“Los pobres pueden y deben esperar”
Es preciso estar una hora o más, con frío, viento o lluvia, esperando el bondi rumbo al trabajo, o donde fuere, para saber –por lo menos un poquito– qué les pasa, qué sienten, las personas de a pie. En esa vigilia de manos en los bolsillos, con honda resignación modelada por los años, allí, en esa suerte de filosófica atalaya, hay lugar para pensar. Por las calles, entre tanto, pasan raudos, calefaccionados, brillosos automóviles, algo homogeneizados e impersonales hoy desde que ya casi no se ven aquellos astrosos fisurados, de abolladas chapas y vidrios ausentes o a media asta antes tan comunes y ahora rarezas casi. Los pobres esperan en las paradas, los que no lo son aceleran vertiginosos y usualmente malhumorados, burbuja adentro, acosando semáforos como a escollos que es preciso sortear, como si la vida misma fuera en ello… En los barrios del Oeste neuquino –la parte humilde de esta áspera ciudad que uno trajina cotidianamente– existen sucursales de una cadena de supermercados regional. En el súper de los pobres se percibe que los dueños no hacen un culto de la higiene y, en cuanto al despacho, si resultan habilitadas tres cajas a lo sumo esto luce como algo excepcional. Es decir que lo corriente es considerar que aquí con una o dos de ellas basta y sobra, aunque la gente haga colas que lleguen hasta el fondo de los pasillos. Ahora, en el local que tal empresa tiene en el centro adinerado de la misma Neuquén la limpieza sí es objeto de atención de los encargados y sobran las cajas, más las de atención urgente, para los usuarios siempre urgidos aquí por el reclamo de sus perentorios destinos. Los pobres esperan en los súper, los que no lo son reciben la esmerada atención que agilice sin demora su trámite. Y así siempre. Sobran ejemplos. Los pobres pueden y deben esperar. Están acostumbrados. El resto no. Pasa una parte del mundo frente a la parada del bondi, la pausa invita a reflexionar, casi de prepo se diría. Cuando a los pobres se les mueren quienes los dignificaron y los hicieron felices, llámense Evita, Perón o Néstor, por ejemplo, ellos esperan hora tras hora bajo la lluvia para darles su emocionado adiós. Los que no lo son, y en particular los ricos, se admiran de semejantes muestras de paciencia. Y por más que intentan (no mucho, porque los reclaman otras trascendencias) no alcanzan a entender de qué se trata la cosa. Entonces es cuando uno se acuerda de aquello que dijo Ivonne Bordelois en su libro “La palabra amenazada”: “Las palabras ‘paciencia’ y ‘pasión’ provienen de la misma raíz. “Quién lo diría”, piensa uno… “Qué lo parió”, remataría Mendieta. Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén
Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén
Es preciso estar una hora o más, con frío, viento o lluvia, esperando el bondi rumbo al trabajo, o donde fuere, para saber –por lo menos un poquito– qué les pasa, qué sienten, las personas de a pie. En esa vigilia de manos en los bolsillos, con honda resignación modelada por los años, allí, en esa suerte de filosófica atalaya, hay lugar para pensar. Por las calles, entre tanto, pasan raudos, calefaccionados, brillosos automóviles, algo homogeneizados e impersonales hoy desde que ya casi no se ven aquellos astrosos fisurados, de abolladas chapas y vidrios ausentes o a media asta antes tan comunes y ahora rarezas casi. Los pobres esperan en las paradas, los que no lo son aceleran vertiginosos y usualmente malhumorados, burbuja adentro, acosando semáforos como a escollos que es preciso sortear, como si la vida misma fuera en ello... En los barrios del Oeste neuquino –la parte humilde de esta áspera ciudad que uno trajina cotidianamente– existen sucursales de una cadena de supermercados regional. En el súper de los pobres se percibe que los dueños no hacen un culto de la higiene y, en cuanto al despacho, si resultan habilitadas tres cajas a lo sumo esto luce como algo excepcional. Es decir que lo corriente es considerar que aquí con una o dos de ellas basta y sobra, aunque la gente haga colas que lleguen hasta el fondo de los pasillos. Ahora, en el local que tal empresa tiene en el centro adinerado de la misma Neuquén la limpieza sí es objeto de atención de los encargados y sobran las cajas, más las de atención urgente, para los usuarios siempre urgidos aquí por el reclamo de sus perentorios destinos. Los pobres esperan en los súper, los que no lo son reciben la esmerada atención que agilice sin demora su trámite. Y así siempre. Sobran ejemplos. Los pobres pueden y deben esperar. Están acostumbrados. El resto no. Pasa una parte del mundo frente a la parada del bondi, la pausa invita a reflexionar, casi de prepo se diría. Cuando a los pobres se les mueren quienes los dignificaron y los hicieron felices, llámense Evita, Perón o Néstor, por ejemplo, ellos esperan hora tras hora bajo la lluvia para darles su emocionado adiós. Los que no lo son, y en particular los ricos, se admiran de semejantes muestras de paciencia. Y por más que intentan (no mucho, porque los reclaman otras trascendencias) no alcanzan a entender de qué se trata la cosa. Entonces es cuando uno se acuerda de aquello que dijo Ivonne Bordelois en su libro “La palabra amenazada”: “Las palabras ‘paciencia’ y ‘pasión’ provienen de la misma raíz. “Quién lo diría”, piensa uno... “Qué lo parió”, remataría Mendieta. Alejandro Flynn, DNI 12.566.136 Neuquén
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