El mundo se niega a frenarse
Ya ha pasado más de medio siglo desde que Mafalda gritó “¡Paren el mundo que me quiero bajar!” (se trata de la traducción del título de una obra de teatro inglesa muy popular en aquel entonces) pero, lejos de frenarse, nuestro planeta siguió girando a una velocidad cada vez mayor. Aunque muchos cambios recientes han brindado beneficios materiales a centenares de millones de personas, hasta los más positivos plantean a las distintas sociedades desafíos que pocas, quizás ninguna, están en condiciones de enfrentar con éxito, de ahí las frecuentes crisis imprevistas que las están agitando y la sensación generalizada de que todos los gobiernos corren el riesgo de verse desbordados por acontecimientos que ni siquiera entenderán. Están en apuros las sociedades más avanzadas, las que han resultado más capaces de adaptarse a las novedades tecnológicas, culturales y gerenciales que conforman lo que algunos llaman la modernidad y otros, que la encuentran antipática, califican de “capitalismo” o “globalización”, palabras que a esta altura no nos dicen mucho. En las sociedades atrasadas, casi todos los gobernantes se resignan a tratar de sacar provecho de las dificultades afirmándose víctimas de una maligna conspiración internacional. No extraña, pues, que la nostalgia, la convicción de que el pasado era mejor que el presente y que sería bueno regresar a tiempos idos menos complicados, se haya potenciado en casi todos los países. La comparten derechistas e izquierdistas, progresistas y reaccionarios, los que rinden homenaje a los rebeldes de antaño y los resueltos a impedir que sus herederos putativos procuren emularlos. Algunos añoran la estabilidad que creen recordar; otros, los proyectos que les parecían viables hasta que la experiencia les enseñó que nunca lo serían. Mantener a raya el cambio para que todo quede más o menos igual es imposible. En la antigüedad, un orden socioeconómico determinado, como el del Egipto de los faraones, podía perdurar milenios; en la actualidad, uno tendría suerte si sobreviviera un decenio. Parecería que no hay más opción que acompañar al resto del mundo en su viaje hacia un futuro incierto. Los profetas, adivinos o, como los más sofisticados prefieren llamarse, futurólogos se equivocan casi siempre. Hace un par de décadas las repercusiones inmediatas del desarrollo explosivo de la informática eran propias de la ciencia ficción. Y hace apenas dos años la noción de que un ejército de salvajes fanatizados pudiera apoderarse de extensas zonas de Oriente Medio y combinarse con otros igualmente feroces en África y el sur de Asia sin que los países más fuertes intervinieran para aplastarlo hubiera sido considerado el producto de una mente enferma. En el mundo actual, la fe dominante es “la ciencia”. Es común oír que “la ciencia” ya ha decidido que algo debería hacerse y que por lo tanto no tenemos más alternativa que obedecer sus dictados. Quienes en otras épocas hubieran confiado en sacerdotes o en alguna que otra eminencia cultural toman por guías espirituales a personas que presuntamente hablan en nombre del consenso científico. Lo entienden muy bien los militantes climáticos, herederos anímicos de los revolucionarios antisistema de ayer, que nos advierten que el género humano está destruyendo la Madre Tierra y que, a menos que nos arrepintamos muy pronto, nos abrumará un cataclismo infernal. Pero no son los únicos que ven en la ciencia una fuente de autoridad inapelable. Tampoco los primeros. Los partidarios de los movimientos políticos más sanguinarios de siglo pasado, el nazismo y el comunismo, aspiraron a transformar el mundo aplicando lo que según sus líderes eran principios científicos para que todo se hiciera más prolijo, más “racional”. Si bien a la larga fracasaron aquellas variantes bestiales del voluntarismo supuestamente científico, con la ayuda de otras más benignas dejaron atrás un mundo desacralizado. No es un detalle menor. Parecería que, privado de fe en algo externo, trascendente, por tenue que fuera, el hombre pierde interés en lo que sucederá una vez terminada su breve estadía en el universo. Será por este motivo que, tal y como ocurría en el llamativamente escéptico mundo helénico antes de la llegada de las legiones romanas y, algunos siglos más tarde, cuando el imperio de los césares se despoblaba con rapidez desconcertante, exponiéndolo a las invasiones bárbaras, en casi todos los países se ha precipitado tanto la tasa de natalidad que a algunos, entre ellos España, Italia, Grecia, Alemania, Rusia y Japón, ya no les quedan muchos años de vida. Por fortuna, en este ámbito fundamental la Argentina sigue siendo un país atrasado. De todas las sociedades actuales, las más reacias a “modernizarse” son las musulmanas, pero a pesar de los esfuerzos frenéticos de los islamistas por combatir la influencia foránea, no les ha sido dado impedir que los lugares en que llevan la voz cantante sufran el mismo fenómeno demográfico que plantea una amenaza mortal a muchos países europeos y Japón. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre países ricos que están en condiciones de soportar por un rato las consecuencias del desmoronamiento de una pirámide poblacional grotescamente desequilibrada y las naciones pobres que nunca podrán hacerlo. Mientras que los españoles, italianos, griegos y alemanes actuales esperan poder abandonar el escenario con la dignidad aún intacta, el destino que les aguarda a sus contemporáneos musulmanes será con toda seguridad mucho menos bondadoso. Lo saben muy bien los ayatolás de Irán, los islamistas turcos y sus equivalentes árabes. Una y otra vez, exhortan a sus correligionarios a ser más fecundos y multiplicarse. Pero están atrapados. El desarrollo económico, y la apertura cultural y política que conlleva, son incompatibles con el islam. Desde el punto de vista de los obsesionados por el parón demográfico, es lógico insistir en mantener ignorantes a las mujeres, ya que el anticonceptivo más eficaz de todos es la alfabetización femenina, pero si se oponen al desarrollo, que mal que les pese requiere la ayuda activa de mujeres educadas, sus países se hundirán en la miseria. Las convulsiones que están desgarrando el mundo musulmán son los síntomas más terribles de la frustración insoportable que tantos sienten frente a tamaña contradicción. Conscientes de que les sería inútil soñar con “competir” con los asiáticos orientales, europeos o norteamericanos en un planeta globalizado, muchos se han entregado a la violencia extrema.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
Ya ha pasado más de medio siglo desde que Mafalda gritó “¡Paren el mundo que me quiero bajar!” (se trata de la traducción del título de una obra de teatro inglesa muy popular en aquel entonces) pero, lejos de frenarse, nuestro planeta siguió girando a una velocidad cada vez mayor. Aunque muchos cambios recientes han brindado beneficios materiales a centenares de millones de personas, hasta los más positivos plantean a las distintas sociedades desafíos que pocas, quizás ninguna, están en condiciones de enfrentar con éxito, de ahí las frecuentes crisis imprevistas que las están agitando y la sensación generalizada de que todos los gobiernos corren el riesgo de verse desbordados por acontecimientos que ni siquiera entenderán. Están en apuros las sociedades más avanzadas, las que han resultado más capaces de adaptarse a las novedades tecnológicas, culturales y gerenciales que conforman lo que algunos llaman la modernidad y otros, que la encuentran antipática, califican de “capitalismo” o “globalización”, palabras que a esta altura no nos dicen mucho. En las sociedades atrasadas, casi todos los gobernantes se resignan a tratar de sacar provecho de las dificultades afirmándose víctimas de una maligna conspiración internacional. No extraña, pues, que la nostalgia, la convicción de que el pasado era mejor que el presente y que sería bueno regresar a tiempos idos menos complicados, se haya potenciado en casi todos los países. La comparten derechistas e izquierdistas, progresistas y reaccionarios, los que rinden homenaje a los rebeldes de antaño y los resueltos a impedir que sus herederos putativos procuren emularlos. Algunos añoran la estabilidad que creen recordar; otros, los proyectos que les parecían viables hasta que la experiencia les enseñó que nunca lo serían. Mantener a raya el cambio para que todo quede más o menos igual es imposible. En la antigüedad, un orden socioeconómico determinado, como el del Egipto de los faraones, podía perdurar milenios; en la actualidad, uno tendría suerte si sobreviviera un decenio. Parecería que no hay más opción que acompañar al resto del mundo en su viaje hacia un futuro incierto. Los profetas, adivinos o, como los más sofisticados prefieren llamarse, futurólogos se equivocan casi siempre. Hace un par de décadas las repercusiones inmediatas del desarrollo explosivo de la informática eran propias de la ciencia ficción. Y hace apenas dos años la noción de que un ejército de salvajes fanatizados pudiera apoderarse de extensas zonas de Oriente Medio y combinarse con otros igualmente feroces en África y el sur de Asia sin que los países más fuertes intervinieran para aplastarlo hubiera sido considerado el producto de una mente enferma. En el mundo actual, la fe dominante es “la ciencia”. Es común oír que “la ciencia” ya ha decidido que algo debería hacerse y que por lo tanto no tenemos más alternativa que obedecer sus dictados. Quienes en otras épocas hubieran confiado en sacerdotes o en alguna que otra eminencia cultural toman por guías espirituales a personas que presuntamente hablan en nombre del consenso científico. Lo entienden muy bien los militantes climáticos, herederos anímicos de los revolucionarios antisistema de ayer, que nos advierten que el género humano está destruyendo la Madre Tierra y que, a menos que nos arrepintamos muy pronto, nos abrumará un cataclismo infernal. Pero no son los únicos que ven en la ciencia una fuente de autoridad inapelable. Tampoco los primeros. Los partidarios de los movimientos políticos más sanguinarios de siglo pasado, el nazismo y el comunismo, aspiraron a transformar el mundo aplicando lo que según sus líderes eran principios científicos para que todo se hiciera más prolijo, más “racional”. Si bien a la larga fracasaron aquellas variantes bestiales del voluntarismo supuestamente científico, con la ayuda de otras más benignas dejaron atrás un mundo desacralizado. No es un detalle menor. Parecería que, privado de fe en algo externo, trascendente, por tenue que fuera, el hombre pierde interés en lo que sucederá una vez terminada su breve estadía en el universo. Será por este motivo que, tal y como ocurría en el llamativamente escéptico mundo helénico antes de la llegada de las legiones romanas y, algunos siglos más tarde, cuando el imperio de los césares se despoblaba con rapidez desconcertante, exponiéndolo a las invasiones bárbaras, en casi todos los países se ha precipitado tanto la tasa de natalidad que a algunos, entre ellos España, Italia, Grecia, Alemania, Rusia y Japón, ya no les quedan muchos años de vida. Por fortuna, en este ámbito fundamental la Argentina sigue siendo un país atrasado. De todas las sociedades actuales, las más reacias a “modernizarse” son las musulmanas, pero a pesar de los esfuerzos frenéticos de los islamistas por combatir la influencia foránea, no les ha sido dado impedir que los lugares en que llevan la voz cantante sufran el mismo fenómeno demográfico que plantea una amenaza mortal a muchos países europeos y Japón. Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre países ricos que están en condiciones de soportar por un rato las consecuencias del desmoronamiento de una pirámide poblacional grotescamente desequilibrada y las naciones pobres que nunca podrán hacerlo. Mientras que los españoles, italianos, griegos y alemanes actuales esperan poder abandonar el escenario con la dignidad aún intacta, el destino que les aguarda a sus contemporáneos musulmanes será con toda seguridad mucho menos bondadoso. Lo saben muy bien los ayatolás de Irán, los islamistas turcos y sus equivalentes árabes. Una y otra vez, exhortan a sus correligionarios a ser más fecundos y multiplicarse. Pero están atrapados. El desarrollo económico, y la apertura cultural y política que conlleva, son incompatibles con el islam. Desde el punto de vista de los obsesionados por el parón demográfico, es lógico insistir en mantener ignorantes a las mujeres, ya que el anticonceptivo más eficaz de todos es la alfabetización femenina, pero si se oponen al desarrollo, que mal que les pese requiere la ayuda activa de mujeres educadas, sus países se hundirán en la miseria. Las convulsiones que están desgarrando el mundo musulmán son los síntomas más terribles de la frustración insoportable que tantos sienten frente a tamaña contradicción. Conscientes de que les sería inútil soñar con “competir” con los asiáticos orientales, europeos o norteamericanos en un planeta globalizado, muchos se han entregado a la violencia extrema.
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