Al margen del mundo

Por Redacción

Por motivos que tienen más que ver con el nacionalismo, cuando no con la xenofobia en el sentido original de la palabra, que con una teoría económica determinada, aún abundan los que suponen que para alcanzar la prosperidad la Argentina debería dedicarse a crecer “hacia adentro”, privilegiando el mercado interno sin preocuparse demasiado por el intercambio con otros países, a menos que éstos formen parte del Mercosur.  Tal actitud, que cuenta con la simpatía de los “productivos” bonaerenses, puede incluirse entre las causas fundamentales de nuestro atraso económico. En una época en la que ni siquiera los países con centenares de millones de habitantes pueden darse el lujo de aspirar a la autosuficiencia, es claramente absurdo que uno con menos de cuarenta millones, de los que más de la mitad están hundidos en la pobreza, se vea atraído por la tentación así supuesta.

Según el informe más reciente de la Organización Mundial del Comercio, las exportaciones argentinas apenas llegan a la décima parte de las canadienses, o sea, de aquellas de un país con menos habitantes pero de perfil similar por tratarse de una vasta extensión geográfica que fue colonizada por europeos. Esta diferencia enorme no puede atribuirse meramente a la proximidad del Canadá a Estados Unidos. Se debe a que desde hace mucho tiempo los dirigentes canadienses han sido conscientes de que a menos que se conformaran con un estilo de vida propio de campesinos que dependen casi exclusivamente de lo que ellos mismos producen, tendrían que exportar e importar cada vez más. En cambio, en nuestro país siempre fueron fuertes los prejuicios contra el comercio internacional, debido ya al optimismo delirante de quienes se comprometieron emotivamente con ilusiones autárquicas, ya a la prédica de los que lo tomaron como una conjura imperialista impulsada por los resueltos a subordinarnos al imperio de turno, temor éste que sigue incidiendo en la mentalidad de los partidarios locales del movimiento contra “la globalización”.

En términos generales, puede decirse que cuanto más reducido sea el mercado local, mayor debería ser la importancia relativa del comercio internacional, razón ésta por la que un país pequeño como Holanda, con menos de 16 millones de habitantes, figura entre los exportadores principales del planeta, vendiendo per cápita casi cinco veces más que los japoneses y seis veces más que los estadounidenses. Por lo tanto, para que los ingresos argentinos se acercaran a los niveles alcanzados por las naciones prósperas, el país tendría que ponerse en condiciones de exportar cinco o seis veces más que en la actualidad, desafío que, a juzgar por los éxitos anotados por ciertos países asiáticos históricamente considerados pobres, puede ser difícil pero dista de ser insuperable. Aunque de cuando en cuando nuestros dirigentes aluden a la “competitividad” y lo bueno que sería exportar más, los más parecen creer que se trata de un asunto que acaso merecería tomarse en serio después de solucionar los problemas dejados por el colapso del “modelo” menemista.

Dicha actitud, que por motivos fácilmente comprensibles favorecen los lobbies y corporaciones “productivos” cuyas actividades deberían preocupar más al presidente Néstor Kirchner que las de cualquier otro sector, tiene consecuencias muy negativas al fortalecer a aquellos que suponen que, después de los fracasos de los años últimos que podrían imputarse en parte al optimismo excesivo de los menemistas que apostaron demasiado a una cantidad limitada de medidas macroeconómicas sin preocuparse por los detalles, al país le convendría conformarse con intentar hacer funcionar lo que queda del “modelo” tradicional. Sin embargo, si la sociedad se resigna a su falta de competitividad al difundirse la idea de que tiene derecho a descansar después de tantos esfuerzos inútiles, no tendrá ninguna posibilidad de ofrecer a sus habitantes mucho más que las penurias a las que demasiados ya se han acostumbrado. Les guste o no les guste a quienes tienen motivos bien concretos para querer conservar el statu quo, a menos que resultemos capaces de exportar tanto per cápita como los habitantes de países de características demográficas comparables, nunca podremos compartir con ellos los beneficios que sólo la economía moderna globalizada está en condiciones de brindar.


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