“Un brindis por la patria”
En la mayoría de los hogares argentinos, como en los de todo el mundo, se levantaron las copas para el tradicional brindis del fin de año y, una vez más, como siempre, elevamos la voz para desearnos, sin mucho convencimiento, un ¡feliz año! Y esa tradicional salutación no es ni siquiera una expresión de deseos, porque la experiencia nos demuestra cada día más que seguimos igual, o peor, según los analistas políticos. Esta tradicional costumbre merece una reflexión. Si en verdad, al levantar las copas con la intención de brindar por la prosperidad de la familia y, por ende, de la patria, lejos de esbozar frases remanidas, proponemos anunciar proyectos de vida que apunten, de verdad, al cambio ansiado. Se trata de procurar revertir el orden de los valores para ubicarlos en sus justos términos. Así, brindemos por una juventud mejor, pero para ello acompañemos un proyecto de ese brindis y comencemos a pensar en la necesidad de revertir costumbres y malos hábitos que hicieron carne en nuestra juventud desde aquel día en que se decidió abolir el “servicio militar obligatorio”. Medida tal vez necesaria, pero no se la sustituyó por ningún proyecto que pudiera contener y amparar a esa juventud que, liberada del “yugo”, para algunos, del “servicio”, se la dejó inerme, sin defensa alguna, quedando al alcance, en muchos casos, de la perdición que la hizo caer en las garras del alcoholismo, la drogadicción, en la vida fácil que le ofrecen las noches de los fines de semana de orgías, que comienza con la “previa” alcohólica, para concluir en la madrugada avanzada de la noche del “todo vale”, que sólo sirve para llenar las columnas de las noticias policiales del día siguiente, donde se refleja la pérdida total de la dignidad humana. Así nacieron, se desarrollaron y multiplicaron los “ni-ni”, ni trabajadores, ni estudiantes. Y en este brindis proponemos respuestas y soluciones: la reimplantación de un nuevo –y aggiornado– “servicio militar obligatorio”, tomando el ejemplo de este sistema implementado en algunos países europeos. Allí, los jóvenes de ambos sexos, al cumplir los 18 años, quedan obligados a cumplir, durante dos años, y únicamente durante los fines de semana que comienzan a la 0 del sábado hasta las 24 del domingo, debiéndose internar en dependencias del ejército regular, para recibir no sólo instrucción militar que los capacite para aprender a defender a la patria –en caso necesario–, sino también para capacitarlos para la vida civil. Con este sistema los jóvenes, según los casos, no pierden sus trabajos ni se interrumpen sus estudios y escapan, por así decirlo, de las tentaciones de la vida fácil, del ocio o de la holganza. Y en este brindis también debemos recordar la necesidad de despertar en nuestra juventud un profundo sentimiento patriótico y genuino nacionalista, sin olvidar que desde que se suprimió el “servicio militar obligatorio” millones de ciudadanos argentinos dejaron de jurar lealtad a la bandera y de morir, si es necesario, por defender a la patria, en aquellas vibrantes ceremonias donde el ¡sí, juro! resonaba altanero desde La Quiaca hasta la Antártida. Y hoy, en rigor de verdad, aunque pueda molestarnos, debemos admitir que ni siquiera se respetan los símbolos patrios: ha desaparecido la feliz costumbre del uso de la escarapela en los pechos argentinos, en las fiestas patrias; tampoco se entonan las sagradas estrofas de nuestro Himno nacional, las que se vociferan o tararean en las canchas de fútbol; y la enseña sacrosanta ha sido prácticamente reemplazada como bandera de la camiseta bicolor de nuestra selección nacional. Y todo ello es el producto de una campaña consciente o inconsciente de los poderes públicos que, lejos de incentivar un sano patriotismo, procura todo lo contrario al promover convertir las sagradas fechas del calendario patriótico en simples “feriados largos” destinados a un miniturismo, relegando las fiestas patrias a pequeños actos protocolares. Luego de estas tristes conclusiones cabe finalizar nuestro brindis con las palabras del general Manuel Belgrano a la tropas de Jujuy al presentarles la bandera que acababa de crear: “Ea, pues, soldados de la patria, no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios, que él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, todos, todos, fijan en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento, si continuais en el camino de la gloria que os habéis abierto, jurad conmigo ejecutarlo así y en prueba de ello repetid: ¡Viva la patria!…” Eves Omar Tejeda Roca
Eves Omar Tejeda Roca
En la mayoría de los hogares argentinos, como en los de todo el mundo, se levantaron las copas para el tradicional brindis del fin de año y, una vez más, como siempre, elevamos la voz para desearnos, sin mucho convencimiento, un ¡feliz año! Y esa tradicional salutación no es ni siquiera una expresión de deseos, porque la experiencia nos demuestra cada día más que seguimos igual, o peor, según los analistas políticos. Esta tradicional costumbre merece una reflexión. Si en verdad, al levantar las copas con la intención de brindar por la prosperidad de la familia y, por ende, de la patria, lejos de esbozar frases remanidas, proponemos anunciar proyectos de vida que apunten, de verdad, al cambio ansiado. Se trata de procurar revertir el orden de los valores para ubicarlos en sus justos términos. Así, brindemos por una juventud mejor, pero para ello acompañemos un proyecto de ese brindis y comencemos a pensar en la necesidad de revertir costumbres y malos hábitos que hicieron carne en nuestra juventud desde aquel día en que se decidió abolir el “servicio militar obligatorio”. Medida tal vez necesaria, pero no se la sustituyó por ningún proyecto que pudiera contener y amparar a esa juventud que, liberada del “yugo”, para algunos, del “servicio”, se la dejó inerme, sin defensa alguna, quedando al alcance, en muchos casos, de la perdición que la hizo caer en las garras del alcoholismo, la drogadicción, en la vida fácil que le ofrecen las noches de los fines de semana de orgías, que comienza con la “previa” alcohólica, para concluir en la madrugada avanzada de la noche del “todo vale”, que sólo sirve para llenar las columnas de las noticias policiales del día siguiente, donde se refleja la pérdida total de la dignidad humana. Así nacieron, se desarrollaron y multiplicaron los “ni-ni”, ni trabajadores, ni estudiantes. Y en este brindis proponemos respuestas y soluciones: la reimplantación de un nuevo –y aggiornado– “servicio militar obligatorio”, tomando el ejemplo de este sistema implementado en algunos países europeos. Allí, los jóvenes de ambos sexos, al cumplir los 18 años, quedan obligados a cumplir, durante dos años, y únicamente durante los fines de semana que comienzan a la 0 del sábado hasta las 24 del domingo, debiéndose internar en dependencias del ejército regular, para recibir no sólo instrucción militar que los capacite para aprender a defender a la patria –en caso necesario–, sino también para capacitarlos para la vida civil. Con este sistema los jóvenes, según los casos, no pierden sus trabajos ni se interrumpen sus estudios y escapan, por así decirlo, de las tentaciones de la vida fácil, del ocio o de la holganza. Y en este brindis también debemos recordar la necesidad de despertar en nuestra juventud un profundo sentimiento patriótico y genuino nacionalista, sin olvidar que desde que se suprimió el “servicio militar obligatorio” millones de ciudadanos argentinos dejaron de jurar lealtad a la bandera y de morir, si es necesario, por defender a la patria, en aquellas vibrantes ceremonias donde el ¡sí, juro! resonaba altanero desde La Quiaca hasta la Antártida. Y hoy, en rigor de verdad, aunque pueda molestarnos, debemos admitir que ni siquiera se respetan los símbolos patrios: ha desaparecido la feliz costumbre del uso de la escarapela en los pechos argentinos, en las fiestas patrias; tampoco se entonan las sagradas estrofas de nuestro Himno nacional, las que se vociferan o tararean en las canchas de fútbol; y la enseña sacrosanta ha sido prácticamente reemplazada como bandera de la camiseta bicolor de nuestra selección nacional. Y todo ello es el producto de una campaña consciente o inconsciente de los poderes públicos que, lejos de incentivar un sano patriotismo, procura todo lo contrario al promover convertir las sagradas fechas del calendario patriótico en simples “feriados largos” destinados a un miniturismo, relegando las fiestas patrias a pequeños actos protocolares. Luego de estas tristes conclusiones cabe finalizar nuestro brindis con las palabras del general Manuel Belgrano a la tropas de Jujuy al presentarles la bandera que acababa de crear: “Ea, pues, soldados de la patria, no olvidéis jamás que nuestra obra es de Dios, que él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde. Nuestros padres, nuestros hermanos, todos, todos, fijan en vosotros la vista y deciden que a vosotros es a quienes corresponderá todo su reconocimiento, si continuais en el camino de la gloria que os habéis abierto, jurad conmigo ejecutarlo así y en prueba de ello repetid: ¡Viva la patria!...” Eves Omar Tejeda Roca
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