Todos somos víctimas
Según lo veo
El desplome de la Unión Soviética y la transformación de China en un híbrido marxista-neoliberal privaron a la izquierda revolucionaria de una alternativa a su juicio viable a la democracia capitalista, pero para muchos sólo se trataba de un detalle menor; estaban más interesados en protestar contra las deficiencias del mundo en que se habían criado que en reemplazarlo por otro. Así, pues, luego de guardar un breve período de luto por la muerte ignominiosa del “socialismo real”, reanudaron la lucha contra el statu quo en nombre de las presuntas víctimas de la maldad capitalista, cuando no del hombre blanco y todo lo vinculado con la civilización occidental.
En las grandes marchas callejeras contra “la austeridad neoliberal” que son rutinarias en las ciudades europeas abundan las banderas rojas decoradas con la hoz y el martillo. No es que los manifestantes crean que una dictadura comunista serviría para darles lo que piden, es que quieren asustar al empresariado burgués y desconcertar a los políticos democráticos.
Además de reivindicar el comunismo con ánimo retro, desde los años noventa del siglo pasado militantes contestatarios se han habituado a movilizarse en apoyo de los reclamos de una gran variedad de grupos que, con razón o sin ella, se suponen rezagados, entre ellos los conformados por pobres, negros, musulmanes, inmigrantes legales o clandestinos, desocupados, homosexuales, mujeres y, últimamente, jóvenes indignados por la falta de oportunidades en su país natal.
Aunque se habla mucho del peligro planteado por movimientos a un tiempo nacionalistas y, a juzgar por sus propuestas económicas, izquierdistas, la ideología dominante en los círculos más politizados de los países avanzados es el victimismo. Pocos días pasan sin que los preocupados por las tribulaciones ajenas llamen la atención sobre el sufrimiento de una nueva categoría de personas que se han visto injustamente postergadas por la crueldad típica de una mayoría insensible. Tanto altruismo acarrea ciertas dificultades; no es posible privilegiar a todas.
Para solucionar el problema así supuesto, los militantes de la justicia universal han creado una jerarquía de víctimas. Por un rato, después de la Segunda Guerra Mundial, los judíos ocuparon un lugar próximo a la cima, pero de resultas de las presiones de los obsesionados por el conflicto entre los árabes e Israel, fueron expulsados; en el mundillo académico norteamericano donde los “progresistas” llevan la voz cantante y también en su equivalente europeo hoy en día son considerados aún más imperialistas que los demás. Mal que les pese, todos, incluyendo, para su consternación, a los críticos acérrimos del sionismo, se han visto consignados a “la derecha”. También se ha visto descolocada la clase obrera europea; a ojos de los progres, al dejarse seducir por el consumismo ya no encarna las virtudes proletarias que durante décadas le atribuyeron intelectuales vanguardistas. Para más señas, los obreros tienen la costumbre reaccionaria de sentirse amenazados por la llegada de inmigrantes pobres.
El victimismo está detrás del auge de “la política de la identidad” que para muchos progresistas ha desplazado la tradicional que se basaba en la lucha de clases. El resultado ha sido una competencia en ocasiones malhumorada entre distintos grupos de presuntos rezagados que quieren conseguir beneficios especiales. En la Argentina, los más exitosos en tal sentido han sido los que, por un motivo u otro, figuran como víctimas de la dictadura militar de la segunda mitad de los años setenta e inicios de los ochenta; el gobierno de Cristina los ha colmado de favores. No han logrado tanto los “veteranos la guerra de las Malvinas”, pero se niegan a darse por vencidos. Mientras tanto, los homosexuales se han alzado con algunos premios simbólicos como el “matrimonio igualitario” y los feministas quieren, y con toda seguridad obtendrán, leyes destinadas a hacer avanzar sus causas particulares.
En otras latitudes, sobre todo en países cuyos gobernantes adoptaron el multiculturalismo, los problemas propios del victimismo competitivo son mucho más complicados. Al fin y al cabo, en principio no es del todo fácil apoyar tanto las aspiraciones de los musulmanes militantes que exigen a los demás respetar sus costumbres como aquellas de los homosexuales y feministas. Sin embargo, pronto se haría evidente que los enemigos de las sociedades en que les ha tocado vivir son plenamente capaces de tolerar contradicciones.
En los países occidentales los izquierdistas más resueltos reivindican los derechos de las “minorías sexuales”, pasando por alto el hecho de que hay más mujeres que hombres, sin por eso criticar a los islamistas ultraconservadores que matan a los homosexuales tirándolos al vacío desde el techo de edificios altos y, según las pautas occidentales por lo menos, maltratan a las mujeres porque, dicen, desaprobar tales prácticas sería “racista”. Su actitud se asemeja a la de aquellos “militantes de los derechos humanos” que no soñarían con protestar contra los abusos salvajes perpetrados por regímenes de retórica izquierdista como el cubano. Desde su punto de vista, hay que subordinar absolutamente todo a la lucha contra el odioso imperialismo yanqui. Muchos militantes homosexuales coinciden, de ahí la presencia en sus manifestaciones de banderas con la efigie de un homófobo rabioso, Che Guevara.
En las sociedades democráticas actuales, políticos ambiciosos pueden abrirse camino movilizando a quienes dicen haber sido víctimas de prejuicios sociales o injusticias históricas para entonces reclamar que reciban la recompensa que supuestamente merecen. Es lo que hizo el norteamericano Barack Obama a comienzos de su carrera fulgurante. A Luis D’Elía le encantaría emularlo, pero desgraciadamente para él las credenciales de los marginados locales son menos impresionantes que las de los negros de Estados Unidos. Con todo, aunque no cabe duda de que los miembros de la “comunidad” negra norteamericana sí han sido víctimas de una larga serie de injusticias, los esfuerzos por recompensarlos han sido contraproducentes. Las patologías que a pesar de todo siguen afligiéndolos se deben más a la autocompasión colectiva y la tendencia resultante a dar por descontado que todos los reveses personales se deben a los virulentos prejuicios ajenos. Sentirse víctima es de por sí desmoralizador, razón por la que los más perjudicados por el victimismo suelen ser aquellos que se dejan manipular por operadores de mentalidad clientelar que se afirman resueltos a ayudarlos.
James Neilson
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