La izquierda moderna
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
Se acaba de celebrar en México el Encuentro Internacional de la Izquierda Democrática, convocado por el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas, con la participación de varias universidades mexicanas y algunas fundaciones de América Latina y Europa. El extenso documento que ha puesto fin a las jornadas que se celebraron en Ciudad de México, Guadalajara, Jalisco, Puebla, Cuernavaca, Morelos y Acapulco –del 28 de abril al 4 de mayo– permite conocer cuál es la percepción que la izquierda democrática, o al menos una porción representativa, tiene de sí misma. Esta izquierda sigue buscando su identidad por oposición a lo que define como “el dominio neoliberal que se ha expandido ya por casi cuarenta años en todo el globo”. Tal vez se trata de una operación necesaria pero un tanto anacrónica de crear un maniqueo para encontrar elementos de diferenciación. En el terreno de la realidad, no son muchos los que defienden hoy “la desregulación sin precaución, la liberalización sin contención, la idea de que la intervención pública es siempre un problema”. Más bien las diferencias que se plantean actualmente versan sobre las dosis de desregulación, de liberalización o de intervención pública que se consideran adecuadas. Señalan a continuación los participantes que nada hay más importante para la izquierda global que la reivindicación simultánea del Estado de bienestar y de la democracia política. Pero mientras que en Estados Unidos y Europa se trata de defender ambas conquistas, en América Latina se busca construir y consolidarlas, por lo que la búsqueda de la cohesión social e igualdad social son y siguen siendo las tareas centrales de la izquierda. En la reafirmación del ideario democrático y en la defensa de la alternancia es donde probablemente aparezca más claramente expresada la diferenciación con la izquierda populista latinoamericana. Para los participantes del encuentro, “vivir en democracia implica responsabilidades y compromisos. Es la posibilidad de acceder al gobierno pero también de perderlo, siempre en contiendas abiertas, incluyentes y equitativas, siempre en un marco de respeto irrestricto a la voluntad de los ciudadanos. En todas partes la democracia es un compromiso: con el voto expresado en las urnas, con la ley, con las instituciones y con la verdadera pluralidad política y social”. Este compromiso de la izquierda moderna con la democracia parte de un dato fundamental: el reconocimiento de la pluralidad. Aquí encontramos otro elemento de diferenciación con la izquierda tradicional: “Nuestras sociedades son a tal punto complejas, heterogéneas, desiguales que ningún actor o corriente puede reclamarse representante del todo en sus distintas formulaciones: del pueblo, de los ciudadanos o de la sociedad. La pluralidad no es una estación intermedia, es el universo real que vamos a vivir de ahora en adelante. Por eso, si algún sentido tiene la palabra de ‘izquierda moderna’ es precisamente éste: una izquierda que ha asimilado y aceptado vivir, competir y conjugar con los otros, con la pluralidad, tan real y tan legítima como la izquierda misma”. Avanzando en esta perspectiva democrática, los autores del trabajo vuelven a tomar distancia “con el izquierdismo primitivo, para el cual la negociación y el acuerdo con los ‘otros’ no es opción o, cuando mucho, es una opción ocasional”. Por consiguiente consideran que “la elaboración de las soluciones y del programa de la izquierda democrática no puede imaginarse si no es mediante una difícil y continua elaboración del interés general, entrando en contacto con sus adversarios, con intereses y pensamientos distintos e incluso contrapuestos, en una estrategia de persuasión, debate, diálogo, acuerdo y reformas”. La búsqueda de acuerdos con aquellas fuerzas políticas que vienen de otra tradición política es la única estrategia que permitirá incidir en la sociedad actual y transformarla. Por lo tanto –afirman– “se deberían colocar en la agenda prioritaria de la izquierda los problemas del gobierno, concretamente del gobierno en la pluralidad”. Añaden que nuestro tradicional sistema presidencialista instala algunas paradojas, como la necesidad de un presidente fuerte pero al mismo tiempo acotado, lo que obliga también a “abrir la imaginación política al cambio de régimen político constitucional”. Otras coordenadas que definen a la izquierda moderna pasan por la defensa del sistema institucional de reglas respaldadas por el Estado y financiadas con dinero público. Aquí entran a jugar tanto los derechos que necesitan los mercados para funcionar –derechos de propiedad– como el conjunto de los derechos civiles, políticos, sociales o de respeto al medioambiente. “Aquí donde existe un derecho reconocido debe haber un mecanismo que lo haga cumplir, lo vigile y lo repare”. Ese remedio tiene un precio. De allí que los impuestos son indisociables de los derechos y expresan lo que la sociedad está dispuesta a pagar para obtener convivencia, progreso y solidaridad. Finalmente, recuerdan que el reto mayor para construir sociedades cohesionadas pasa por la defensa de lo público como el lugar de encuentro de una ciudadanía digna que demanda escuela, salud, transporte, habitación, alimentación y medioambiente. La satisfacción de esas necesidades primarias y fundamentales es el piso material que permitirá construir una vida común. Como se puede apreciar, se trata de una propuesta que va más allá de la “pobreza decorada”, la que permite mantener a las personas en una condición de vulnerabilidad permanente por el desempleo, la informalidad o el ingreso insuficiente. Como reconocen sus autores, la declaración redactada en México no ofrece un amplio catálogo de cambios. Simplemente se limita a reflejar los lineamientos generales de unas políticas diseñadas desde una visión de izquierda que ha sabido aprender las lecciones del pasado. La reforma que demandan nuestras sociedades para conseguir un Estado de bienestar consistente y una democracia plena exige el esfuerzo compartido de todas las fuerzas políticas que componen su pluralidad. Ha llegado el momento de sumar para poder avanzar.
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