“Agradezco sus respetuosas líneas”
Con todo respeto y consideración, y en relación con las líneas que me dedica el señor Ricardo Dougall en carta del viernes 6 pasado, quería hacer alguna que otra salvedad. En principio, y más allá de pedir las necesarias disculpas por si él o cualquier otra persona se hubiera sentido ofendida íntimamente por alguna de mis expresiones, es preciso aclarar que cuando me refiero a determinado sector perverso de aquel “medio pelo” que tan brillantemente definiera Jauretche, no lo hago pensando en la totalidad de la clase media. Desde luego que no, sino que la figura es dirigida a ese muy particular y específico porcentaje que tanto ha gravitado usualmente –y para mal– en la historia de nuestro país y que don Arturo radiografió con meridiana claridad, esa que nadie ha logrado igualar hasta el momento. Para entender mejor el asunto, lo mejor siempre será remitirse directamente a sus magistrales libros, pero, en síntesis, mi percepción, la que intentaba compartir, tenía que ver con la repetición de esa resbaladiza condición a través de la historia; esa que se ha mostrado casi invariable, tanto defenestrando a Yrigoyen o a Perón, oportunamente, pidiendo a gritos golpes de Estado (siempre al fin con resultados prooligárquicos y antinacionales) y apoyándolos, del mismo modo en que hoy –matiz más, matiz menos– hacen lo propio con la presidenta. A estos eternos guardianes del propio ombligo es a quien aludía, o intentaba hacerlo, en los conceptos que vertí. Son aquellos a quienes estigmatizó Manuel Belgrano en aquella incipiente fracción cultora de nuestra rapiña mercantil autóctona (¿medio pelo precursor?) cuando, desconsolado ante el desatado afán de lucro de los proveedores del novísimo estado revolucionario, dijo: “La única patria del comerciante es el dinero”. Hablaba de quienes anteponían su exclusiva ambición personal por sobre toda otra mira, cobrando al nacido gobierno patrio el doble o el triple en los insumos que precisaban las noveles tropas, y en relación con lo que ganaban aquellos en tiempos virreinales. En mi opinión, esa inmoral descendencia hoy puede verse actuando en contra del actual gobierno nacional. No es posible sin faltar a la verdad, o a la “objetividad”, como usted, señor Dougall, dice declamar, que esto es “una dictadura” o que se “está peor que nunca” (esto no lo dice usted, pero sí muchos). Es evidente que quien así habla ni idea tiene de lo que es una tiranía de poder de facto sin votos y sin pueblo, con tortura y desaparición como método de gobierno. Ahora, en democracia, negar el enorme impulso de la ciencia en estos años con la repatriación de cientos de científicos a los que se invitaba a lavar platos, el mejoramiento sustancial de amplias franjas de la población con salud y educación inéditas –desde Perón a hoy–, la matriculación superlativa, creación de más de mil escuelas y distintas universidades, la suspensión del endeudamiento externo y la recuperación vertiginosa de industrias y de líneas férreas, miles de viviendas, uno de los PBI más altos del mundo aplicados a la educación y muchísimo más es vetar la posibilidad siquiera de empezar a conversar. Amigo Dougall, podríamos seguir largamente y lo más probable es que no acordaríamos. Usted no quiere llamarme “opinólogo” y me pregunta de qué trabajo, como si tal o cual ocupación invalidara el derecho a expresarse. Le diré que hace años que me ocupo de lo que puedo, que me atiendo en el hospital público, que alquilo un modestísimo monoambiente (que solía lloverse hasta el mes pasado) con un anafe en el que caliento la pava para el mate, que hace muchísimo tiempo que no tengo auto y padezco el pésimo servicio del flagelo del transporte público de la ciudad de Neuquén y que mis posesiones alcanzan únicamente, créalo usted o no, a la notebook desde la que escribo ahora y mi guitarra criolla, vieja viola (garufera) que empuñan mis amigos desde siempre y que atesoro como el mayor de mis bienes materiales. Todo esto es así y jamás se me ocurriría achacarle ni a este ni a ningún gobierno mis vaivenes, incapacidades, errores, etc., que determinaran situaciones financieras o patrimoniales de mi estricta incumbencia. Eso sería lo fácil –echar la culpa al otro es lo usual–, o demandar al Estado por lo que “debe” darme en lugar de indagar “qué puedo dar yo” al país en el que vivo, como alguien reflexionara sabiamente alguna vez. Volviendo a la tarea de opinar. Fíjese que hasta las señoras Legrand y Giménez (entre tanto trasnochado/a) opinan desembozadamente, con muy malas artes y sin el menor tributo intelectual y con alcance a millones de personas… ¿no íbamos a hacerlo nosotros? ¿Usted, yo y cualquier otro/a? No sé en qué consideración tiene mi opinión, pero usted sí tiene la suya en muy alto concepto, y está muy bien eso. En tanto, y disculpe y corríjame si me equivoco, usted ha editado uno o dos libros llamados “Mis cartas al Río Negro” y no por esto yo lo llamaría “opinólogo”. ¿Y si lo fuera? ¿Cuál es el problema? ¿Por qué habríamos de cuestionar la necesidad de opinar cuando muchos miles, por no decir millones, hemos tenido que callar por la fuerza bajo gobiernos dictatoriales? Hoy cualquiera dice cualquier cosa, lo grave es cuando los medios que forman opinión esmerilan de mala fe el entendimiento de la gente con operaciones más que siniestras. Eso sí es grave, amigo, y no nuestra/la suya/la mía condición de “opinólogos”. Aprovecho para agradecerle sus respetuosas líneas, con nombre, apellido y documento, a las que uno no está muy acostumbrado después de haber recibido infinidad de respuestas anónimas, virtuales, ocultas, con estilo de cloaca, de esas en las que lo más suave que me han dicho es que me dirija allí donde se encuentra la prostituta que me dio el ser. Aunque usted no lo crea, ése es el nivel de quienes nos llaman “intolerantes” a quienes apoyamos decididamente al actual modelo nacional. Le mando un sincero abrazo. Alejandro Flynn DNI 12.566.136 Neuquén
Alejandro Flynn DNI 12.566.136 Neuquén