seño” es que los niños vuelvan a la escuela para estudiar, que se sienten a la mesa con sus familiares a compartir el alimento que sus padres se ganaron con el sudor de la frente y no con lo que consiguen como dádiva una vez por mes después de hacer largas colas en el banco. Quiere una escuela que integre a los niños y a la que los padres vayan a buscarlos cuando culminan las horas de clase y no a pegarles a las docentes cuando creen que algo no hicieron bien con sus niños y se preocupen más por mantener la disciplina desde sus propios hogares porque, como a los árboles, desde chiquitos hay que apuntalarlos y así los verán crecer fuertes y con lindos frutos. Me despedí de mi “seño” con un beso en cada mejilla como se hace por estos pagos y me acarició la cara como hacía con todos nosotros cada día de clases cuando alguno estaba un poco triste. Hoy es ella quien está triste y no me animé a poner mis manos en su rostro porque es tan grande el respeto que acunó en mi ser que sólo me conformé con decirle “Gracias, mi seño… la quiero mucho”. “Todo el orgullo de un maestro son los alumnos, la germinación de las semillas sembradas”. Dmitri Mendeléyev Ricardo Bustos DNI 7.788.556 Capioví – Misiones
Ricardo Bustos DNI 7.788.556 Capioví – Misiones
Después de muchos años volví a la escuela para alimentar el alma con los recuerdos de aquel hermoso tiempo pasado en que no podía faltar la imagen de la “seño” Lucía, quien jamás se sintió como la segunda mamá porque para eso estudió la carrera docente. Nuestra querida maestra Lucía, sin saberlo, era una mamá compartida por el afecto y la comprensión hacia nosotros y eso nos hacía felices, porque íbamos a estudiar con mucha alegría al saber que esa gran familia con pupitres y pizarrones era una continuidad de nuestros hogares. Recuerdo que cuando salíamos de casa caminábamos muy ligero porque el desayuno de mamá nos dejaba una energía en el cuerpo que duraba hasta el mediodía, cuando la secretaria hacía sonar la campana y todos formábamos fila en silencio, tomábamos distancia y después del saludo de la directora salíamos corriendo todos juntos. Fueron tantas las ganas de volver a encontrarme con mi “seño” Lucía que con mucho respeto y un poco de vergüenza fui hasta su domicilio y antes de golpear las manos la vi arreglando su jardín con un sombrero de paja en la cabeza y guantes para no arruinarse las finas manos que aún muestra. Obviamente, cuando llamé su atención no me conoció porque su rostro es el mismo, como una rosa con algún pétalo arrugado, pero el mío ha cambiado bastante. Cuando comencé a recordarle aquellos días en la escuela, me miró fijo y unas lágrimas brotaron de sus hermosos ojos, porque sin querer le regalé un momento de ternura por todo aquello que ella también tiene guardado en ese rincón del corazón. Avanzada la charla, me comentó que todas las noches sueña lo mismo y se mezclan los recuerdos con lo que hoy observa en la sociedad. Entonces le pregunté cuál era el sueño y me respondió que con su delantal blanco esperaba todos los días a los niños de su grado en la puerta de la escuela y todos llegábamos felices y con la “pancita llena” para estudiar y jugar en los recreos. Hoy cuando pasa por ese lugar de sus sueños ya no siente el olor a papel de los libros, cuadernos o madera de los pupitres y lo único que aspira es el abundante aroma de algún guiso que están cocinando generosamente y seguro que con mucho amor los responsables del comedor escolar, al que asisten muchos niños que en sus casas no cuentan con la posibilidad de recibir alimentos como nosotros en aquella época no tan lejana. El sueño de mi “seño” es que los niños vuelvan a la escuela para estudiar, que se sienten a la mesa con sus familiares a compartir el alimento que sus padres se ganaron con el sudor de la frente y no con lo que consiguen como dádiva una vez por mes después de hacer largas colas en el banco. Quiere una escuela que integre a los niños y a la que los padres vayan a buscarlos cuando culminan las horas de clase y no a pegarles a las docentes cuando creen que algo no hicieron bien con sus niños y se preocupen más por mantener la disciplina desde sus propios hogares porque, como a los árboles, desde chiquitos hay que apuntalarlos y así los verán crecer fuertes y con lindos frutos. Me despedí de mi “seño” con un beso en cada mejilla como se hace por estos pagos y me acarició la cara como hacía con todos nosotros cada día de clases cuando alguno estaba un poco triste. Hoy es ella quien está triste y no me animé a poner mis manos en su rostro porque es tan grande el respeto que acunó en mi ser que sólo me conformé con decirle “Gracias, mi seño… la quiero mucho”. “Todo el orgullo de un maestro son los alumnos, la germinación de las semillas sembradas”. Dmitri Mendeléyev Ricardo Bustos DNI 7.788.556 Capioví - Misiones
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