La ambivalente relación con Estados Unidos

Redacción

Por Redacción

Es problemático para los seres humanos necesitar de alguien y no poder expresárselo. Mucho peor es cuando la situación no se resuelve porque no se quiere quedar mal ante terceros. El caso bien podría encaminarlo un psicólogo, si no fuese porque en cuestiones diplomáticas no existen los afectos sino los intereses. Así se plantea la ambivalente situación de la Argentina ante Estados Unidos, llena de histerias impulsadas por dos necesidades: el apoyo externo que busca el gobierno de Cristina Fernández y la prioridad de no quedar mal ante el público interno. Más allá de la afrenta que sufrió la diplomacia de ese país en Mar del Plata cuando, en el 2005, el presidente republicano George Bush (h) fue ridiculizado por el bloque bolivariano, la relación de los últimos años fue francamente ambivalente, cocinada en el fuego de la estadística que dice que en ningún otro lugar de Latinoamérica se quiere menos a Estados Unidos que en la Argentina. La primitiva concepción que tiene el kirchnerismo para clasificar entre buenos y malos a todo lo que lo rodea no se trastocó cuando, desde Olivos, se apoyó públicamente al demócrata que llegaba a la Casa Blanca para suceder al “diablo con olor a azufre”. Después de que la presidenta comprendiera que era la administración estadounidense la que no olvidaba, sucesivas reuniones en el Grupo de los 20 lograron acercar a los mandatarios, en ambos casos por conveniencia. Luego sucedió el incidente con el avión de la Fuerza Aérea estadounidense que traía personal militar y equipos para entrenar a policías y que mostró la notoria falta de seriedad diplomática de la Argentina. A partir de allí comenzó el juego del palo y la zanahoria. La caracterización viene a cuento del doble mensaje que una vez superada la situación que protagonizó el canciller Héctor Timerman en persona, eufórico por esos días mostrándose como el paladín de la justicia antiyanqui, ha tenido que abordar la Argentina a la hora de pedir la intercesión del gobierno de Estados Unidos en más de un tema de necesidad. Así, se arreglaron los juicios de empresas de ese país en el Ciadi, se le ha pedido la cooperación ante la Corte en el juicio de los fondos buitre y, más informalmente, un empujón ante el Fondo Monetario y hasta algún guiño en el Club de París. Axel Kicillof no tuvo empacho en pasar el platito. Hasta allí eran todos buenos pero ahora, como han hablado del narcotráfico, la caballería kirchnerista se lanzó en su contra, con Sergio Berni y Jorge Capitanich en primera fila. El punto central de lo que sucede con Estados Unidos no es ninguna cosa diferente de lo que le pasa al gobierno a la hora de clasificar de “enemigos” a todos los que no piensan igual. Así, les ha caído la anatema a los opositores, a los empresarios, a la prensa y a todo el que diga algo diferente. El bloqueo le llega cuando hay alguien que enarbola un pensamiento diferente, aunque no tanto porque no lo pueda rebatir sino porque su concepción de la política le hace creer siempre que existe una conspiración en ciernes y se defiende como puede. (*) Director periodístico de DyN

HUGO GRIMALDI (*)


Es problemático para los seres humanos necesitar de alguien y no poder expresárselo. Mucho peor es cuando la situación no se resuelve porque no se quiere quedar mal ante terceros. El caso bien podría encaminarlo un psicólogo, si no fuese porque en cuestiones diplomáticas no existen los afectos sino los intereses. Así se plantea la ambivalente situación de la Argentina ante Estados Unidos, llena de histerias impulsadas por dos necesidades: el apoyo externo que busca el gobierno de Cristina Fernández y la prioridad de no quedar mal ante el público interno. Más allá de la afrenta que sufrió la diplomacia de ese país en Mar del Plata cuando, en el 2005, el presidente republicano George Bush (h) fue ridiculizado por el bloque bolivariano, la relación de los últimos años fue francamente ambivalente, cocinada en el fuego de la estadística que dice que en ningún otro lugar de Latinoamérica se quiere menos a Estados Unidos que en la Argentina. La primitiva concepción que tiene el kirchnerismo para clasificar entre buenos y malos a todo lo que lo rodea no se trastocó cuando, desde Olivos, se apoyó públicamente al demócrata que llegaba a la Casa Blanca para suceder al “diablo con olor a azufre”. Después de que la presidenta comprendiera que era la administración estadounidense la que no olvidaba, sucesivas reuniones en el Grupo de los 20 lograron acercar a los mandatarios, en ambos casos por conveniencia. Luego sucedió el incidente con el avión de la Fuerza Aérea estadounidense que traía personal militar y equipos para entrenar a policías y que mostró la notoria falta de seriedad diplomática de la Argentina. A partir de allí comenzó el juego del palo y la zanahoria. La caracterización viene a cuento del doble mensaje que una vez superada la situación que protagonizó el canciller Héctor Timerman en persona, eufórico por esos días mostrándose como el paladín de la justicia antiyanqui, ha tenido que abordar la Argentina a la hora de pedir la intercesión del gobierno de Estados Unidos en más de un tema de necesidad. Así, se arreglaron los juicios de empresas de ese país en el Ciadi, se le ha pedido la cooperación ante la Corte en el juicio de los fondos buitre y, más informalmente, un empujón ante el Fondo Monetario y hasta algún guiño en el Club de París. Axel Kicillof no tuvo empacho en pasar el platito. Hasta allí eran todos buenos pero ahora, como han hablado del narcotráfico, la caballería kirchnerista se lanzó en su contra, con Sergio Berni y Jorge Capitanich en primera fila. El punto central de lo que sucede con Estados Unidos no es ninguna cosa diferente de lo que le pasa al gobierno a la hora de clasificar de “enemigos” a todos los que no piensan igual. Así, les ha caído la anatema a los opositores, a los empresarios, a la prensa y a todo el que diga algo diferente. El bloqueo le llega cuando hay alguien que enarbola un pensamiento diferente, aunque no tanto porque no lo pueda rebatir sino porque su concepción de la política le hace creer siempre que existe una conspiración en ciernes y se defiende como puede. (*) Director periodístico de DyN

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