Alianza centrífuga

Como era de prever, el intento de distintos integrantes del enjambre de sectas minúsculas que en su conjunto representan la parte organizada de «la izquierda» nacional, de aprovechar la popularidad de la diputada ex radical Elisa Carrió no ha tardado en generar tantas polémicas que la posibilidad de que se conforme una coalición amplia ya parece remota. Las grietas más recientes se han debido a que Carrió, dirigente que ha hecho de la cruz su emblema preferido, se opone firmemente a la despenalización del aborto mientras que los socialistas siempre han estado en favor de reformas en tal sentido, pero aunque ambas facciones lograran minimizar esta diferencia otras no tardarían en surgir. Después de todo, a pesar de ser considerada una especie sui géneris de izquierdista, cuando de temas económicos se trata Carrió suele reivindicar el capitalismo moderno que, con toda razón, contrasta con la versión arcaica que se practica en nuestro país y en buena parte del resto de América Latina, lo cual, de más está decirlo, ha sido más que suficiente como para separarla del «trotskista» Luis Zamora, de los comunistas y de otros que se alimentan de las diversas variantes del marxismo criollo, además del sindicalista estatal Víctor de Gennaro, personaje cuyos intereses son decididamente sectoriales.

Las luchas que están desgarrando el movimiento embrionario que se ha formado en torno del «carisma» de la diputada chaqueña son tan características de la izquierda, categoría que en nuestro país a veces ha incluido facciones de rasgos más fascistas que socialistas, que aunque lograra sorprender a muchos cumpliendo un buen papel en las próximas elecciones, sería poco probable que estuviera en condiciones de encabezar una oposición coherente, mientras que en el caso de que triunfara el gobierno resultante sería con toda seguridad mucho más precario que el de su ex correligionario Fernando de la Rúa. Por una variedad de motivos, la izquierda local parece congénitamente incapaz de formar un partido o una coalición similares a los existentes no sólo en Europa occidental sino también en el Brasil, donde gracias al ya presidente electo Luiz Inácio Lula da Silva el Partido de los Trabajadores se ha erigido en una fuerza importante, y en Chile.

Para desempeñar un rol que no sea meramente testimonial, un movimiento izquierdista tendría que estar dominado por moderados que se enfrenten con una franja contestataria sin por eso romper con ella. En teoría, Carrió y sus simpatizantes cuentan con el apoyo necesario para formar un movimiento de este tipo, pero en vista de las propensiones sectarias de los grupúsculos involucrados y de la resistencia de sus respectivos líderes a pactar con cualquiera que no comparta todos sus dogmas, la posibilidad de que consigan hacerlo es mínima. De más está decir que la conciencia de que no está por aglutinarse un movimiento que pudiera formar la base de un gobierno auténtico está contribuyendo a la confusión, y por lo tanto, a la desmoralización, del agitado mundillo izquierdista, para regocijo de los peronistas que, la fragmentación de su propio partido no obstante, tienen sus razones para sentirse hegemónicos.

La Argentina no será «un país normal» hasta que se hayan formado partidos «normales» equiparables con los que funcionan en virtualmente todas las democracias occidentales. Sin embargo, si bien con cierta frecuencia aparecen dirigentes reconociblemente izquierdistas o conservadores que logran atraer a cantidades respetables de votantes, sólo se trata de individuos cuyo protagonismo debe más a su «carisma» personal que a sus ideas o a las organizaciones que se las hayan arreglado para improvisar. Si por algún motivo la diputada Carrió optara por abandonar la política, el ARI se esfumaría en pocas horas y lo mismo ocurriría con el «Movimiento Federal Recrear» si Ricardo López Murphy decidiera dejarlo en otras manos. Aunque parecería que una proporción creciente de la ciudadanía está harta del populismo cínico del PJ, a causa de la fragilidad evidente de las alternativas es de suponer que cuando se celebren las elecciones la mayoría repartirá sus votos entre los aspirantes peronistas no por creerlos buenos sino por entender que a pesar de sus eventuales méritos particulares, sus rivales no poseen las estructuras partidarias que les permitan gobernar.


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