Ajuste sobre ajuste

Por Redacción

Como quiera que las críticas más vehementes de los ajustes emprendidos en el pasado siempre han sido las pronunciadas por radicales y frepasistas, muchos de los cuales se habían acostumbrado a hablar como si en su opinión ningún gobierno jamás debiera dejarse preocupar por el estado de las finanzas públicas, el que el presidente Fernando de la Rúa se haya visto obligado a respetar la tradición así supuesta podría considerarse un aporte valioso a la evolución de nuestra clase política, la cual siempre ha sido propensa a atribuir medidas económicas ingratas a la falta de «sensibilidad» de los responsables de ordenarlas. Pero si bien no cabe duda de que es imprescindible la reducción en 600 millones de pesos del gasto público que acaba de anunciar el ministro de Economía José Luis Machinea porque, como señaló, «la solvencia fiscal es una condición necesaria para que la economía crezca», esto no quiere decir que sea ilógico que la sucesión al parecer interminable de «ajustes» que el país ha experimentado en las décadas últimas haya tenido un impacto decididamente negativo en el estado de ánimo de virtualmente todos los sectores. Con razón o sin ella, a la larga los ajustes repetidos brindan una impresión de extrema ineficiencia y de improvisación al hacer pensar que, por carecer de una estrategia global, el gobierno se ha resignado a conformarse con administrar parches con la esperanza, siempre frustrada, de llegar un día a un punto de equilibrio después del cual no le sea forzoso dedicar buena parte de su tiempo a elegir a las próximas víctimas de las podaderas fiscales.

Aunque es claramente muy difícil, cuando no imposible, prever la evolución futura de todos los factores en juego -la recaudación impositiva, las ventas del comercio, las tasas de interés en los Estados Unidos, la performance de la industria local, etc., etc.-, convendría que el gobierno pensara ya en cuánto se propone gastar en los próximos años para entonces planear el Estado que el país estaría en condiciones de sostener. Dicho de otro modo, los «ajustes» no resultarían tan desmoralizadores si se realizaran en el contexto de un proyecto obviamente coherente. Tal como están las cosas, empero, el gobierno parece incapaz de adelantarse a los hechos. Antes bien, corre detrás de ellos, ordenando nuevos recortes a intervalos irregulares porque los anteriores hayan resultado insuficientes y porque de lo contrario el país se encontraría por enésima vez en medio de una gravísima crisis financiera.

El vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez ha hecho de la reforma del Estado su preocupación principal y, a juzgar por sus declaraciones, está pensando en cambios que sean decididamente más profundos que los supuestos por los ajustes habituales, los cuales, en verdad, raramente tienen el efecto presuntamente deseado de hacer que la administración pública sea más eficaz. Pues bien, aunque el gobierno niega tener el propósito de rebajar nuevamente los salarios de los estatales, extrañaría que los relativamente mejor remunerados no vieran reducidos sus haberes, eventualidad que no ocasionaría protestas sindicales por ser cuestión de «privilegiados». Para los comprometidos con la equidad, la política de pagar menos a los habituados a sueldos «altos» -es decir, de 2.000 mensuales o más- a fin de defender los ingresos de los demás puede parecer muy justa, pero las consecuencias para el país del achatamiento salarial así supuesto no pueden sino ser negativas. La inoperancia de la administración pública en nuestro país se debe más que nada a las deficiencias de los agentes permanentes que cumplen funciones jerárquicas, lo cual puede entenderse porque personas con la preparación mínima necesaria podrían percibir remuneraciones incomparablemente más satisfactorias si se trasladaran al sector privado. En cambio, aquellos estatales que desempeñan tareas más rutinarias suelen disfrutar de salarios superiores a los que recibirían si estuvieran empleados por una empresa privada, motivo por el cual «lucharían» denodadamente por conservar lo que para ellos sólo son «puestos de trabajo».