Hay trabajo, pero no hay empleo
rolando citarella (*)
Hoy en Argentina, realimentado por el proceso electoral, se habla mucho del cepo cambiario, de la inseguridad, del narcotráfico, de la inflación, de la pobreza, de los fondos buitre, de las bajas jubilaciones… Pero poco y nada se dice sobre el real problema que tenemos y del cual derivan en gran medida todos aquellos: la falta de empleo genuino y productivo. Hablo de empleo en serio; empleo que produzca un bien o servicio por el cual alguien, acá o afuera del país, esté dispuesto a pagar. Apelo aquí a una pequeña historia. Por motivos comerciales, mensualmente viajo a la ciudad en la cual viví durante unos veinte años. Hace un tiempo, en una de esas visitas, me encontré con un amigo al que hacía unos cuantos años que no veía. Pasado el momento emotivo de los abrazos, mi amigo me narró sintéticamente su vida en ese tiempo. Me contó que se había separado de su esposa, pero que ya se había recuperado de eso y rearmando su vida sentimental. Respecto del trabajo, me contó que los empleados de la carpintería le habían hecho juicio y había perdido prácticamente todo el capital. Pero me dijo que de eso también se había recuperado, porque… ¡ya no hay más carpinteros! “Nadie sigue el oficio”, me dijo. Y agregó: “Tengo el trabajo que no tuve nunca. Podría tener los empleados que tuve y aún más, pero después de lo que me pasó sólo tengo uno”. –Pero –le dije–, ¿tus hijos no trabajan con vos? –No. Los chicos se recibieron de abogados y están trabajando en el Estado, me respondió. Nos despedimos y me quedé con un sabor agridulce. Por un lado, con la alegría del reencuentro con mi amigo. Pero, por otro, sin saberlo él con su pequeña historia había podido obviar mil explicaciones y resumir en pocas palabras la triste realidad de nuestro país: hay trabajo, ¡pero nadie quiere tomar gente! Las leyes laborales en Argentina van arrastrando lentamente, desde hace más de 70 años, a la desaparición del empleo, con todo lo que ello implica. Póngase a pensar: ¿cuántas empresas en su ciudad han superado las dos generaciones de sus dueños, digamos unos 60 años? O bien, ¿cuántos empresarios retirados conoce Ud. en su pueblo que estén gozando la etapa de pasividad luego de haber vendido su exitosa empresa o de haberla dejado en manos de sus hijos? Lógicamente, estoy hablando de una industria intensiva en mano de obra. No sería el caso, por ejemplo, de una explotación agropecuaria, claramente intensiva en capital. Pero tan grave para el país como lo que le pasó a mi amigo con sus empleados es lo que sucedió con sus hijos. Dado que acá tenemos educación universitaria “gratuita”, los chicos pudieron estudiar lo que quisieron durante el tiempo que quisieron y recibirse, para finalmente… conseguir un empleo en el Estado. Pregunto: ¿cuánto cree Ud. que puede ser la real productividad de esos chicos en el Estado? ¿Qué cree Ud. que están produciendo ellos? Seguramente se cargaron de conocimientos en la universidad, pero le apuesto lo que quiera a que esos conocimientos no se han transformado en productividad. Es decir, lo más probable es que estén produciendo poco y nada, o sea, desempleo disfrazado. Si mi amigo viviera, por ejemplo, en Estados Unidos, seguramente seguiría teniendo la carpintería que le dejó su padre y con los empleados de siempre, ya que la legislación laboral de allá no incluye las conquistas sociales argentinas (básicamente, la indemnización). Es más, es probable que hubiera crecido en la cantidad de personal. Muy probablemente también mi amigo no hubiera podido pagar el estudio universitario de los dos chicos, ya que allá no es “gratuito” como acá, y alguno de ellos, o los dos, estaría con él al frente de la carpintería, quizás creciendo en la fabricación de algún producto nuevo. (Debo aclarar que esta nota hace hincapié en los problemas del empleo y, por lo tanto, no profundiza en costos, beneficios y racionalidad de la universidad “gratuita”, tal como la tenemos en Argentina, que queda para una futura nota específica). Los resultados en ambos casos son paradójicos y diametralmente opuestos: acá tenemos conquistas sociales que no tienen en el país quizás más desarrollado del mundo. Pero eso, lejos de producir beneficios, nos ha traído alto desempleo, desempleo disfrazado, empresas cuya antigüedad no pasa de dos generaciones y sobrecalificación (profesionales trabajando en tareas en la cuales no desarrollan la productividad adquirida). Mientras, allá no tienen indemnización ni universidad gratuita, pero sí bajo desempleo, alta productividad y empresas duraderas. En definitiva, el bienestar de un país no se logra con conquistas sociales, sino con empleo genuino, productividad y empresas. Y esto lo tienen ellos y no nosotros. (*) Economista
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