El Flaco

La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra

Redacción

Por Redacción

EL DISPARADOR

El flaco no puede más. Son años complicados. Está harto del laburo y de su vida personal. Es como si se le hubiera ido el alma. Ni siquiera se da cuenta de que perdió la sonrisa.

“Quiero algo nuevo, que me saque la amargura”, dice. A media mañana logra escapar de la cama.

Hace días que lo único que quiere es dormir sin parar. Pero no lo hace. Llama a dos amigos. No les cuenta nada de todo esto. Los invita a cenar: “Hago las compras, una buena tira de asado, como siempre, y unos vinos. Creo que voy a estar solo en casa”, dice el flaco, que tras la muerte de sus padres vive con dos hermanos.

Se afeita, se ducha y, perfumado, va al supermercado. Estudia diferentes cortes de carne y se lleva dos kilos de tapa de asado: “Algo distinto”, se explica a sí mismo. Suma dos botellas de vino tino. “¿Y si me quedo corto?”. Al pasar agarra una botella de whisky.

Vuelve a su casa, enciende el fuego, llegan los amigos. “¿Cómo va? ¿Tobien?”, “Seee, todo en orden”. Se acomodan en el patio. La noche es agradable. Hablan de fútbol. El flaco no participa, lo absorbe la parrilla. Mira la carne, la grasa hierve al calor de brasas. Alterna la vista con el fuego, donde se consume el carbón.

Comen y beben. Recuerdan anécdotas de más de una década atrás, cuando compartían todos sus días en la escuela. Se preguntan si fulanito habrá encontrado pareja: “Ese era maricón, a mi no me jodas, eh”, lanza uno de los amigos. El otro suelta una carcajada. El flaco sale de su letargo, y se involucra por primera vez en la noche: “¿Y cómo saben eso? ¿Se lo cogieron o qué?”. Se ríen y uno lo provoca: “Pará, flaco, la verdad, de pendejo vos tampoco era una luz, eh… Y mirate ahora, eh… La estás rompiendo: joven empresario, buena vida, viajando por el mundo. Vos sí que la hacés bien, eh…”.

El flaco se queda callado, ellos hablan. Se toman todo. Y siguen en un bar: “Es nuevo, vamos a ver qué onda, ¿no?”, coinciden. Al entrar, el flaco se marea, como si la cabeza se le apagara. Pide que lo lleven al baño. Lo guían hasta el subsuelo. “Qué exagerado sos, flaco, eh…”. Los amigos vuelven a la barra. El flaco les quiere decir algo, pero no puede. Ni siquiera se da cuenta de que sus amigos se van.

Una hora después, el flaco sube la escalera. No entiende nada, ni por qué estuvo tirado en el piso. Se da cuenta de que está en un bar. Ve a sus amigos con dos minas. “Che, tardaste mucho”, le observan, y le guiñan un ojo.

-¿Qué pasó? -pregunta el flaco.

-¿Con qué? Te estábamos esperando, y bien acompañados, eh…

-Estuve inconsciente. Como si me hubiera tomado dos botellas de whisky. O como si alguien me hubiera metido una pastilla.

-Este flaco… -balbucea uno, y casi no lo miran.

-Posta -insiste-, me siento como los pibes de esa película, que no se acuerdan nada de lo que pasó a la mañana siguiente de una despedida de solteros.

-Vení flaco -le dice uno, que lo separa del grupo-. Tu hermano, en tu casa, te puso la falopa. Fue tu familia, no nosotros.

El flaco no responde. Agacha la cabeza, permanece en silencio, se mira los pies. Levanta la vista. Sus amigos están animados. Él se da vuelta y sale del bar.

Juan Ignacio Pereyra


EL DISPARADOR

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