El apoyo a Dilma Rousseff está en caída libre

Redacción

Por Redacción

La mayoría de los corruptos gobiernos de la izquierda latinoamericana que asumieron el disfraz de “bolivarianos” está hoy en serias dificultades. La situación más delicada es claramente la que enfrenta Venezuela, cuya economía ha sido realmente demolida por el populismo de Nicolás Maduro. Pero también el autoritario presidente de Ecuador enfrenta multitudinarias manifestaciones que reclaman su alejamiento del poder al grito insistente de “fuera, Correa, fuera” que resuena en las grandes ciudades del país. La visita del papa Francisco sólo calmó por pocos días el creciente ambiente hostil que flota en las calles. El final de la gestión de Cristina Kirchner, en la Argentina, no es precisamente para pararse y aplaudir, con su vicepresidente y su jefe de Gabinete envueltos en acusaciones graves de índole delictiva que también salpican a la propia mandataria y a su hijo –especialmente en el caso Hotesur, donde la posibilidad de corrupción está siendo judicialmente investigada–. Tampoco la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, está ahora en paz. Asediada por una economía en clara recesión, consecuencia de sus desaciertos durante el primer mandato presidencial, así como por la ola de corrupción destapada fundamentalmente en torno a Petrobras y a algunas obras públicas de construcción realizadas o en curso de ejecución, la presidenta de Brasil procura (sin éxito) gambetear posibles acciones y presiones que, desde la oposición, requieren insistentemente su destitución. Mientras tanto, se desgasta cada vez más aceleradamente. El Partido Laborista acaba de anunciar que dejará de apoyarla en el Parlamento. Ya mismo. Y su popularidad prácticamente ha dejado de existir. En efecto, tan sólo un 8% de los entrevistados dice hoy aprobar su gestión. En cambio, un sólido 71% la rechaza abiertamente. Nunca nadie ha tenido un porcentaje tan elevado de rechazo en las últimas décadas. Nadie. Hay, asimismo, un 20% de los entrevistados que, por su parte, califica el accionar de su gobierno de “regular”. De casi malo, entonces. Los principales indicadores económicos de Brasil son también malos. La inflación es del 9%, el doble de la meta. La contracción de la economía es dura, del 1,5% del PBI. Y la tasa de interés es hoy del 14,25%. Todo duro, queda visto. Las encuestas sugieren ahora que el 65% de los brasileños cree que el Congreso debiera analizar su gestión y decidir su destitución, o no. También que hay un 38% de los brasileños que creen que Dilma no podrá terminar su mandato constitucional, lo que es ciertamente grave. En el último mes ambos porcentajes crecieron significativamente, lo que sugiere que la presión que desde hace rato existe sobre Dilma Rousseff no ha cedido para nada. Los datos antes mencionados son, cabe aclarar, los difundidos por la empresa Datafolha y han sido tomados el 4 y 5 de este mes. A estar a ellos, se cierne aparentemente una tormenta sobre todo el PT. Lula está frente al abismo. Dilma se está acercando a él. Una crisis más para la izquierda regional sobre la que, desde hace rato, desgraciadamente flotan gruesos nubarrones que sugieren no sólo corrupción sino un notorio desmanejo de la gestión pública. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

Emilio J. Cárdenas (*)


La mayoría de los corruptos gobiernos de la izquierda latinoamericana que asumieron el disfraz de “bolivarianos” está hoy en serias dificultades. La situación más delicada es claramente la que enfrenta Venezuela, cuya economía ha sido realmente demolida por el populismo de Nicolás Maduro. Pero también el autoritario presidente de Ecuador enfrenta multitudinarias manifestaciones que reclaman su alejamiento del poder al grito insistente de “fuera, Correa, fuera” que resuena en las grandes ciudades del país. La visita del papa Francisco sólo calmó por pocos días el creciente ambiente hostil que flota en las calles. El final de la gestión de Cristina Kirchner, en la Argentina, no es precisamente para pararse y aplaudir, con su vicepresidente y su jefe de Gabinete envueltos en acusaciones graves de índole delictiva que también salpican a la propia mandataria y a su hijo –especialmente en el caso Hotesur, donde la posibilidad de corrupción está siendo judicialmente investigada–. Tampoco la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, está ahora en paz. Asediada por una economía en clara recesión, consecuencia de sus desaciertos durante el primer mandato presidencial, así como por la ola de corrupción destapada fundamentalmente en torno a Petrobras y a algunas obras públicas de construcción realizadas o en curso de ejecución, la presidenta de Brasil procura (sin éxito) gambetear posibles acciones y presiones que, desde la oposición, requieren insistentemente su destitución. Mientras tanto, se desgasta cada vez más aceleradamente. El Partido Laborista acaba de anunciar que dejará de apoyarla en el Parlamento. Ya mismo. Y su popularidad prácticamente ha dejado de existir. En efecto, tan sólo un 8% de los entrevistados dice hoy aprobar su gestión. En cambio, un sólido 71% la rechaza abiertamente. Nunca nadie ha tenido un porcentaje tan elevado de rechazo en las últimas décadas. Nadie. Hay, asimismo, un 20% de los entrevistados que, por su parte, califica el accionar de su gobierno de “regular”. De casi malo, entonces. Los principales indicadores económicos de Brasil son también malos. La inflación es del 9%, el doble de la meta. La contracción de la economía es dura, del 1,5% del PBI. Y la tasa de interés es hoy del 14,25%. Todo duro, queda visto. Las encuestas sugieren ahora que el 65% de los brasileños cree que el Congreso debiera analizar su gestión y decidir su destitución, o no. También que hay un 38% de los brasileños que creen que Dilma no podrá terminar su mandato constitucional, lo que es ciertamente grave. En el último mes ambos porcentajes crecieron significativamente, lo que sugiere que la presión que desde hace rato existe sobre Dilma Rousseff no ha cedido para nada. Los datos antes mencionados son, cabe aclarar, los difundidos por la empresa Datafolha y han sido tomados el 4 y 5 de este mes. A estar a ellos, se cierne aparentemente una tormenta sobre todo el PT. Lula está frente al abismo. Dilma se está acercando a él. Una crisis más para la izquierda regional sobre la que, desde hace rato, desgraciadamente flotan gruesos nubarrones que sugieren no sólo corrupción sino un notorio desmanejo de la gestión pública. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas

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