En el camino – Paracaídas
“Si vamos a Nueva Zelanda tenemos que hacer paracaidismo”, dijo mi hermano Mauro, seguro de que estábamos yendo al país ideal para los deportes extremos.
Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar
Irene Caselli
irenecaselli@gmail.com
De niña ya me gustaba saltar desde lo más alto de la biblioteca de mis padres. Así fue que me di varios golpes y, también, que no pude resistirme a la propuesta de mi hermano.
Lanzarme en paracaídas tampoco me parecía tan loco: todo está en un marco de normas de seguridad y en realidad uno salta atado a un instructor que se ocupa de todo para no morir en el intento.
Pero después de haber hablado con una operadora en Te Anau, un pueblo de la isla Sur de Nueva Zelanda, empecé a dudar. Al rato nos llamaron para avisarnos que si no íbamos esa misma tarde ya no habría posibilidades en los siguientes días porque se venían las lluvias.
“Los dioses me están dando una señal para que no lo haga”, pensé enseguida. Pero Mauro lo interpretó de otra manera: “Nos toca ir ahora”, dijo. Como suelo ser la más arriesgada, me pareció que debía apoyarlo en su momento de entusiasmo.
Al llegar nos hicieron firmar un formulario en el que deslindábamos cualquier responsabilidad a la operadora. Nos miramos con mi hermano y, aunque no hablamos, creo que pensamos lo mismo: “¿Quién le avisará a nuestros padres si nos pasa algo?”.
No hubo tiempo para seguir evaluando la situación. Un instructor nos enseñó cómo cruzar los brazos y las piernas en vuelo. Consideré pedirle credenciales, pero empezó a hacer chistes: “La verdad, no me acuerdo cómo se arma esto del paracaídas”, dijo y nos apuró para que no nos perdiésemos los fiordos al atardecer.
Subimos a la avioneta y algo se empezó a transformar. Durante la media hora de vuelo el paisaje absorbió mis dudas. Y a los 3.000 metros sentía emoción, excitación, entusiasmo.
Se abrió la puerta. Mauro saltó con su instructor. Escuché su grito. Lo vi suspendido en el aire. Fue un segundo. Mi instructor se lanzó atrás, y yo con él. También grité, fuerte. La tierra se acercaba rapidísimo. En los 45 segundos de caída libre sentía que pertenecía a otra especie, como si la humanidad se dividiera entre los que saltaron y los que no.
Se abrió el paracaídas. La adrenalina se mantuvo altísima. Por un instante sentí que el mundo me pertenecía. Intentaba alcanzarlo todo con la mirada, grabarlo. Aterricé. Nos abrazamos con Mauro.
-¿Cómo te fue? -le pregunté.
-Casi me muero en el avión. Recé a los abuelos, le pedí protección.
-¿En serio te asustaste? ¿Y por qué insististe tanto para hacerlo?
-Quería desafiar y superar mis miedos.
-¡Quiero saltar otra vez!
Periodista italiana
@irenecaselli
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