“El falso progreso neuquino”
Mi infancia transcurrió en varios sectores de mi querido pueblo grande, Neuquén: en la confluencia, cerquita de la junta de los dos ríos; en Colonia Valentina, cerquita de Las Perlas, y en la Colonia Bouquet Roldán, luego convertida en barrio El Progreso. Desde entonces a hoy, la transformación de todos estos lugares ha sido brutal. Nada queda de aquellos paisajes… apenas algunos viejos vecinos que hoy resisten el avance de lo que llaman “progreso” y que se traduce en menos vegetación, más contaminación de todo tipo, más desorden y menos seguridad. No quiero vivir de recuerdos ni tener ojos en la nuca. Ni creo que todo tiempo pasado fue mejor. Pretendo sí que los cambios, las transformaciones, sean para mejorar la calidad de vida de quienes viven en esos lugares. Por eso es interesante discutir el concepto de progreso, que en forma liviana y casi automática utilizan muchos de nuestros líderes políticos y gubernamentales. No voy a describir en lo que se han transformado aquellos espacios rurales, con explotaciones frutícolas y pecuarias (animales) con respeto por el río, la fauna y la flora, porque me pondría a llorar y no terminaría estas líneas. Voy a referirme, en un par de párrafos, a lo que ocurre en un pedazo de lo que es el superpoblado El Progreso, mi viejo barrio; sería el sector sur de esa barriada, que es justamente el origen del mismo. Allí se creó la primera comisión vecinal, por los años 1967/68, y luego se produjo la expansión hacia arriba, hacia las bardas. En esa zona se ha permitido todo, relegando los espacios para viviendas y para que los vecinos siguieran viviendo con la tranquilidad a la que están acostumbrados. Tomo como eje la calle Mascardi. Una empresa compró propiedades e instaló varios enormes galpones, otra instaló una base para sus camiones de combustibles, otras habilitaron depósitos de materiales y, para terminar el ciclo de las grandes superficies, una empresa de caudales identificada con el color del sol montó una enorme estructura de cemento donde seguramente guardará plata –al menos eso creo al ver la enorme cantidad de vehículos, muchos blindados, y unos hombres grandotes, de gesto serio, que andan armados día y noche–. Chau tranquilidad, chau mansedumbre vecinal, chau gestos solidarios, chau pibes jugando en las calles… todo es ruido desde la madrugada, arrebato de espacios para estacionar; todo es inseguridad y temor al ver tanta gente armada. No culpo totalmente a las empresas. Sus propietarios hacen lo que se les permite. Cargo las críticas sobre quienes han dejado que se produjera este desastre urbano, ambiental y social. Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén
Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén
Mi infancia transcurrió en varios sectores de mi querido pueblo grande, Neuquén: en la confluencia, cerquita de la junta de los dos ríos; en Colonia Valentina, cerquita de Las Perlas, y en la Colonia Bouquet Roldán, luego convertida en barrio El Progreso. Desde entonces a hoy, la transformación de todos estos lugares ha sido brutal. Nada queda de aquellos paisajes... apenas algunos viejos vecinos que hoy resisten el avance de lo que llaman “progreso” y que se traduce en menos vegetación, más contaminación de todo tipo, más desorden y menos seguridad. No quiero vivir de recuerdos ni tener ojos en la nuca. Ni creo que todo tiempo pasado fue mejor. Pretendo sí que los cambios, las transformaciones, sean para mejorar la calidad de vida de quienes viven en esos lugares. Por eso es interesante discutir el concepto de progreso, que en forma liviana y casi automática utilizan muchos de nuestros líderes políticos y gubernamentales. No voy a describir en lo que se han transformado aquellos espacios rurales, con explotaciones frutícolas y pecuarias (animales) con respeto por el río, la fauna y la flora, porque me pondría a llorar y no terminaría estas líneas. Voy a referirme, en un par de párrafos, a lo que ocurre en un pedazo de lo que es el superpoblado El Progreso, mi viejo barrio; sería el sector sur de esa barriada, que es justamente el origen del mismo. Allí se creó la primera comisión vecinal, por los años 1967/68, y luego se produjo la expansión hacia arriba, hacia las bardas. En esa zona se ha permitido todo, relegando los espacios para viviendas y para que los vecinos siguieran viviendo con la tranquilidad a la que están acostumbrados. Tomo como eje la calle Mascardi. Una empresa compró propiedades e instaló varios enormes galpones, otra instaló una base para sus camiones de combustibles, otras habilitaron depósitos de materiales y, para terminar el ciclo de las grandes superficies, una empresa de caudales identificada con el color del sol montó una enorme estructura de cemento donde seguramente guardará plata –al menos eso creo al ver la enorme cantidad de vehículos, muchos blindados, y unos hombres grandotes, de gesto serio, que andan armados día y noche–. Chau tranquilidad, chau mansedumbre vecinal, chau gestos solidarios, chau pibes jugando en las calles... todo es ruido desde la madrugada, arrebato de espacios para estacionar; todo es inseguridad y temor al ver tanta gente armada. No culpo totalmente a las empresas. Sus propietarios hacen lo que se les permite. Cargo las críticas sobre quienes han dejado que se produjera este desastre urbano, ambiental y social. Ricardo Villar, DNI 8.377.070 Neuquén
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