Una guerra de enredos
Primero fueron los lavarropas y los paneles solares, después las medidas antidumping chinas a las importaciones de sorgo que llegaban desde los Estados Unidos, luego le tocó el turno al acero y el aluminio. Y así, medida va, medida viene, la guerra comercial fue tomando protagonismo. No importa quién empezó.
En estos tire y afloje que son tan viejos como la historia misma siempre hay algo nuevo y algo viejo, y hasta Broadway se mezcló en el asunto cuando a principios del siglo pasado, en 1927, George e Ira Gershwin estrenaron una sátira musical sobre las guerras comerciales. “Strike up the Band” subía a escena un conflicto desencadenado por una tarifa aduanera que Estados Unidos ponía a la importación de quesos.
El protagonista, un acaudalado empresario, Mr. Fletcher, agrandó su fortuna gracias a su fábrica de quesos de primera calidad, y estaba a punto de enriquecerse aún más debido al incremento de los precios de los quesos importados en el mercado americano. Pero sus planes se derrumbaron cuando Suiza se negó a pagar la tarifa. Desesperado, Mr. Fletcher convenció al gobierno para que declare la guerra a los quesos suizos. Y en esa batalla en tono de vodevil se mezclaron la hija de Mr. Fletcher, su amante, una solterona que quiere casar a Fletcher a toda costa y los empleados de la fábrica, que terminan haciendo un acuerdo de paz para concluir con tal enredo, que llamaron la Liga del Queso.
El escenario imaginado por los hermanos Gershwin no estaba muy alejado de la realidad. Apenas tres años después, los Estados Unidos aplicaron la ley Smoot-Hawley que impuso tarifas a las importaciones de sus principales socios comerciales. Las represalias no tardaron en llegar, agravó la crisis de 1929 y condujo a la Segunda Guerra Mundial.
En toda guerra hay ganadores y perdedores, y cuando se trata de lo comercial, en general, se piensa que sus efectos serán limitados a un incremento de precios que afecta al consumidor, compañías que irán a la quiebra por sus dificultades para exportar o que no podrán adquirir los insumos para fabricar sus productos. Pero sus efectos van más allá. La historia demuestra que sus consecuencias son impredecibles.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, para evitar una próxima escalada bélica, los Estados Unidos junto a otros países decidieron establecer un mecanismo para que las tensiones comerciales se resolvieran en forma cooperativa. Algo que no está pasando ahora en las cumbres internacionales, y los acuerdos siguen esperando en el banquillo de los acusados.
Más allá de los buenos augurios y las buenas perspectivas que planteó, en sus comienzos en 1995, la Organización Mundial de Comercio, todo ha quedado en un punto muerto. Como un auto que no arranca ni retrocede. Hoy, las circunstancias que dieron origen a los grandes acuerdos de la posguerra no reflejan la realidad actual. Y hay algo que no funciona en este engranaje.
Mientras las tres economías dominantes –China, Estados Unidos y la Unión Europea– sigan en competencia y no lleguen a un entendimiento que restablezca las vías de cooperación, la tensión y la guerra comercial tenderán a expandirse. Los tres tienen, individualmente, similares volúmenes de comercio (importaciones más exportaciones), alrededor de 4 trillones de dólares anuales. Y en conjunto representan el 40% del comercio mundial y el 45% del PBI mundial.
Con el poder económico distribuido de ese modo, un acuerdo entre los tres principales actores aparece como la única vía para retomar una senda de cooperación y alejar el riesgo de una guerra comercial más generalizada.
Eso explica la dinámica de las medidas y contramedidas comerciales de los últimos meses: Estados Unidos y la Unión Europea han puesto en jaque a las políticas y prácticas comerciales de China y la Unión Europea y China lo han hecho con los enfoques unilaterales de los Estados Unidos. Y esa dinámica ha comenzado a involucrar otros actores comerciales de menor tamaño como Japón, Canadá o México.
En París, a fines de mayo, durante la última reunión de ministros de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, propuso un nuevo acuerdo de cooperación en el que serían también partícipes los países emergentes. Ese acuerdo debería delinearse en la cumbre del G-20 que se realizará en noviembre en Buenos Aires. Algo que a su vez se puso sobre el tapete en la reciente reunión del G-7 en Canadá.
Si hay algo que la historia enseña es que cuando se incrementan las tensiones comerciales entre los principales actores económicos no pasa mucho tiempo para que otros países se involucren y se generalice. Al final nadie sale beneficiado.
Como en el musical de Gershwin, apenas se puso fin a la guerra entre los Estados Unidos y Suiza con el establecimiento de la Liga del Queso, llegó un ultimátum de Rusia respondiendo a las tarifas de los Estados Unidos al caviar. Y otra vez, todo vuelve a empezar. Así en Broadway como en la Tierra.
*Diplomático
Siempre hay ganadores y perdedores, y cuando se trata de lo comercial se cree que sus efectos se limitarán a precios o empresas. Pero la historia demuestra que son impredecibles.
Datos
- Siempre hay ganadores y perdedores, y cuando se trata de lo comercial se cree que sus efectos se limitarán a precios o empresas. Pero la historia demuestra que son impredecibles.
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