“Perdón. Yo firmé”
Uno se va endulzando en el camino, y lo que parecía un negocio redondo hace dos años hoy parece un robo a mano armada. Eso es lo lindo –o lo tremendo– del fútbol y del tiempo y su silencioso transcurrir: se encargan de modificar las estructuras, romper los pronósticos y quitarnos el aliento. Era una fría mañana de junio, allá por el 2012, a mitad de camino entre lo que pudo haber sido Sudáfrica 2010 y lo que podía ser Brasil 2014. Al despertar, sobre la mesa había un documento de unas 12 páginas con una oferta limitada. “Final con Alemania perdiendo por la mínima en el segundo suplementario”. Creo que de los nervios y empujado por el temor a que se agote el ofrecimiento dibujé un garabato aún más feo que el habitual . Después de estampar mi firma repasé en detalle algunas cláusulas que completaban el acuerdo. Había una que decía que los alemanes clasificarían después de mandar a los locales a buscarla al arco siete veces. Incrédulo, releí ese inciso una y otra vez. La sonrisa se me dibujó en la cara avanzando en la lectura y descubriendo que “Brasil será un pueblo acogedor y hospitalario para los miles de argentinos que vivirán la experiencia desde cerca, aunque en la cancha se transformarán y llegarán al límite de vestir 7 camisetas ajenas para ‘torcer’ en contra de Argentina”. Nuestra gente, durante más de 30 días, llevaría únicamente la celeste y blanca. Estuve al borde de las lágrimas al ver escrito en el papel que la obstinada marea de argentinos preguntaría incansablemente a los verdeamarelos qué se siente tenernos en casa, a nosotros, los compatriotas de Diego y el Cani, artífices de la recordada victoria de Italia 90. Cuándo Higuaín falló en el mano a mano, rompí mi copia del contrato y asunto terminado. O eso pensé. Nueve minutos después, el mismo Pipita me hizo saltar, gritar y mirar al cielo, pero una bandera levantada bastó para caer en la cuenta de que no alcanzaba con hacer desaparecer mi ejemplar. El de arriba, Blatter, Grondona, Dilma o quién sabe quien, tenía su copia del acuerdo y empezaba a jugar conmigo. Era obvio. No se lo dije a nadie, pero me pasé todo el entretiempo revisando la agenda, para ver si mágicamente tenía a Dios o algo parecido como contacto. Después de todo, la magia no le falta a esta historia. Pero no había nada. Di tres vueltas completas a los nombres archivados y me empezaron a sudar las manos. Movieron del medio y me quedé quieto. Pasaban los minutos y empecé a repetir en voz baja: “Quiero romper el contrato. Quiero romper el contrato”. Al fin y al cabo, si era el de arriba, no necesitaba pegarle un llamado y alcanzaba con invocarlo en silencio. Llegamos al alargue y seguía con la duda. ¿Tenía efecto todavía un estúpido papel firmado hace dos años? Fue Rojo el que alzó la redonda desde la izquierda y Rodrigo el que la paró de pecho entrando al área. Ahí, justo ahí, sentí como me corría por las venas la tranquilidad de que esas 12 páginas eran historia. Pero no. Al ex Boca se le fue larga y sin terminar de dominarla quiso colgársela al arquero. La Brazuca se fue junto a un palo. Ya no jugaban conmigo. Se estaban burlando. Sentía en el oído una carcajada incesante y sobre los hombros la culpa de haber firmado un papel con el que me hubiese gustado no cruzarme nunca. Terminó el primer suplementario y ya no sabía qué hacer ni decir. “Viene la lotería de los penales”, pensé. Aturdido, seguí frente a la tele y vi otro centro desde la izquierda, pero esta vez de los de casaca blanca, donde el pecho no empujó tan lejos la Brazuca y ésta terminó sepultada. Silencio. Qué me vienen con aleteos de mariposas, ni qué ocho cuartos, son las pelotas que se van al lado del palo las que cambian el destino. Son los balones que se encaprichan y le huyen al cobijo de las redes los que tuercen el trazado de la historia. En épocas de bonos y de canjes, admito que firmé. Canjeé un segundo puesto por la tranquilidad de saberme en la final dos años antes, el orgullo de jugar los siete benditos partidos que se nos venían negando, la felicidad de meternos entre los cuatro mejores del mundo. Yo firmé. Y hoy pido perdón. Matías Lamboglia DNI 32.749.127 Cipolletti
Matías Lamboglia DNI 32.749.127 Cipolletti
Uno se va endulzando en el camino, y lo que parecía un negocio redondo hace dos años hoy parece un robo a mano armada. Eso es lo lindo –o lo tremendo– del fútbol y del tiempo y su silencioso transcurrir: se encargan de modificar las estructuras, romper los pronósticos y quitarnos el aliento. Era una fría mañana de junio, allá por el 2012, a mitad de camino entre lo que pudo haber sido Sudáfrica 2010 y lo que podía ser Brasil 2014. Al despertar, sobre la mesa había un documento de unas 12 páginas con una oferta limitada. “Final con Alemania perdiendo por la mínima en el segundo suplementario”. Creo que de los nervios y empujado por el temor a que se agote el ofrecimiento dibujé un garabato aún más feo que el habitual . Después de estampar mi firma repasé en detalle algunas cláusulas que completaban el acuerdo. Había una que decía que los alemanes clasificarían después de mandar a los locales a buscarla al arco siete veces. Incrédulo, releí ese inciso una y otra vez. La sonrisa se me dibujó en la cara avanzando en la lectura y descubriendo que “Brasil será un pueblo acogedor y hospitalario para los miles de argentinos que vivirán la experiencia desde cerca, aunque en la cancha se transformarán y llegarán al límite de vestir 7 camisetas ajenas para ‘torcer’ en contra de Argentina”. Nuestra gente, durante más de 30 días, llevaría únicamente la celeste y blanca. Estuve al borde de las lágrimas al ver escrito en el papel que la obstinada marea de argentinos preguntaría incansablemente a los verdeamarelos qué se siente tenernos en casa, a nosotros, los compatriotas de Diego y el Cani, artífices de la recordada victoria de Italia 90. Cuándo Higuaín falló en el mano a mano, rompí mi copia del contrato y asunto terminado. O eso pensé. Nueve minutos después, el mismo Pipita me hizo saltar, gritar y mirar al cielo, pero una bandera levantada bastó para caer en la cuenta de que no alcanzaba con hacer desaparecer mi ejemplar. El de arriba, Blatter, Grondona, Dilma o quién sabe quien, tenía su copia del acuerdo y empezaba a jugar conmigo. Era obvio. No se lo dije a nadie, pero me pasé todo el entretiempo revisando la agenda, para ver si mágicamente tenía a Dios o algo parecido como contacto. Después de todo, la magia no le falta a esta historia. Pero no había nada. Di tres vueltas completas a los nombres archivados y me empezaron a sudar las manos. Movieron del medio y me quedé quieto. Pasaban los minutos y empecé a repetir en voz baja: “Quiero romper el contrato. Quiero romper el contrato”. Al fin y al cabo, si era el de arriba, no necesitaba pegarle un llamado y alcanzaba con invocarlo en silencio. Llegamos al alargue y seguía con la duda. ¿Tenía efecto todavía un estúpido papel firmado hace dos años? Fue Rojo el que alzó la redonda desde la izquierda y Rodrigo el que la paró de pecho entrando al área. Ahí, justo ahí, sentí como me corría por las venas la tranquilidad de que esas 12 páginas eran historia. Pero no. Al ex Boca se le fue larga y sin terminar de dominarla quiso colgársela al arquero. La Brazuca se fue junto a un palo. Ya no jugaban conmigo. Se estaban burlando. Sentía en el oído una carcajada incesante y sobre los hombros la culpa de haber firmado un papel con el que me hubiese gustado no cruzarme nunca. Terminó el primer suplementario y ya no sabía qué hacer ni decir. “Viene la lotería de los penales”, pensé. Aturdido, seguí frente a la tele y vi otro centro desde la izquierda, pero esta vez de los de casaca blanca, donde el pecho no empujó tan lejos la Brazuca y ésta terminó sepultada. Silencio. Qué me vienen con aleteos de mariposas, ni qué ocho cuartos, son las pelotas que se van al lado del palo las que cambian el destino. Son los balones que se encaprichan y le huyen al cobijo de las redes los que tuercen el trazado de la historia. En épocas de bonos y de canjes, admito que firmé. Canjeé un segundo puesto por la tranquilidad de saberme en la final dos años antes, el orgullo de jugar los siete benditos partidos que se nos venían negando, la felicidad de meternos entre los cuatro mejores del mundo. Yo firmé. Y hoy pido perdón. Matías Lamboglia DNI 32.749.127 Cipolletti
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