Luis Moreno Ocampo: “Se concentran en perseguir perejiles”
La opinión del exfiscal del juicio a las Juntas y de la Corte Penal Internacional sobre la realidad política argentina es terminante: hay cada vez menos voluntad en el aparato del Estado para investigar el poder y el crimen organizado.
Justicia y Derechos Humanos
Moreno Ocampo sostiene que los políticos “pueden chillar y rasgarse las vestiduras”, pero en los hechos no contribuyen a una cultura del “esfuerzo paralelo”, es decir el combate conjunto a la impunidad de los grandes hechos criminales. Y pone como ejemplo el manejo de ciertas intendencias del conurbano o el fenómeno de las barras bravas del fútbol, donde “poderes ocultos” definen impunemente mediante “pactos oscuros” el destino laboral, los bienes e incluso sobre la vida de miles de personas. “Me parece alucinante que en la Argentina garantismo sea una mala palabra, un estigma”, sostiene. Sobre el caso del fiscal Nisman y la causa AMIA, opina que demuestran que el país carece de mecanismos idóneos para investigar casos de “crímenes organizados de escala internacional”. A veces las víctimas “sólo piden ser escuchadas y ni siquiera eso consiguen”, dice.
Tiene 63 años. Y es sinónimo de lucha por la justicia, por la defensa de la vida. Vive en Estados Unidos, pero con maniática regularidad cada dos meses Luis Moreno Ocampo, abogado y martillo de los genocidas que integraron las Juntas Militares de la dictadura, vuelve y vuelve a la Argentina. Horas atrás, exfiscal del Tribunal Penal Internacional, Moreno Ocampo conversó largo con “Río Negro”, espacio en el que señaló que el poder político y económico “muestra que su voracidad por abusar del poder no tiene respiro”.
-Más de dos décadas de AMIA. ¿Qué es hoy ese ataque sin saber quién atacó?
-Es la limitación de Argentina para investigar el crimen organizado.
-¿El poder en práctica concreta de ejercer poder?
– Poder, sí. Pero no sólo el poder ajeno que llega aquí y ataca: en la Argentina hay cada vez menos voluntad, por parte de gran parte del conjunto del aparato de Estado, de investigar el poder. Las mafias empresarias, el narcotráfico, la corrupción y la política relacionada con todo ese entramado. Pero en el centro de todas esas responsabilidades por huir de esa tarea, está la política, su sistema de decisión…
-¿Me está diciendo que la Justicia está muy sola?
– No en términos de que el Poder Judicial es impoluto y no forma parte del problema. No, nada de eso…
-A ver, esta cuestión ¿hace a lo que usted llama en uno de sus trabajos, “esfuerzo paralelo”?
-Exactamente. En la Argentina hay, como en otros países, muchas dificultades para colocar a la ley en la escena pública a través del Poder Judicial. La política, las clases dirigentes no ayudan. Pueden gritar, chillar, rasgarse las vestiduras prometiendo dar la vida a favor del derecho, pero en los hechos no están imbuidos de la cultura de generar, de sumar eso que llamo “un esfuerzo paralelo”. Por ejemplo, los fiscales podemos llevar causas complejas, pero sin un compromiso tajante de la política contra la corrupción es muy complejo que disminuya la corrupción…
-¿Un tema de liderazgo político para esa lucha?
-Exactamente. Reitero: no basta con la Justicia. Pero aquí la política habla, habla… Hay cosas llamativas en todo ese hablar…
-¿Llamativas en término a qué?
-Días atrás escuchaba al “Colorado” (Francisco) De Narváez, un dirigente que creo bienintencionado. Decía que si llegaba a gobernador iba a “perseguir a fondo a la delincuencia”. Realidad, dato que se extrae de la misma realidad, las promesas que los políticos hacen en esta materia están centradas en los “perejiles”. Perseguir a los perejiles, no al poder real que delinque desde la economía, la política, etc. ¡Ésta es la historia real, concreta!… Poderes que, sin más, juegan con el destino de miles o millones de personas. Gente cuya existencia laboral, su vida, en muchos casos están en manos de pactos oscuros, siniestros forjados entre esos poderes y las mafias. Se evidencia en las intendencias, por dar un caso, del Gran Buenos Aires, en el fútbol con las barras bravas y etc., etc…
-En todo ese discurso ¿cómo ve que emerge el garantismo?
-Bueno, hay una tendencia muy acentuada a considerarlo un pecado. Vuelvo a De Narváez, por tomar un caso de estos días: “No soy garantista”. He dicho hasta el cansancio que me parece alucinante que, en Argentina, garantismo sea una mala palabra, un estigma. Alucinante porque el no garantismo era precisamente lo que regía la conducta de la dictadura, que asesinaba, torturaba, desaparecía…
-¿Hay que inferir entonces que no hemos progresado nada en esa materia?
-No, no. Hemos progresado. Pero hay planos de la política, fundamentalmente, que eluden la responsabilidad rectora, pedagógica que les es consustancial y cuestionan el imperio de las garantías que tiene un detenido. Desvalorizan el garantismo, lo ignoran y se acercan así a cierto primitivismo de mitrada sobre cómo debe funcionar la ley…
-¿Demagogia?
-Mucho de demagogia, claro…
-¿Cómo reflexiona el caso Nisman?
-Es un caso desesperante. No sólo por la muerte del fiscal. Sino porque si se suicidó o lo mataron, muere por una causa (AMIA). Es una acabada demostración de que la Argentina no tiene mecanismos para investigar esos crímenes…
-Pero investigamos el genocidio perpetrado por la dictadura…
-Pero estuvo facilitado por innumerables razones. Entre otras, que de hecho las pruebas estaban al alcance de la mano. En AMIA no. Es un crimen organizado de escala internacional…
-¿Se sabrá realmente lo sucedido con Nisman?
-No sé.
-¿Se ratifica en eso que dijo hace ya algún tiempo: “Es más fácil detener crímenes masivos que detener la corrupción?”
-Sí, sí. En realidad, dije que el mundo está “más listo para detener los crímenes masivos pero no la corrupción”. Sucede que la corrupción, en términos de ejercicio por parte del esquema de poder, es sigilosa, difusa. Pero es. Hace a protagonismos de elites. No hablo de la coima que en un puesto carretero recibe un policía. Es corrupción, sí. Pero hablo de la corrupción que, como señalamos antes, define el destino de vida de miles o millones de personas…
-En sus memorias, la suiza Carla del Ponte, que también fue fiscal de la Corte Penal Internacional y fue embajadora de Suiza ante Argentina hasta hace dos años, dice que cuando investigó los crímenes en la ex Yugoslavia y Ruanda se encontraba siempre con lo que llama “muro de goma”: complicidades entre los propios aliados para que se investigara. ¿Sintió eso cuando investigó los crímenes de guerra en Libia, Sudán?
-Sí, sí, claro. Por un lado, es natural que los asesinos procuren no caer presos. Está en su lógica. Pero está la hipocresía que anida fundamentalmente en el mundo diplomático a la hora de tratarse extradiciones, respaldos. Es un espacio acostumbrado a negociar, a acordar, a defender intereses muy cruzados de los países que representan. Siendo fiscal de la CPI, en una oportunidad un diplomático me dijo: “Doctor, mi país le seguirá ofreciendo palabras como apoyo a su humana tarea”… Y sí, palabras no faltaban. Pero lo que faltaban eran decisiones. Carla y yo chocamos con eso. Uno descubre a los asesinos, los denuncia y espera que los países integrantes del CPI lo apoyen “ya”, pero en una de esas no hacen nada…
-Cerramos. ¿Le vuelve en la cotidianidad el juicio a las Juntas Militares?
-Está a cada rato… Está para siempre. Lo tengo metido en mí como una experiencia total, por así decirlo, desde lo profesional, lo personal.
-¿Cómo definir todo lo que vio “pasar” -no en términos de gente-, en términos del contenido de lo que se juzgaba?
-No sé… quizá como ese que estampó Julio Strassera: “Nunca más”. Algo que tenía historia, pero estampado ahí, en el final de la acusación…
-¿Algunos de los testimonios que escuchó a lo largo de esos meses lo conmovieron por encima de todo el horror?
-Todos, todos… Como fiscal trabajé con todas las víctimas que testimoniaron. Horas y horas de escuchar el horror… La gente quería ser escuchada. ¿Le cuento algo en relación con esto? Durante mi fiscalía en la CPI, una colega que trabajaba conmigo, portuguesa, interrogó en Uganda a una chica de 16 años que la habían violado unos criminales de guerra y tenía un bebito al que le había puesto de nombre Qué Puedo Hacer. Cuando terminé de hablar con ella, la chica se puso a llorar. Mi colaboradora le pidió disculpas… “comprendé, tengo que saber”, etc., etc. Y la nena le respondió: “No lloro por estar triste, lloro de alegría: nunca nadie me había escuchado”…
Carlos Torrengo
carlostorrengo@hotmail.com
Carlos Torrengo
Justicia y Derechos Humanos
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