Chávez y Maduro destrozaron la economía venezolana

Redacción

Por Redacción

GUSTAVO CHOPITEA (*)

Con la mesa de diálogo político-social con la oposición ya abierta, Nicolás Maduro sigue –no obstante– lanzando denuestos, insultando y demonizando a quienes no piensan como él pese a que son millones: más de la mitad de los venezolanos. Lo mismo hacen sus corifeos; en eso son indudablemente expertos. Pero no en manejar la economía, ciertamente. Entre Hugo Chávez y Nicolás Maduro han hecho añicos la economía venezolana, lo que no es tarea fácil siendo Venezuela nada menos que una de las potencias petroleras más importantes del mundo. Pero lo lograron, la hicieron pedazos. Hoy el país caribeño tiene una inflación galopante, del 60% anual, que (para peor) en el rubro alimentos es del 80%, lo que genera dificultades adicionales para los más pobres, que naturalmente gastan en comer un porcentaje de sus ingresos significativamente más alto que los más ricos. Esto es lo que los economistas llaman tener una “propensión marginal a consumir” más alta. La economía venezolana está virtualmente parada. En recesión. Además del Estado, sólo quienes están atrapados en ella siguen invirtiendo, aunque lo menos posible. Pero lo hacen. Los demás miran de afuera, con sus recursos lo más lejos posible. La caída de los precios del petróleo ha sido un factor decisivo en las desventuras venezolanas. Chávez y Maduro creyeron que ello no iba a suceder jamás y apostaron, en cambio, a una suba constante, equivocadamente, por falta de conocimientos en ambos casos. La retracción de las compras chinas agregó un factor depresivo adicional a la actividad económica venezolana que todavía perdura. A lo largo de su derrochadora gestión, Hugo Chávez fue destruyendo cada uno de los sectores productivos de su país con excepción del de los hidrocarburos, al que se lastimó fuertemente pero que sigue vivo. La industria de los alimentos, en concreto, fue diezmada, víctima directa de los controles de precios dispuestos con fines demagógicos. En apenas seis años Venezuela pasó de importar alimentos por unos 3.000 millones de dólares a hacerlo por unos 10.000 millones de dólares. Esto es más que triplicar las importaciones, volver al trueque como en la época de las cavernas: petróleo a cambio de todo lo demás. En rigor, todo el sector productivo venezolano ha sido seriamente afectado por la locura económica bolivariana, con la consiguiente caída de los puestos y oportunidades de trabajo. Por esto la escasez de todo, que es agravada por una crisis cambiaria realmente monumental. El poder adquisitivo de los trabajadores –como consecuencia de todo lo antedicho– se ha resentido seriamente: desde comienzos de año ha caído un 10%, lo que es inocultable. Maduro por ahora sólo hace anuncios rimbombantes, sin tomar medidas efectivas y concretas para corregir los problemas; por ignorancia y fanatismo, una mezcla siempre dañina. Frente a los fracasos, acusa a los demás porque, para los populistas, las culpas de todos los males que afectan a la sociedad las tienen otros. Nunca ellos mismos. Jamás. Por esos fracasos, el 70% de los alimentos vendidos hoy en la red de comercialización pública es de origen extranjero. Importado, entonces. Un fracaso similar al de Cuba, que tampoco es capaz de alimentar a su pueblo. Mal de muchos, queda visto. La mejor forma de evidenciar el colapso de todo en Venezuela es señalar que en 1998 –antes de Chávez, naturalmente– de cada cien dólares que Venezuela exportaba unos treinta eran por productos no petroleros. Hoy, de cada cien dólares de exportaciones tan sólo unos míseros cuatro dólares tienen que ver con ventas de bienes al exterior que no son hidrocarburos. Increíble, por cierto. Como en la Argentina, lo que ha fracasado es un modelo fantasioso vendido a través del ilusionismo. Grotesco, más bien. El que supone que basta impulsar el consumo para crecer sostenidamente. Y no es así. El que apuesta a los subsidios, instrumento demagógico por excelencia, para terminar teniendo que removerlos ante la crisis que ellos finalmente provocan. El que cree ciegamente en los controles de precios, que al final paralizan la producción. El que supone que se puede convivir con alta inflación sin mayores problemas, equivocadamente. El que siembra odios y resentimientos que dividen a la sociedad y la engañan. El que mata el clima de inversión. El que espanta a los extranjeros. El que cree que la seguridad jurídica es apenas la voluntad circunstancial del líder providencial de turno. El que destruye la democracia, concentrando poder en el Ejecutivo. El que somete a la Justicia. El que desfigura las cifras y estadísticas oficiales según sus conveniencias coyunturales. El que es siempre dueño de la verdad, lo que le impide escuchar. El que derrocha en empleos y gastos públicos no productivos. El que abraza, sin admitirlo, un sistema económico claramente perimido, el del colectivismo. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional


GUSTAVO CHOPITEA (*)

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