Al Qaeda apunta a Mauritania
Hace algunos años, cuando formaba parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, me tocó visitar Mauritania, probablemente el país más pobre que jamás haya conocido. Después de aterrizar recorrí en automóvil lo que entonces era la única tira de asfalto vial del país, que comunicaba el aeropuerto con la capital, directamente con la casa de gobierno. Todo el resto era arena. La ruta asfaltada había sido construida con asistencia de Brasil. El palacio presidencial formaba parte del cuadro de pobreza en el que vive sumergida la mitad de los cuatro millones que pueblan Mauritania. Para los amantes de la geografía, Mauritania es sustancialmente una parte del enorme desierto de Sahara. Aquella sobre el litoral atlántico en la que la arena va comiendo paulatina e inexorablemente lo poco de tierra que queda en el país. Durante mi visita la temperatura local superaba los 40°C. Hoy Mauritania es uno de los blancos posibles del extremismo islámico en el norte de África. Si bien la seguridad ha mejorado desde el 2011, todavía se solicita a los turistas que no se bajen de los autos que los transportan por temor a los secuestros extorsivos. Los asesinatos están, por lo demás, a la orden del día y no sorprenden a nadie. El extremismo procura infiltrarse en Mauritania desde sus bases en Argelia y Mali. Se cree que se trata de grupos asociados a Al Qaeda. El más notorio es el llamado “Movimiento para la Unidad y el Yihad”, que aparentemente se ha fusionado con los terroristas que el año pasado asesinaron –sin contemplaciones– a 39 operarios en un yacimiento de gas emplazado al sur de Argelia. Por sus características, Mauritania es vulnerable. No obstante, el gobierno hace lo que puede en una sociedad que poco a poco, en lugar de modernizarse, parece ir profundizando su tendencia al conservadurismo religioso. Pese a la pobreza, la economía local está creciendo al 6,8% del PBI anual. Los problemas sanitarios y educativos son enormes. Tanto es así que el 40% de la población es analfabeto, lo que en sí mismo es toda una catástrofe. El presidente, un exgeneral que alguna vez fue golpista, resultó electo a través de las urnas en el 2009. Se trata de Mohamed Ould Abdel Aziz. Bajo sus órdenes, los militares han creado una “zona-colchón” a lo largo de la frontera con Mali, en la que han establecido una serie de guarniciones a la manera –curiosamente– de la “línea de fortines” de la Argentina antes de la Campaña del Desierto. Según las organizaciones de derechos humanos, la policía local recurre con frecuencia a la tortura cuando de interrogar a los terroristas se trata, situación que naturalmente no es para pararse y aplaudir. Para nada. En otro esfuerzo para combatir el terrorismo, el gobierno de Mauritania ha organizado debates que se transmiten por televisión entre religiosos islámicos moderados y los “yihadistas” que están en las prisiones locales. Ese diálogo, al que el gobierno califica de “espiritual”, tiene como objetivo desterrar la opción de la violencia de las cabezas y corazones del pueblo de Mauritania. Esto porque, como es sabido, hay más de una interpretación de la teología islámica. El problema sigue siendo, sin embargo, que buena parte de la enseñanza se imparte precariamente desde las instituciones religiosas, algunos de cuyos clérigos tienen simpatía con la visión de Al Qaeda y la transmiten a sus educandos. Por esto el esfuerzo requiere secularizar, sobre todo, la enseñanza primaria. En un ambiente donde el estilo de vida parece seguir cada vez más principios islámicos estrictos de corte religioso, no es de extrañar que en los restaurantes de la ciudad capital ya no se ofrezcan bebidas alcohólicas, cuya venta además está prohibida por la ley. La pobreza y la regresión social son, probablemente, los dos factores más importantes a tener en cuenta en estos casos, desde que contribuyen al enorme apetito de dominación y poder que caracteriza a Al Qaeda. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Hace algunos años, cuando formaba parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, me tocó visitar Mauritania, probablemente el país más pobre que jamás haya conocido. Después de aterrizar recorrí en automóvil lo que entonces era la única tira de asfalto vial del país, que comunicaba el aeropuerto con la capital, directamente con la casa de gobierno. Todo el resto era arena. La ruta asfaltada había sido construida con asistencia de Brasil. El palacio presidencial formaba parte del cuadro de pobreza en el que vive sumergida la mitad de los cuatro millones que pueblan Mauritania. Para los amantes de la geografía, Mauritania es sustancialmente una parte del enorme desierto de Sahara. Aquella sobre el litoral atlántico en la que la arena va comiendo paulatina e inexorablemente lo poco de tierra que queda en el país. Durante mi visita la temperatura local superaba los 40°C. Hoy Mauritania es uno de los blancos posibles del extremismo islámico en el norte de África. Si bien la seguridad ha mejorado desde el 2011, todavía se solicita a los turistas que no se bajen de los autos que los transportan por temor a los secuestros extorsivos. Los asesinatos están, por lo demás, a la orden del día y no sorprenden a nadie. El extremismo procura infiltrarse en Mauritania desde sus bases en Argelia y Mali. Se cree que se trata de grupos asociados a Al Qaeda. El más notorio es el llamado “Movimiento para la Unidad y el Yihad”, que aparentemente se ha fusionado con los terroristas que el año pasado asesinaron –sin contemplaciones– a 39 operarios en un yacimiento de gas emplazado al sur de Argelia. Por sus características, Mauritania es vulnerable. No obstante, el gobierno hace lo que puede en una sociedad que poco a poco, en lugar de modernizarse, parece ir profundizando su tendencia al conservadurismo religioso. Pese a la pobreza, la economía local está creciendo al 6,8% del PBI anual. Los problemas sanitarios y educativos son enormes. Tanto es así que el 40% de la población es analfabeto, lo que en sí mismo es toda una catástrofe. El presidente, un exgeneral que alguna vez fue golpista, resultó electo a través de las urnas en el 2009. Se trata de Mohamed Ould Abdel Aziz. Bajo sus órdenes, los militares han creado una “zona-colchón” a lo largo de la frontera con Mali, en la que han establecido una serie de guarniciones a la manera –curiosamente– de la “línea de fortines” de la Argentina antes de la Campaña del Desierto. Según las organizaciones de derechos humanos, la policía local recurre con frecuencia a la tortura cuando de interrogar a los terroristas se trata, situación que naturalmente no es para pararse y aplaudir. Para nada. En otro esfuerzo para combatir el terrorismo, el gobierno de Mauritania ha organizado debates que se transmiten por televisión entre religiosos islámicos moderados y los “yihadistas” que están en las prisiones locales. Ese diálogo, al que el gobierno califica de “espiritual”, tiene como objetivo desterrar la opción de la violencia de las cabezas y corazones del pueblo de Mauritania. Esto porque, como es sabido, hay más de una interpretación de la teología islámica. El problema sigue siendo, sin embargo, que buena parte de la enseñanza se imparte precariamente desde las instituciones religiosas, algunos de cuyos clérigos tienen simpatía con la visión de Al Qaeda y la transmiten a sus educandos. Por esto el esfuerzo requiere secularizar, sobre todo, la enseñanza primaria. En un ambiente donde el estilo de vida parece seguir cada vez más principios islámicos estrictos de corte religioso, no es de extrañar que en los restaurantes de la ciudad capital ya no se ofrezcan bebidas alcohólicas, cuya venta además está prohibida por la ley. La pobreza y la regresión social son, probablemente, los dos factores más importantes a tener en cuenta en estos casos, desde que contribuyen al enorme apetito de dominación y poder que caracteriza a Al Qaeda. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas
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