“Bandera empetrolada”
En una obra en construcción, en la esquina de mi casa, los albañiles recibieron una carga de tierra para rellenar el terreno. En medio de ésta, enrollada como un harapo y totalmente empetrolada, llegó una bandera argentina de tamaño reglamen- tario. Uno de los trabajadores, que sin poder descifrarlo correctamente sintió que la cosa no estaba bien, consideró salvar la ofensa a nuestro pabellón colgándola del alambre perimetral de la construcción. Allí, expuesta a los rigores del viento, la tierra y las cenizas en suspensión que nos regalara el Calbuco, se fue paulatinamente deshilachando hasta que pendió sólo de uno de sus extremos ante la mirada indiferente de todos y cada uno de los que pasábamos por el lugar. Se iba desarmando como una hoja seca, agrietada. Me sentí indignado, se debía corregir tal escarnio. Recordé, por profesión, lo legislado en los decretos Nº 16648 y 23077 del CPA, aunque no estaba seguro de si seguirían en vigencia. Pensé en llamar a la Policía, levantar un acta… En fin, dejé volar mi imaginación patriotera que sólo me dirigía a una nueva indiferencia, la de no poder hacer nada. Recordé las guerras de la independencia, a los milicos muertos en la estupenda conquista de los territorios arrebatados a los salvajes, que como el cacique Chocorí, capitanejo de la región de la confluencia, arremetía impasible contra las haciendas del sur de Buenos Aires, matando, violando y robando a las familias de pioneros que trataban de civilizar estos (aún) vastos territorios. Me asaltó la memoria del dolor por los muertos en Malvinas, asesinados por la incompetencia de unas FF. AA. que sólo han servido, históricamente, para empuñar sus armas contra su propio pueblo. Pero lo más significante era que su permanencia allí había puesto de manifiesto la falta de identidad, cohesión social, sentido de pertenencia y solidaridad que conservamos como pueblo. La triste ironía de pasar indiferentes ante el símbolo que fue creado para aglutinarnos en un ideal libertario, en una historia y territorio en común. Su permanencia allí era el chivato de que estos valores no moran en mi vecindario, ni en esta provincia “inventada de la noche a la mañana” sólo por el interés de adueñarse de la caja que produce el petróleo. La bandera terminó en el lavadero de mi casa, no he podido despojarla del petróleo que la acartona, pero sí me he asegurado de que nunca más sufra la blasfemia de ser colgada en un triste y oxidado alambre por el sentimiento de culpa de alguien que siente que algo no está bien, aunque no tenga muy bien en claro el porqué. Sergio Giardino DNI 12.345.445 Neuquén
Sergio Giardino DNI 12.345.445 Neuquén
En una obra en construcción, en la esquina de mi casa, los albañiles recibieron una carga de tierra para rellenar el terreno. En medio de ésta, enrollada como un harapo y totalmente empetrolada, llegó una bandera argentina de tamaño reglamen- tario. Uno de los trabajadores, que sin poder descifrarlo correctamente sintió que la cosa no estaba bien, consideró salvar la ofensa a nuestro pabellón colgándola del alambre perimetral de la construcción. Allí, expuesta a los rigores del viento, la tierra y las cenizas en suspensión que nos regalara el Calbuco, se fue paulatinamente deshilachando hasta que pendió sólo de uno de sus extremos ante la mirada indiferente de todos y cada uno de los que pasábamos por el lugar. Se iba desarmando como una hoja seca, agrietada. Me sentí indignado, se debía corregir tal escarnio. Recordé, por profesión, lo legislado en los decretos Nº 16648 y 23077 del CPA, aunque no estaba seguro de si seguirían en vigencia. Pensé en llamar a la Policía, levantar un acta… En fin, dejé volar mi imaginación patriotera que sólo me dirigía a una nueva indiferencia, la de no poder hacer nada. Recordé las guerras de la independencia, a los milicos muertos en la estupenda conquista de los territorios arrebatados a los salvajes, que como el cacique Chocorí, capitanejo de la región de la confluencia, arremetía impasible contra las haciendas del sur de Buenos Aires, matando, violando y robando a las familias de pioneros que trataban de civilizar estos (aún) vastos territorios. Me asaltó la memoria del dolor por los muertos en Malvinas, asesinados por la incompetencia de unas FF. AA. que sólo han servido, históricamente, para empuñar sus armas contra su propio pueblo. Pero lo más significante era que su permanencia allí había puesto de manifiesto la falta de identidad, cohesión social, sentido de pertenencia y solidaridad que conservamos como pueblo. La triste ironía de pasar indiferentes ante el símbolo que fue creado para aglutinarnos en un ideal libertario, en una historia y territorio en común. Su permanencia allí era el chivato de que estos valores no moran en mi vecindario, ni en esta provincia “inventada de la noche a la mañana” sólo por el interés de adueñarse de la caja que produce el petróleo. La bandera terminó en el lavadero de mi casa, no he podido despojarla del petróleo que la acartona, pero sí me he asegurado de que nunca más sufra la blasfemia de ser colgada en un triste y oxidado alambre por el sentimiento de culpa de alguien que siente que algo no está bien, aunque no tenga muy bien en claro el porqué. Sergio Giardino DNI 12.345.445 Neuquén
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