Ambición suicida

Por Redacción

A fines del año pasado, casi todos los interesados en política coincidían en que convendría que la persona elegida para terminar el período presidencial que no pudo completar Fernando de la Rúa aceptara que, una vez concluyera el trabajo así supuesto, debería retirarse definitivamente de la vida pública porque de lo contrario no tendría las manos libres para impulsar los cambios que los más sabían imprescindibles. Por cierto, es lo que dijo creer el entonces senador Eduardo Duhalde. En diversas ocasiones juró solemnemente que manejar la transición sería su último acto de servicio al país. ¿Hablaba en serio? Desde luego que no. Es un secreto a voces que en la actualidad Duhalde está vacilando entre intentar recuperar la gobernación bonaerense él mismo y confiarla a su esposa, Hilda Duhalde. Huelga decir que su voluntad de volver a La Plata para reasumir el mando de su aparato ya ha tenido consecuencias nefastas para el país. Además de sentirse obligado a continuar su guerra con el ex presidente Carlos Menem, Duhalde ha comenzado a ensañarse con el gobernador actual de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, conflicto que según parece ha contribuido a una ola de violencia asesina en la que la Policía bonaerense ha estado cumpliendo un papel tan ambiguo como siniestro.

Por razones que podrían calificarse de estructurales, sería difícil concebir un individuo menos capacitado para ocupar la presidencia de la Nación en la coyuntura actual que el caudillo del aparato peronista de la provincia principal. Aunque se tratara de un estadista realmente excepcional, sus vínculos íntimos con una organización poderosa y corrupta que a su manera encarna los peores vicios de las tradiciones políticas del país serían más que suficientes como para desvirtuar sus esfuerzos por frenar una crisis económica, social y, desde luego, política que está provocando estragos en todo el país. Puesto que Duhalde no es un estadista sino un cacique político típico que se ha visto obligado a confesar que antes de llegar a su eminencia actual no había entendido muy bien cómo funcionaba el mundo, razón por la que fueron tan traumáticas sus reuniones con mandatarios extranjeros como el español José María Aznar, era de prever que su gestión resultara accidentada e indecisa y que las vicisitudes de la interna peronista no tardarían en preocuparle más que el estado del país.

Es factible que a fines del año pasado Duhalde haya tomado en serio sus propias palabras en cuanto a su presunta voluntad de abandonar la política después de atenuar los problemas inmediatos más graves para que el sucesor elegido de De la Rúa se encontrara con un país que ya estuviera en marcha. De ser así, otros políticos bonaerenses, tanto aquellos que formaban parte de su gobierno como los que quedaban en la provincia, se habrán encargado de convencerlo de cambiar de opinión. Como es notorio, en nuestro país los políticos más exitosos suelen rodearse de seguidores que dependen casi por completo del poder de su jefe y que, en consecuencia, harán virtualmente cualquier cosa por hacer tropezar a sus rivales. Asimismo, conscientes de que hasta hace muy poco la ciudadanía no se acostumbraba a preocuparse por lo que hacen los dirigentes, tanto éstos como sus operadores aprovecharon la oportunidad para crear una multitud de mecanismos legales y constitucionales destinados a fortalecer su hegemonía.

La ciudadanía entiende muy bien que es necesario romper con este orden perverso, pero por motivos comprensibles teme al caos que podría ocasionar su caída estrepitosa. La tarea de un presidente de transición, pues, tendría forzosamente que incluir una serie de reformas políticas encaminadas a permitir el desmantelamiento de las espesas redes clientelares, muchas de ellas conectadas directa o indirectamente con sectores netamente criminales, que tanto han contribuido a la decadencia del país. Sin embargo Duhalde, por ser el político tal vez más comprometido de todos con el populismo corporativo organizado que desde hace décadas se considera el dueño del país, no meramente se ha negado a afrontar el problema así supuesto sino que tampoco ha intentado pensar en una estrategia económica que, por suponer cambios significantes, no podría sino perjudicar a los muchos intereses creados con los que está asociado.


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