A la espera de la “MorenoCard”
Parecería que se han equivocado los muchos que creían que, por motivos electoralistas, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner estaba resuelto a continuar estimulando el consumo cueste lo que costare, sin preocuparse por las consecuencias inflacionarias, ya que todo hace pensar que ha decidido luchar contra lo que, en opinión de los izquierdistas más austeros, y también de los dignatarios eclesiásticos, es un perverso vicio capitalista. El líder de la cruzada contra el consumismo es, claro está, el infatigable secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, el que, además de privar a los adictos de información que podría resultarles irresistible acerca de los productos en venta, presionando a los supermercados para que boicoteen a la prensa hegemónica porteña, acaba de proponer que en adelante sólo acepten una tarjeta que tendría que emitir el Banco Nación. De más está decir que los consumidores que aún quedan se sienten un tanto desconcertados por la novedad. Además de temer que los trámites burocráticos necesarios para conseguir la “MorenoCard” les resulten muy pero muy engorrosos, sospechan que se trata de un paso más hacia la utopía retro de quienes sueñan con regresar a la Argentina de mediados de la década de los setenta del siglo pasado. Lo mismo que en la Unión Soviética antes de su hundimiento definitivo y en la Cuba y la Corea del Norte actuales, en aquel entonces el desabastecimiento, el racionamiento y, para los más decididos, las posibilidades brindadas por el mercado negro hicieron que para comprar los bienes más básicos fuera necesario emprender una larga aventura de desenlace incierto. Para sorpresa de algunos, los dueños de los supermercados se han afirmado a favor de lo que ya ha sido bautizado, por vox populi, la “MorenoCard”, pero sucede que, además de sentirse tan plenamente consustanciados con el proyecto personal y político en boga que siempre les encanta sumarse al coro de aplaudidores que suelen acompañar al mandatario populista de turno, los comerciantes saben muy bien que les conviene congraciarse con Moreno, obedeciendo sin chistar todas su órdenes, por estrafalarias que les parezcan, ya que de lo contrario no tardarían en encontrarse en graves apuros. Tal reacción se deberá menos a sus eventuales preferencias ideológicas o lazos de amistad con funcionarios determinados que a la resignación. Los supermercadistas, como muchos otros empresarios, entenderán muy bien que la Argentina podría estar por entrar en una etapa convulsiva. Por lo tanto, se limitan a sobrevivir con la esperanza de estar en condiciones de prosperar cuando el país se haya “normalizado”, si es que un día logra hacerlo. El gobierno de Cristina, como el de Isabelita antes de que procurara tirar la toalla golpeando al país con el Rodrigazo, parece haberse convencido de que la única forma de frenar la inflación consistirá en controlar con mano de hierro todas las variables económicas, de ahí el congelamiento de precios y el intento de fijar topes para los aumentos salariales, salvo en el caso de los docentes cristinistas de la provincia de Buenos Aires. Se trata de una misión imposible. Aun cuando los funcionarios gubernamentales fueran fenomenalmente capaces, no les sería dado someter la economía nacional a una versión criolla de los esquemas ensayados, sin éxito, a través de los años por distintos regímenes totalitarios. Puesto que con muy escasas excepciones son patéticamente ineficaces y, a juicio de casi todos, por lo común corruptos, sería de prever que, de optar el gobierno por obligar a todos a pertrecharse de una “MorenoCard”, el país tendría que prepararse para un período caótico que, por cierto, impactaría en la popularidad menguante de Cristina, sobre todo si, luego de un breve descanso atribuible al congelamiento, los precios reanudan su marcha ascendente con todavía más brío que en los meses últimos. Aunque es comprensible que a los kirchneristas no les gusten para nada los mercados ya que, además de verse contaminados por el veneno neoliberal, son reacios a subordinarse como corresponde a la autoridad de la jefa, la experiencia tanto local como foránea debería servirles de advertencia de que, cuanto más denodados sean sus esfuerzos por manipularlos, más negativas serán las consecuencias económicas, sociales y, desde luego, políticas.