Gabriela Saidón analiza en “La farsa” los 48 días previos al golpe
En una entrevista con Télam la autora de “La Farsa” (Planeta) ahonda en el rol jugado por Isabel en aquel breve tiempo devorado por el silencio y el olvido de los que prefieren no recordar.
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La escritora y periodista Gabriela Saidon analiza en el libro “La farsa” los 48 días previos al golpe cívico militar, un tiempo invisibilizado por todos y sacado del calendario en el que la presidenta constitucional, Isabel Perón, emerge como una figura ambigua, entre siniestra y farsesca, pero cuya actuación sin lugar a dudas colaboró con la barbarie instaurada el 24 de marzo de 1976.
Saidon ha escrito “La montonera. Biografía de Norma Arrostito. La primera jefa de la guerrilla peronista”, “Que pasó con todos nosotros”, “Cautivas”, “Memorias de una chica normal (tirando a rockera) y “Santos Ruteros. De la Difunta Correa al Gauchito Gil”.
– ¿Por qué irrumpe la figura de Isabel como central en este tiempo?
– Isabel Perón era la presidenta, aunque a muchos no les gustara, mientras que otros, como los líderes sindicales y dirigentes “verticalistas” (de Perón) y los propios militares, la necesitaban en el poder de esa democracia agonizante el tiempo necesario como para que los preparativos para el golpe estuvieran “a punto de caramelo”. Los 48 días previos fueron, en ese sentido, claves. Ella misma quería quedarse en ese lugar en el que Perón la había puesto, entregándosela en bandeja a esos militares que calificaba de” banda de gángsters”.
– El libro dibuja a una mujer que difiere de esa imagen anodina que tuvo mucha gente ¿Ella cumplió algún rol distintivo?
– A cualquier persona mayor de 40 años que le nombrás a Isabel Perón, te dice: “No me atosiguéis”, la españolísima frase que pronunció cuando volvió a la Argentina en 1989. Menos recuerdan aquella otra frase “Muchachos, no me le silben a Mondelli (el ministro de Economía)”, que dijo el 10 de marzo en el edificio de la CGT, cuando su gobierno negoció un 20 por ciento de aumento salarial frente a una inflación de un 800 por ciento.
Si hay un rol distintivo es siniestro: firmó el primer decreto de aniquilamiento, que abrió las puertas a la represión. Y se amparó en el estado de sitio del gobierno de facto de Onganía para perseguir, matar y desaparecer a ciudadanos (se calculan 3000 entre muertos y desaparecidos desde el 21 de junio de 1973 y el 24 de marzo de 1976). De anodina, nada.
– Se trata de una imagen farsesca pero que no le quita protagonismo ¿A su modo ella también fue hacedora del golpe?
– Absolutamente. Repito: ella firmó el primer decreto de aniquilamiento, pero como en el Juicio a las juntas, los militares quisieron echar mano de ese decreto firmado por una presidenta constitucional para conseguir reducción en sus penas, la Justicia tuvo que ponerse firme y rechazar ese argumento. De todos modos, ese decreto lleva su firma. Digamos que Isabel Perón es, sin duda, uno de los nombres que hay que poner en la lista de los civiles que propiciaron el golpe bien llamado cívico militar.
– En ese mes anterior al golpe ¿Isabel tenía algún tipo de autonomía?
– Ninguna, estaba atada de pies y manos. La presionaban las Fuerzas Armadas, los líderes sindicales, los políticos de la oposición que querían destituirla, los legisladores, el poder judicial, los medios. Todos los poderes la oprimían y querían algo de ella (la mayoría quería que se fuera, algunos peronistas querían que se quedara).
A esa altura las divisiones en el movimiento eran tremendas. Ella estaba aconsejada por su “entorno”. No es porque no tomara decisiones que haya que calificarla de tonta y de inepta, como lo hizo el periodismo y muchos políticos. Esos adjetivos “descalificativos” solo sirven para considerarla impune. Que es lo que la justicia decidió con respecto a Isabel Perón, sus vínculos con la Triple A y la represión que se agudizó en esos últimos 48 días. Otra farsa: considerarla libre de culpa y cargo.
– ¿Por qué escribís sobre la invisibilidad de esos meses anteriores al golpe?
Es muy loco cuando entrás a Google para buscar información sobre ese período porque enseguida salta el 24 de marzo y en el imaginario argentino el 76 empieza después del golpe. Así lo consideró el juez español Baltazar Garzón cuando desmereció los intentos de la justicia argentina de extraditar a Isabel por considerar a los crímenes de la Triple A delitos de lesa humanidad. Garzón fue tajante: esos crímenes empiezan el 24 de marzo del 76.
Hoy son meses desaparecidos porque muchos actores que golpearon las puertas de los cuarteles prefieren no recordarlo. Casi todos los partidos políticos, sin excepción, lo apoyaban. Ni hablar de los empresarios que el 16 de febrero hicieron un protogolpe económico a través de un insólito lock out patronal. Y los medios lo anunciaban en un crescendo notable. El título más famoso fue el de La Razón del 23 de marzo: “Todo está dicho”. Menos recordado es el de La Tarde, el vespertino que dirigió Héctor Timerman y financió David Graiver, que comenzó a salir una semana antes del 24 y tituló: “Golpe”.
– El texto muestra una ambigüedad entre lo que ella quería y lo que le dejaban hacer ¿es algo que te interesaba subrayar?
-Sí, porque me interesó pensar dónde estaba el deseo de Isabel Perón en medio de ese desmadre. Qué quería, qué podía, cómo intentaba continuar el legado de Perón a toda costa. En sus discursos siempre lo cita. Y en los últimos actos de gobierno, parece empecinada en demostrar que ella no es el títere que todos creen. Que puede cuando era evidente que ella no podía nada. No sé hasta qué punto ella estaba empecinada en quedarse y hasta dónde faltaban dirimir las internas militares para dar el golpe definitivo.
Y vuelvo a la cuestión del deseo: habría que levantarle el tapizado al sillón de Rivadavia para darse cuenta qué imán poderoso hace que los que se sientan una vez ahí, no quieran volver a levantarse. Isabel, en ese punto, no tendría por qué ser una excepción. Dicho sea de paso, el que “invitó” a los militares a tomar el poder fue el líder radical, Ricardo Balbín en un célebre discurso que dio por cadena nacional el 16 de marzo, donde le dio cuerda al reloj detenido de Videla, y que pocos recuerdan.
– Las razones del golpe militar -decís en el libro- tenían como objetivo principal sentar las bases para un profundo cambio en el modelo de país ¿Había alguna conciencia de esto?
-Pienso que el motivo era claro tanto para los militares como para los civiles que apoyaron al golpe, muchos de ellos escondidos detrás del apellido Martínez de Hoz.
En los últimos días escuché y leí muchas declaraciones que liberan a Estados Unidos de su participación y su apoyo al golpe. Pero fue muy claro que el modelo económico ultraliberal que se quiso imponer no sólo en Argentina sino en el resto de Latinoamérica, llegaba del Norte y el modo de lograrlo se llamó Plan Cóndor.
Me resisto a pensar en una conciencia uniforme que iguale a una población, pero es cierto que el bombardeo mediático, sobre todo desde los diarios era muy efectivo. Mucha gente se ilusionaba con salir del caos (magnificado mediáticamente) y quería volver al “orden”. Ya sabemos lo que pasó después.
– La capacidad de representación de Isabel aparece en esa mixtura entre lo teatral y lo político ¿La ves como una artista consumada?
Sí. Ella trabajó en esa imagen algo anacrónica, con esos peinados retro o la ropa clásica, esos trajecitos casi de fajina, y si usaba ropa de los 70, era más bien suelta. En parte, para borrar el pasado de “copera” que los Montoneros con sus cantitos se ocupaban de recordar. Pero por otro lado, su actuación fue magistral: se convirtió en una española de ley. Es cierto que estuvo en la cárcel más que cualquier presidente argentino. Pero fue la dictadura la que la liberó, y la democracia no pudo, o no quiso, con ella.
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