“Pasó como un meteoro”
Rosanna Falasca, 1953-1983. Antes de cumplir los 30 murió. La recordamos alta, elegante, de intensa clara mirada, aristocrática en serio. Clavaba sus ojos en los de algún oyente gentil que se los sostuviera. Declinaba las cejas. La decepción disimulaba la fatiga. Desconcentraba la voz hasta perderla en un recitado de dos sílabas, brevemente hipnotizada. Desde la nada recobraba coloratura y pidiendo permiso con sus ojos revelaba su natural de grela inteligente, pata y compañera. No cantó para bacanes. Nunca imitó a reos ni proxenetas. Nunca se rió de nadie. Tampoco defendió lo indefendible. Para entenderla había que ser de una sola pieza. ¡¿Qué contralto antes concitó tanta huérfana utopía?! Mantenía su apastada voz con una respiración abdominal exigua, exigiendo demasiado de su cintura escapular y de costillas fuertes para un esqueleto tan alto y delgado con diafragma débil, imitando una sentimentalidad heroica en la que ningún devoto gentil creería. Nadie le creía. Ella era siempre otra, desdoblada y única. Todos lo sabíamos. Valentona y ridícula alcanzó a moderarse después de muchas apariciones hasta llegar a ser lo que no fue. Y después se nos fue. Sí. Pasó como un meteoro, muerta inmortal. Nadie imaginó, tampoco ella, que su bajo vientre desvalido y huérfano abrigaba un mal que apresuró con sus frecuentes apariciones en público. No tengo cáncer, no tengo cáncer. Ojalá vuelva para quienes adoraron no su esforzada arrogancia sino su distinción inalcanzable. Ojalá resucite del llanto y la memoria así como era. No importa su voz. Qué nos importa el tango. Luis Wainerman, DNI 4.528.137 Cipolletti
Luis Wainerman, DNI 4.528.137 Cipolletti
Rosanna Falasca, 1953-1983. Antes de cumplir los 30 murió. La recordamos alta, elegante, de intensa clara mirada, aristocrática en serio. Clavaba sus ojos en los de algún oyente gentil que se los sostuviera. Declinaba las cejas. La decepción disimulaba la fatiga. Desconcentraba la voz hasta perderla en un recitado de dos sílabas, brevemente hipnotizada. Desde la nada recobraba coloratura y pidiendo permiso con sus ojos revelaba su natural de grela inteligente, pata y compañera. No cantó para bacanes. Nunca imitó a reos ni proxenetas. Nunca se rió de nadie. Tampoco defendió lo indefendible. Para entenderla había que ser de una sola pieza. ¡¿Qué contralto antes concitó tanta huérfana utopía?! Mantenía su apastada voz con una respiración abdominal exigua, exigiendo demasiado de su cintura escapular y de costillas fuertes para un esqueleto tan alto y delgado con diafragma débil, imitando una sentimentalidad heroica en la que ningún devoto gentil creería. Nadie le creía. Ella era siempre otra, desdoblada y única. Todos lo sabíamos. Valentona y ridícula alcanzó a moderarse después de muchas apariciones hasta llegar a ser lo que no fue. Y después se nos fue. Sí. Pasó como un meteoro, muerta inmortal. Nadie imaginó, tampoco ella, que su bajo vientre desvalido y huérfano abrigaba un mal que apresuró con sus frecuentes apariciones en público. No tengo cáncer, no tengo cáncer. Ojalá vuelva para quienes adoraron no su esforzada arrogancia sino su distinción inalcanzable. Ojalá resucite del llanto y la memoria así como era. No importa su voz. Qué nos importa el tango. Luis Wainerman, DNI 4.528.137 Cipolletti
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