“Las disputas de la decadencia”

Redacción

Por Redacción

“Habitar, construir, pensar”: magistral conferencia que Martín Heidegger desarrolló en 1951 ante académicos y profesionales versando sobre el habitar del hombre en la ciudad. Lúcida reflexión filológica sobre el ser humano, su naturaleza, y entorno. El reverso de tanta belleza discursiva, profundidad y acierto conceptual lo hallamos hoy en modernos y torpes municipalizadores, reflejando asimetrías y contradicciones de la humana condición en la visión física y metafísica de la ciudad y los hombres. De lo primero inferimos: verdadero, bello, bueno; de lo último: falaz, torpe, incongruente, dañino. Los pioneros y visionarios del páramo olvidado y desértico –San Antonio– pensaron y acometieron en un tiempo cargado de dificultades la obra del agua portadora de vida (canal Pomona-SAO), su puerto de aguas profundas, su planta industrial de carbonato de sodio y su balneario; definieron intuitiva y sabiamente una elemental condición para mejorar su habitar en la búsqueda de un futuro de plenitud de civitas y sus habitantes: el necesario proceso de diversificación de su producto económico –aún en su estado actual insuficiente– como soporte de un ámbito rico en oportunidades, fundante de una cultura forjada en la visión poderosa de una metrópoli envidiable. Las tierras en muchos casos se cedían a título gratuito o a valor promocional, para compartir con otros el fortalecimiento de la utopía, la realidad del sueño, la concreción de la obra magna. Tales esfuerzos tuvieron el sentido de la grandeza tributada a sí mismos y a otros que vinieron y seguirán llegando más tarde. Y ese sentido de grandeza es lo único que asegura permanencia en el tiempo, que funda la semilla del árbol que buenos frutos da. En Argentina, los signos vitales de aquella tensión individual y colectiva hacia la grandeza se han extraviado en un laberinto de despropósitos y calamidades, y en su atmósfera se plantea ese habitar heideggeriano en términos decadentes y egoístamente económicos, olvidando que “Grandeza significa: un lugar en que el habitar sea armónico y permita la plenitud de la vida humana en concierto con la naturaleza y con los dioses” (1), “(…) modelo histórico que encontramos en Roma cuya fundación se entronca eternamente con su destino pleno aún de admirable grandeza. Cartago, su contrapartida, el modelo de pueblos modernos que ya no se fundan sino que florecen como el producto de una rapiña insolente, basando su subsistencia en el dinero sin otro fin que el lucro; su meta no es el habitar del hombre, sino la ganancia” (2). De allí que Heidegger concluye que habitar es “permanecer ante los divinos perteneciendo a la comunidad de los hombres, unidad originaria entre cielo, tierra, los divinos y los mortales” pues “solamente cuando podemos habitar, podemos pensar” (3). Ideas luminosas, grandes y poderosas, capaces de movilizar fuerzas insospechadas en pos de metas y objetivos superiores, ausentes hoy en una patria sin honor sumida en la decadencia y la barbarie. “Desaparece la instancia religiosa transformada en ética; desaparece la instancia política transformada en economía; parece un escalón, pero es un precipicio” (O. Spengler, “La decadencia de Occidente”). Municipalizadores de pueblos sin destino, de ideas ficticias sin pensamiento, que han echado fuertes raíces; de visiones obtusas, decisiones sinuosas e inoportunas cuasi siniestras que ensombrecen y truncan la marcha esforzada de pueblos con vocación de alguna grandeza, invadidos y ensombrecidos sus ámbitos por novedosas versiones de Montescos y Capuletos; en manifiesta intromisión para torcer el destino que cada uno desea forjar para sí ejerciendo y fructificando su libertad, en la búsqueda de altas metas, ideas incapaces de fundar –en su acepción conceptual– alguna cosa verdadera, buena o bella, útil a los hombres y su realidad, en nombre de unos derechos de dudosa entidad esgrimidos para pisotear otros derechos, ganados en luchas y esfuerzos memorables por generaciones para justificar la inaudita y grosera carencia de argumentos y razones sobre las cuales reflexionar. Arbitrariamente, ratificando la impronta habitual de gobiernos ineptos y advenedizos: el abuso de poder. Disputas sólo posibles en la atmósfera de la grave decadencia del país, cuyos falsos liderazgos parecen regocijarse en oscurecer sus horizontes, malversar su sustancia y torcer su rumbo con prácticas destructivas, olvidando el mandato fundacional heredado que impone “pensar, construir y habitar” al modo de pilares, y en la esforzada búsqueda de una cultura admirable en su grandeza, sólida y ecuánime en su imperium, generosa en su éxito y sólo prosternada ante sus dioses. En Argentina, el régimen legal de sus 2.248 municipios no es caótico, aunque sí confuso en orden al sistema federal. El gasto público consolidado adjudica un 57,6% a Nación, 35,3% a Provincias y CABA y 7% a los 2.248 Municipios. El abrumador proceso de concentración fiscal adjudica al sistema nacional el 55,6% de la recaudación, relegando al 44,4 a las restantes 24 jurisdicciones y 2.248 municipios. La CN (1994) no define un régimen municipal para el país. Sí asegura su “autonomía” (art. 123). Prudente sería, antes de acometer acciones institucionales de dudoso buen sentido y nulo sustento jurídico-político, resolver los graves desórdenes del inequitativo régimen fiscal entre Nación, Provincias y Municipios, zanjando tal crónico conflicto mediante una sabia reforma que exige coraje cívico, lucidez intelectiva, patriotismo, grandeza, honestidad intelectual, vocación, inteligencia política y trabajo arduo. Demasiadas cosas a demandar de mentes obnubiladas por el sinsentido del partidismo, el boato y la burocracia esterilizantes. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca Bibliografía: M. Heidegger, “Habitar, construir, pensar”. 1) Luis Castellani, “América Románica: el destino de las ciudades”; 2) M. Solanet, Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas; 3) “Finanzas municipales 1993/2010 en el contexto del Federalismo Fiscal Argentino” (autores varios).

Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca


“Habitar, construir, pensar”: magistral conferencia que Martín Heidegger desarrolló en 1951 ante académicos y profesionales versando sobre el habitar del hombre en la ciudad. Lúcida reflexión filológica sobre el ser humano, su naturaleza, y entorno. El reverso de tanta belleza discursiva, profundidad y acierto conceptual lo hallamos hoy en modernos y torpes municipalizadores, reflejando asimetrías y contradicciones de la humana condición en la visión física y metafísica de la ciudad y los hombres. De lo primero inferimos: verdadero, bello, bueno; de lo último: falaz, torpe, incongruente, dañino. Los pioneros y visionarios del páramo olvidado y desértico –San Antonio– pensaron y acometieron en un tiempo cargado de dificultades la obra del agua portadora de vida (canal Pomona-SAO), su puerto de aguas profundas, su planta industrial de carbonato de sodio y su balneario; definieron intuitiva y sabiamente una elemental condición para mejorar su habitar en la búsqueda de un futuro de plenitud de civitas y sus habitantes: el necesario proceso de diversificación de su producto económico –aún en su estado actual insuficiente– como soporte de un ámbito rico en oportunidades, fundante de una cultura forjada en la visión poderosa de una metrópoli envidiable. Las tierras en muchos casos se cedían a título gratuito o a valor promocional, para compartir con otros el fortalecimiento de la utopía, la realidad del sueño, la concreción de la obra magna. Tales esfuerzos tuvieron el sentido de la grandeza tributada a sí mismos y a otros que vinieron y seguirán llegando más tarde. Y ese sentido de grandeza es lo único que asegura permanencia en el tiempo, que funda la semilla del árbol que buenos frutos da. En Argentina, los signos vitales de aquella tensión individual y colectiva hacia la grandeza se han extraviado en un laberinto de despropósitos y calamidades, y en su atmósfera se plantea ese habitar heideggeriano en términos decadentes y egoístamente económicos, olvidando que “Grandeza significa: un lugar en que el habitar sea armónico y permita la plenitud de la vida humana en concierto con la naturaleza y con los dioses” (1), “(...) modelo histórico que encontramos en Roma cuya fundación se entronca eternamente con su destino pleno aún de admirable grandeza. Cartago, su contrapartida, el modelo de pueblos modernos que ya no se fundan sino que florecen como el producto de una rapiña insolente, basando su subsistencia en el dinero sin otro fin que el lucro; su meta no es el habitar del hombre, sino la ganancia” (2). De allí que Heidegger concluye que habitar es “permanecer ante los divinos perteneciendo a la comunidad de los hombres, unidad originaria entre cielo, tierra, los divinos y los mortales” pues “solamente cuando podemos habitar, podemos pensar” (3). Ideas luminosas, grandes y poderosas, capaces de movilizar fuerzas insospechadas en pos de metas y objetivos superiores, ausentes hoy en una patria sin honor sumida en la decadencia y la barbarie. “Desaparece la instancia religiosa transformada en ética; desaparece la instancia política transformada en economía; parece un escalón, pero es un precipicio” (O. Spengler, “La decadencia de Occidente”). Municipalizadores de pueblos sin destino, de ideas ficticias sin pensamiento, que han echado fuertes raíces; de visiones obtusas, decisiones sinuosas e inoportunas cuasi siniestras que ensombrecen y truncan la marcha esforzada de pueblos con vocación de alguna grandeza, invadidos y ensombrecidos sus ámbitos por novedosas versiones de Montescos y Capuletos; en manifiesta intromisión para torcer el destino que cada uno desea forjar para sí ejerciendo y fructificando su libertad, en la búsqueda de altas metas, ideas incapaces de fundar –en su acepción conceptual– alguna cosa verdadera, buena o bella, útil a los hombres y su realidad, en nombre de unos derechos de dudosa entidad esgrimidos para pisotear otros derechos, ganados en luchas y esfuerzos memorables por generaciones para justificar la inaudita y grosera carencia de argumentos y razones sobre las cuales reflexionar. Arbitrariamente, ratificando la impronta habitual de gobiernos ineptos y advenedizos: el abuso de poder. Disputas sólo posibles en la atmósfera de la grave decadencia del país, cuyos falsos liderazgos parecen regocijarse en oscurecer sus horizontes, malversar su sustancia y torcer su rumbo con prácticas destructivas, olvidando el mandato fundacional heredado que impone “pensar, construir y habitar” al modo de pilares, y en la esforzada búsqueda de una cultura admirable en su grandeza, sólida y ecuánime en su imperium, generosa en su éxito y sólo prosternada ante sus dioses. En Argentina, el régimen legal de sus 2.248 municipios no es caótico, aunque sí confuso en orden al sistema federal. El gasto público consolidado adjudica un 57,6% a Nación, 35,3% a Provincias y CABA y 7% a los 2.248 Municipios. El abrumador proceso de concentración fiscal adjudica al sistema nacional el 55,6% de la recaudación, relegando al 44,4 a las restantes 24 jurisdicciones y 2.248 municipios. La CN (1994) no define un régimen municipal para el país. Sí asegura su “autonomía” (art. 123). Prudente sería, antes de acometer acciones institucionales de dudoso buen sentido y nulo sustento jurídico-político, resolver los graves desórdenes del inequitativo régimen fiscal entre Nación, Provincias y Municipios, zanjando tal crónico conflicto mediante una sabia reforma que exige coraje cívico, lucidez intelectiva, patriotismo, grandeza, honestidad intelectual, vocación, inteligencia política y trabajo arduo. Demasiadas cosas a demandar de mentes obnubiladas por el sinsentido del partidismo, el boato y la burocracia esterilizantes. Juan Manuel Castañeda DNI 8.216.126 Roca Bibliografía: M. Heidegger, “Habitar, construir, pensar”. 1) Luis Castellani, “América Románica: el destino de las ciudades”; 2) M. Solanet, Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas; 3) “Finanzas municipales 1993/2010 en el contexto del Federalismo Fiscal Argentino” (autores varios).

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