Una voz distinta

Redacción

Por Redacción

Antes de las elecciones, Néstor Kirchner aceptó al ex “menemista” Daniel Scioli como compañero de fórmula por entender que le aportaría los votos de sectores que de otro modo le resultarían esquivos. Si bien es imposible estimar cuántos le debe, es por lo menos factible que de no haber sido por la ayuda que le prestó un moderado de perfil centroderechista el desenlace del embrollado proceso electoral hubiera sido muy diferente.  Sea como fuere, el que Kirchner haya elegido iniciar su gestión girando hacia una versión criolla de la izquierda ha planteado a Scioli una serie de problemas que no pueden sino agravarse en las semanas próximas. Aunque a partir de las elecciones el ex deportista ha intentado conservar un perfil relativamente bajo, no ha podido evitar ni que los preocupados por lo que se supone es la estrategia del presidente le hayan sugerido la conveniencia de procurar modificarla, ni que algunos opositores hayan comenzado a aprovechar todas sus discrepancias con la línea oficial como, por ejemplo, las supuestas por sus declaraciones en el sentido de que será necesario aumentar las tarifas de los servicios públicos y que no es propio de un “país serio” anular leyes. En un esfuerzo por minimizar tales diferencias, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, dio a entender que a su juicio es perfectamente normal que distintos integrantes del gobierno se aferren a sus ideas particulares, mientras que otros han insinuado que por razones maquiavélicas el gobierno mismo quiere que se difundan diversos mensajes, pero nada de eso puede ocultar el hecho manifiesto de que, una vez más, el presidente de la República y el vicepresidente representen filosofías políticas difícilmente compatibles. Incluso podría decirse que en la actualidad Kirchner está siguiendo las huellas del “izquierdista” Carlos “Chacho” Alvarez y Scioli aquéllas del “conservador” Fernando de la Rúa.

Esta situación, fruto de la tradición nacional de armar coaliciones heterogéneas presuntamente capaces de triunfar en una elección sin pensar en lo que vendrá después, no supondría demasiados riesgos si el gobierno hubiera decidido conformarse con una estrategia “centrista”, pero sucede que, por convicción o por razones tácticas, Kirchner ha apostado a la polarización, atacando sistemáticamente a quienes en su opinión participan de una nefasta alianza conformada por represores militares, grandes empresarios nativos y extranjeros, menemistas y economistas “neoliberales”. Ni que decir tiene Scioli que no comparte esta visión de la realidad que, si bien le ha permitido a Kirchner erigirse en el político más popular del país, también le ha supuesto la hostilidad de una multitud de grupos poderosos cuyo apoyo o, cuanto menos, aquiescencia necesitará en el futuro porque de ellos dependerán las inversiones sin las que no habrá ninguna posibilidad de una recuperación económica que sea “sustentable”.

En efecto, debido en gran medida a su propia retórica, Kirchner pronto podría verse obligado a elegir entre su imagen justiciera por un lado y el bienestar del grueso de los habitantes del país por el otro. Aunque los blancos de sus ataques no tuvieran ninguna intención de reaccionar, la incertidumbre sembrada por la actitud del presidente podría resultar más que suficiente como para asustar a los inversores en potencia. No existe ningún motivo para suponer que Scioli se considere una alternativa a Kirchner, pero aun así el país ya sabe lo destructivas que pueden ser las tensiones derivadas de la convivencia de un presidente y un vicepresidente de ideologías contrapuestas. El derrumbe del gobierno de la Alianza se inició cuando Alvarez, consciente de que De la Rúa no tenía mucho interés en prestar atención a sus propuestas, renunció por razones éticas. Aunque la personalidad de Kirchner dista de ser tan “vacilante” como aquélla del radical, no le beneficiarían ni una eventual decisión de Scioli de renunciar ni su transformación en una figura meramente decorativa. Por lo tanto, convendría que diera por terminada lo antes posible la etapa actual dominada por “la construcción del poder” a expensas de minorías poco apreciadas para iniciar otra un tanto menos divisiva que, entre otras cosas, le permitiría a Scioli cumplir el papel para el que fue elegido.


Antes de las elecciones, Néstor Kirchner aceptó al ex “menemista” Daniel Scioli como compañero de fórmula por entender que le aportaría los votos de sectores que de otro modo le resultarían esquivos. Si bien es imposible estimar cuántos le debe, es por lo menos factible que de no haber sido por la ayuda que le prestó un moderado de perfil centroderechista el desenlace del embrollado proceso electoral hubiera sido muy diferente.  Sea como fuere, el que Kirchner haya elegido iniciar su gestión girando hacia una versión criolla de la izquierda ha planteado a Scioli una serie de problemas que no pueden sino agravarse en las semanas próximas. Aunque a partir de las elecciones el ex deportista ha intentado conservar un perfil relativamente bajo, no ha podido evitar ni que los preocupados por lo que se supone es la estrategia del presidente le hayan sugerido la conveniencia de procurar modificarla, ni que algunos opositores hayan comenzado a aprovechar todas sus discrepancias con la línea oficial como, por ejemplo, las supuestas por sus declaraciones en el sentido de que será necesario aumentar las tarifas de los servicios públicos y que no es propio de un “país serio” anular leyes. En un esfuerzo por minimizar tales diferencias, el ministro del Interior, Aníbal Fernández, dio a entender que a su juicio es perfectamente normal que distintos integrantes del gobierno se aferren a sus ideas particulares, mientras que otros han insinuado que por razones maquiavélicas el gobierno mismo quiere que se difundan diversos mensajes, pero nada de eso puede ocultar el hecho manifiesto de que, una vez más, el presidente de la República y el vicepresidente representen filosofías políticas difícilmente compatibles. Incluso podría decirse que en la actualidad Kirchner está siguiendo las huellas del “izquierdista” Carlos “Chacho” Alvarez y Scioli aquéllas del “conservador” Fernando de la Rúa.

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