La Argentina de las dos Plazas representa una Argentina plural
Hubo muchas Plazas de Mayo llenas de gente y de significados históricos en nuestra historia nacional. Desde el 25 de mayo de 1810, cuando los vecinos de Buenos Aires se congregaron frente al Cabildo, al mismo día de 1973, cuando una multitud alborozada que cantaba que los militares “Se van, se van y nunca volverán” acompañó la asunción de Héctor Cámpora, el fin de la proscripción del peronismo y un retorno a la democracia que naufragaría poco después en sucesivos baños de sangre en la Argentina y en la región. Desde aquella, la más memorable y emblemática, del 17 de octubre de 1945, en que los trabajadores confluyeron para ungir al coronel Perón como líder de un nuevo movimiento político de masas, a la más patética del 2 de abril de 1982, cuando miles de personas fueron a vivar al general Galtieri, que acababa de ordenar la ocupación militar de las islas Malvinas, y luego volverían allí para aclamar al dictador cuando desafió a los británicos a “presentar batalla”. Plazas de Mayo que se llenaron de gente para reclamar, aclamar, celebrar o simplemente dar testimonio. Las de las primeras rondas de las Madres, allá por 1977, pidiendo saber el destino de sus hijos desaparecidos, y la del 10 de diciembre de 1983, cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia bajo la invocación de la defensa de los derechos humanos recordando que “El pueblo unido jamás será vencido”. Plazas de Mayo que fueron el escenario en el que el peronismo volvió ritual de congregación su marca de identidad como representación de las mayorías populares y en las que las distintas facciones internas del peronismo dirimieron sus disputas encarnizadas. También la Plaza de Mayo sobre la que se descargaron las bombas desde los aviones de la Marina de Guerra en las vísperas de la caída de Perón en 1955. Ya en democracia, tuvimos las Plazas de Mayo que abortaron el golpismo de Semana Santa en 1987, con un presidente que hizo deponer las armas a los insurrectos de Campo de Mayo, y aquellas en las que la CGT liderada por Saúl Ubaldini movilizaba a los sindicatos contra las políticas socioeconómicas de ese mismo gobierno. Y las Plazas “del sí” y “del no” que, durante el gobierno de Menem, apoyaban o resistían su conversión neoliberal apoyadas por unos y otros gremios. Algunos extraviados quisieron ver en la competencia electoral de este año una línea de continuidad con aquellas expresiones de los antagonismos del siglo XX. Al kirchnerismo como expresión del peronismo de los años 40 (“Ayer Braden o Perón, hoy Patria o Buitres”) y a Macri y Cambiemos como expresión de la Unión Democrática y los intereses del imperialismo yanqui. Pretendían un nuevo 17 de octubre del 45 y plantearon la campaña como si el contrincante representara a la mismísima Libertadora del 55. Al fin y al cabo, también en 1945 hubo movilizaciones multitudinarias de unos y otros y también en 1955 el general Lonardi tuvo su Plaza de Mayo cubierta de gente. Los resultados electorales no terminaron de hacer mella en esa visión dicotómica. Por el contrario, el 51-48% representó para esta mirada la expresión de un país dividido en dos. De un lado, las mayorías populares circunstancialmente derrotadas por la presión mediática y el desgaste de tantos años en el poder; del otro, los intereses de las minorías antipopulares que “por primera vez llegan al poder por la vía democrática”. En su despedida del gobierno, la expresidenta Cristina Kirchner subrayó la vigencia de este planteo. Allí donde el voto popular y los actos de transmisión del mando le ofrecían un puente de oro para dar cuenta de esa superación de las viejas antinomias, que no disuelve el conflicto sino que lo contiene en un espacio de convivencia mayor, ella trazó una vez más la línea entre un “nosotros” y un “ellos”. No hubo posibilidad de compartir espacios institucionales entre el presidente saliente y el presidente entrante; no la hubo de compartir Plazas y espacios públicos entre las multitudes que querían despedir y expresar su reconocimiento a la presidenta que se iba –otro hecho inédito en nuestra historia– y quienes querían acompañar y manifestar su alegría al presidente que llegaba. No importó: hubo dos Plazas llenas estos 9 y 10 de diciembre de 2015. El último día de su gestión, Cristina Kirchner tuvo la suya. Y Mauricio Macri, al día siguiente, también llenó esa Plaza tras asumir la presidencia. Las dos igualmente legítimas; las dos genuinamente populares. La del 51% de los votos y la del 48%. No es la expresión de “un país dividido en dos”, como quieren recalcar quienes se acostumbraron a las mayorías aplastantes. Es una Argentina plural que se expresa libremente, para la cual acaso aplique como síntesis del clima de convivencia y distensión que acompañó los primeros días del nuevo gobierno una de las consignas que desgranó el flamante presidente: “Pensar diferente, trabajar juntos”. No será fácil lograrlo, pero allí está barajada la oportunidad. (*) Politólogo y periodista
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Fabián Bosoer – @fabianlautaro – Politólogo y periodista
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