A la deriva en un mundo indiferente

Redacción

Por Redacción

JAMES NEILSON

Si bien muchos buenos patriotas celebraron con júbilo la disolución del Imperio Británico, para la Argentina el colapso por agotamiento del orden internacional que había posibilitado resultó ser una catástrofe de la que aún no se ha recuperado. Puede que nunca lo haga, que permanezca paralizada frente a los dilemas planteados por el repliegue irreversible de la potencia que tanto contribuyó a formarla y contra la cual lucharon, aunque sólo fuera anímicamente, generaciones de nacionalistas, desaprovechando una oportunidad tras otra para reubicarse a fin de aprovechar mejor las oportunidades brindadas por las circunstancias. Aunque casi un siglo ha pasado desde que la Primera Guerra Mundial cambió todo, intelectuales y políticos, en especial los “revisionistas”, siguen hablando como si fuera cuestión de un acontecimiento reciente. Para quienes sienten nostalgia por el mundillo estudiantil de la década de los setenta, entre ellos la presidenta Cristina, el Reino Unido no ha dejado de ser el enemigo a batir, de ahí la pasión malvinera que esporádicamente se apodera del gobierno actual. A pesar del mucho tiempo que ha transcurrido a partir del ocaso del imperialismo británico, la consolidación del poder de Estados Unidos y, últimamente, el regreso de China después de una ausencia prolongada, los dirigentes políticos parecen tan desconcertados por la necesidad de adaptarse a circunstancias muy distintas de aquellas de los días en que los parisinos solían decir “tan rico como un argentino” que prefieren repetir los debates apasionados de décadas atrás, cuando el mundo era otro. Es que la Argentina es uno de los países más conservadores del Occidente, una especie de Disneylandia ideológica en que continúan librándose batallas culturales que en otras latitudes interesan sólo a los historiadores. En este sentido, se parece a Irán, un país cuyos líderes a menudo dan la impresión de estar convencidos de que el gobierno de Estados Unidos es un títere manipulado con astucia apenas concebible por los agentes maquiavélicos de la corona británica. Por desgracia, todos los intentos de una larga serie de gobiernos por romper con el viejo esquema decimonónico han terminado mal. Luego de probar suerte el país con los “modelos” improvisados por regímenes castrenses impacientes que, en algunos casos, se las ingeniaron para combinar el catolicismo preconciliar con la tosca variante local de lo que tanto los reaccionarios clericales como los progresistas decididamente laicos llaman “neoliberalismo”, además de los que fueron confeccionados por gobiernos radicales bondadosos y por peronistas que hicieron gala de su falta de inhibiciones, incluyendo a uno que, para regocijo de sus adversarios, procuró acoplar la economía nacional a la poderosísima locomotora norteamericana, llegó la hora del pomposamente llamado “modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social” de Cristina. De más está decir que a este producto de las lucubraciones de sociólogos militantes le aguarda un fin tan calamitoso como el de los ensayados por militares, radicales, desarrollistas y peronistas que gobernaron el país antes del arribo del matrimonio santacruceño. El “modelo” de Cristina está cayéndose en pedazos a pesar de los esfuerzos desesperados de sus acompañantes por mantenerlo intacto. Pronto no quedará mucho más que un anecdotario esperpéntico y mucha pobreza. Sucede que, ni siquiera en un país con abundantes recursos naturales como la Argentina, puede funcionar por mucho tiempo el populismo; basado como está en el reparto de lo ya acumulado, es autófago, se alimenta de sí mismo. Tampoco podría prosperar aquí el socialismo democrático al estilo escandinavo: para que lo hiciera, el país tendría que contar con una legión de burócratas aplicados, honestos y muy eficaces. ¿Y el capitalismo liberal? En principio, muy pocos lo quieren y, de todas maneras, mezclado con la corrupción rampante, el clientelismo y la propensión amable de todos los gobernantes a privilegiar a sus amigos, la variante argentina no tiene mucho que ver con el sistema así denominado tal y como se da en los países más desarrollados. Asimismo, aunque la parte negra de la economía nacional opera según las normas más despiadadas del “neoliberalismo”, las elites intelectuales y políticas creen que es deber del Estado salvar al resto del país de los horrores del capitalismo, el que a su juicio es “salvaje” por antonomasia, pasando por alto el hecho difícilmente negable de que el Estado se haya visto colonizado por corruptos politizados, por lo común ineptos, que subordinan todo a su propias prioridades personales. Como muchos han señalado a través de los años, en la Argentina les corresponde a los débiles sufrir todos los rigores del capitalismo competitivo, mientras que los fuertes pueden disfrutar de los beneficios de una versión sui géneris de socialismo para los ricos en que el Estado, con subsidios o mediante la inflación, se encarga de repartir las pérdidas. Al hacerse evidente el fracaso del “modelo” de turno, quienes se ven obligados a emprender las tareas de limpieza tratan de armar una alternativa, lo que no es del todo fácil. Por estar prohibidos los ajustes de la clase que suelen recomendar a gobiernos quebrados organismos odiosos como el FMI, esperarán hasta que los mercados hayan llevado a cabo el trabajo sucio, depositando en la miseria a millones de personas, para entonces felicitarse por haber reintroducido el mínimo imprescindible de orden. Es lo que hicieron los peronistas encabezados por Eduardo Duhalde después del derrumbe de la convertibilidad. Es por lo tanto rutinario que un nuevo gobierno se afirme heredero de un “país en llamas”, uno arruinado por los errores y crímenes perpetrados por su antecesor, en que sea necesario un “giro de 180 grados” para que por fin encuentre el rumbo que lo llevará a la tierra de promisión de la justicia social y la prosperidad universal. A veces, como en 1989, el colapso del “modelo” al que un gobierno se aferraba sucede cuando está acercándose al fin de su mandato constitucional, pero es más frecuente que los tiempos económicos se aparten de los políticos. Conforme a las reglas, Cristina debería seguir en el poder hasta diciembre del 2015, pero no hay muchos motivos para suponer que su “modelo” pueda sobrevivir por dos años y medio más. ¿Intentará desmantelarlo subrepticiamente –algunos, impresionados por el blanqueo, dicen que ya lo está haciendo– o luchará contra viento y marea, “radicalizándolo” cada vez más, para permanecer fiel al relato que ha escrito? Nadie sabe la respuesta a este interrogante, pero no cabe duda de que al país le aguarda una etapa sumamente problemática.


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