Lula y el tiempo

Redacción

Por Redacción

A diferencia de las dictaduras de base ideológica, los gobiernos democráticos no pueden darse el lujo de instrumentar planes de largo alcance que a su juicio arrojarán beneficios en el futuro relativamente remoto. Aun cuando a inicios de su gestión cuentan con un buen capital político, tienen que producir resultados muy pronto: de lo contrario la oposición aprovechará al máximo sus deficiencias reales o imaginarias.  En América Latina, región en la que la paciencia nunca ha figurado en un lugar destacado entre las virtudes características de la vida pública, el cortoplacismo así supuesto constituye una desventaja grave, porque por ser sus problemas «estructurales» no se los podrá atenuar en seguida. Así, pues, el presidente brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva se ve en una carrera contra el tiempo. Con buen criterio, Lula se ha propuesto estabilizar la economía e intentar eliminar algunas distorsiones ocasionadas por las «conquistas» de sectores corporativos, porque sabe muy bien que si no lo hace su país no tendrá ninguna posibilidad de dejar atrás la miseria masiva y la extrema desigualdad. Sin embargo, al enfrentarse con grupos bien organizados como los conformados por empleados públicos, cierto empresariado y los jueces, todos los cuales están resueltos a defender sus privilegios, podría perder el apoyo de la mayoría de sus compatriotas.

Como no pudo ser de otra manera, Lula ya ha sido acusado de dejarse seducir por el «neoliberalismo», palabra que en toda la región suele aplicarse a cualquier político que se anime a reconocer la necesidad de manejar con sensatez las cuentas fiscales y lo conveniente que es merecer el respeto de «los mercados». Desgraciadamente para él, hasta ahora su voluntad evidente de cumplir «los deberes» no ha dado lugar ni a la reactivación esperada ni a la creación de grandes cantidades de fuentes de trabajo. Si bien no existen motivos para suponer que una estrategia más populista hubiera tenido los efectos deseados, tanto en el Brasil como en nuestro país es habitual dar por descontado que el crecimiento rápido es normal, de suerte que el estancamiento no podrá sino deberse a los errores del gobierno. No extraña, pues, que algunos brasileños hayan comenzado a comparar a Lula con Fernando de la Rúa, otro mandatario que trató sin éxito de impresionar a los mercados con el propósito de atraer inversiones que habrían servido para impulsar una recuperación. Aunque las causas del fracaso en tal sentido de De la Rúa tuvieran mucho que ver con el clima económico internacional que, por cierto, no ayudó en absoluto a nuestro país ni al Brasil, la mayoría terminó convencida de que se debió casi exclusivamente a sus vacilaciones y, es innecesario decirlo, a su apego a «la ortodoxia».

Por ahora cuando menos, no parece del todo probable que Lula comparta el triste destino de De la Rúa, pero aun así la falta de resultados claramente positivos está socavando una base de sustentación que hace seis meses pareció inexpugnable. Según sus adversarios, muchos de los cuales esperan sacar provecho de las dificultades en beneficio propio, Lula ha abierto tantos «frentes de conflicto» que no le será dado llevar a cabo el programa de reformas que tiene en mente. De por sí, los «frentes de conflicto» no son necesariamente peligrosos, pero mientras que el presidente Néstor Kirchner se ha cuidado de elegir como enemigos a sectores que no están en condiciones de costarle su popularidad -antes bien, sirven para aumentarla-, Lula tuvo el coraje de afrontar a quienes forman parte de las estructuras corporativas que tanto contribuyeron a dar al Brasil su perfil fabulosamente inequitativo actual, además del equivalente político de nuestros piqueteros, los integrantes del «movimiento de los sin tierra», que han hecho gala de su voluntad de violar la ley. Por ser cuestión de agrupaciones que, con la excepción de la conformada por los Sin Tierra, encarnan el statu quo, Lula no puede permitirles obstaculizar las reformas necesarias para que las decenas de millones de brasileños que están en la pobreza más extrema finalmente tengan la posibilidad de disfrutar de una vida mejor, pero por ser tan ardua la tarea que ha asumido no le resultará fácil seguir avanzando, a menos que la economía mundial mejore lo bastante como para ayudarlo. 


A diferencia de las dictaduras de base ideológica, los gobiernos democráticos no pueden darse el lujo de instrumentar planes de largo alcance que a su juicio arrojarán beneficios en el futuro relativamente remoto. Aun cuando a inicios de su gestión cuentan con un buen capital político, tienen que producir resultados muy pronto: de lo contrario la oposición aprovechará al máximo sus deficiencias reales o imaginarias.  En América Latina, región en la que la paciencia nunca ha figurado en un lugar destacado entre las virtudes características de la vida pública, el cortoplacismo así supuesto constituye una desventaja grave, porque por ser sus problemas "estructurales" no se los podrá atenuar en seguida. Así, pues, el presidente brasileño Luiz Inácio "Lula" da Silva se ve en una carrera contra el tiempo. Con buen criterio, Lula se ha propuesto estabilizar la economía e intentar eliminar algunas distorsiones ocasionadas por las "conquistas" de sectores corporativos, porque sabe muy bien que si no lo hace su país no tendrá ninguna posibilidad de dejar atrás la miseria masiva y la extrema desigualdad. Sin embargo, al enfrentarse con grupos bien organizados como los conformados por empleados públicos, cierto empresariado y los jueces, todos los cuales están resueltos a defender sus privilegios, podría perder el apoyo de la mayoría de sus compatriotas.

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