Alianza nefasta

Por Redacción

La idea de que la crisis que está devastando el país se ha debido a la crasa irresponsabilidad de nuestra clase política es una verdad a medias: si bien no cabe duda de que desde hace años sus representantes han manejado mal las finanzas públicas, también es evidente que a partir de 1995 la evolución de la economía internacional no ha ayudado en absoluto. Sin embargo, a partir de las manifestaciones callejeras que redundaron en la caída del gobierno del presidente Fernando de la Rúa, en el mundo entero se ha instalado la convicción de que nuestros políticos conforman una casta sui géneris, sin equivalentes en otras latitudes, que se caracteriza por su extrema perversidad. Sobre la base de esta imagen se elaboró la teoría de que la Argentina constituía un caso tan particular que no habría ningún peligro de «contagio», tesis que, de más está decirlo, acaba de ser rebatida no tanto por el colapso del Uruguay -desastre que fue atribuido por el mismísimo presidente Jorge Batlle a la vileza de nuestros dirigentes-, cuanto por el derrumbe financiero del Brasil. La clase política argentina es decididamente mala, pero no se la puede culpar por todas las desgracias de América Latina.

Desafortunadamente para millones de personas, se ha forjado una alianza ad hoc entre «la gente», políticos contestatarios como Elisa Carrió y Luis Zamora, los obispos católicos y buena parte de la intelectualidad progresista por un lado y, por el otro, el presidente norteamericano George W. Bush, el secretario del Tesoro, Paul O»Neill, y los «duros» del FMI encabezados por la norteamericana Anne Krueger. Por motivos distintos, a todos les ha convenido insistir en que los políticos radicales y peronistas son tan asombrosamente ineptos que en verdad no habrá ninguna necesidad de buscar otra explicación de la crisis. Aunque muchos de los que quieren que «se vayan todos» también le imputan al «modelo», cuando no al «capitalismo», el estado del país, el que desprecien de manera tan enfática a la dirigencia política populista ha brindado a los republicanos norteamericanos un pretexto inmejorable para negarse a considerar la mera posibilidad de intentar un salvataje.

Por supuesto, a todos nos convendría que en adelante los políticos fueran personas más inteligentes, más honestas, más realistas y que estuvieran menos comprometidas con los aparatos clientelares, pero al concentrarse tanto en las presuntas flaquezas morales de los dirigentes, sus críticos han tendido a pasar por alto los muchos defectos de nuestra cultura política, de suerte que incluso si «todos» se fueran, sus reemplazantes serían con toda seguridad muy similares. Por cierto, no existen motivos para suponer que los seguidores de Elisa Carrió serían distintos de sus ex correligionarios o que la eventual formación de un bloque liderado por el «trotskista» Zamora aportaría a la modernización de la vida política nacional. De todas formas, tal y como están las cosas parece muy poco probable que en los próximos años surja una clase política llamativamente diferente de la conocida: el que a un elenco «nuevo» le sea tan fácil achacar los problemas del país a su antecesor irremediablemente desprestigiado, a Washington y al FMI hace pensar que será casi idéntico al actual.

Asimismo, al comprometerse con la teoría de que la perversidad apenas concebible de los políticos argentinos es más que suficiente como para hacer comprensible el hundimiento de una economía antes considerada pujante, Bush y sus colaboradores más influyentes se ahorraron la necesidad de revisar sus ideas en cuanto a la mejor forma de afrontar las dificultades planteadas por la globalización de las finanzas, con el resultado de que la crisis brasileña los ha encontrado sin muchas respuestas. No quieren intervenir en gran escala dando a los brasileños un «blindaje» lo bastante imponente como para tranquilizar a los mercados por creer que la experiencia argentina ha probado que no funcionaría. Sin embargo, a menos que los habitantes de países de la región cuenten con una red de seguridad de tal tipo para que no tengan por qué temer que de un día para otro pudieran verse privados de todos sus recursos, será muy difícil que sientan la confianza en sus sistemas financieros locales sin la que ninguna economía, ni siquiera la norteamericana, pueda mantenerse a flote.


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