Ángulos

Columna semanal

Por Redacción

EL DISPARADOR

Jorge es periodista. Ana es contadora. El sueldo les alcanza para alquilar un departamento de tres ambientes, pagar la escuela primaria de sus hijos y cenar el primer viernes de cada mes en el mismo restaurante.

“Se complicó el día” o “surgió un improvisto” repite Jorge, que se queja porque en el diario le pagan una miseria. Pero no puede hacer otra cosa porque esa es su pasión. Está convencido de que uno es periodista las 24 horas, no de a ratos. Por eso, vive entre redes sociales, chat, mails y noticias, sin diferencia entre días laborales y francos.

Las últimas vacaciones, Jorge y su familia fueron a las sierras de Córdoba porque les habían prestado una casa en El Durazno. Llegaron un domingo a la tarde, luego de que él manejara unas diez horas desde Buenos Aires.

Cuando entraron a la casa -amplia, cinco habitaciones y vista al río- lo primero que hizo Jorge fue ir a la cocina porque le habían avisado que en la heladera estaba la clave de wifi. Ana le recriminó que seguía conectado pese a que estaban en el medio de un paisaje increíble. Jorge repitió lo de siempre: debía estar informado.

Mientras discutían y los niños correteaban fuera de la casa, Jorge leyó de reojo en las noticias que había renunciado el jefe de Gabinete. Para Jorge ya no existía otro tema: se encerró en una habitación a hacer llamadas. Leyó redes sociales y artículos online. Mandó mails. Hasta que notó la casa en silencio. Miró la hora, eran las tres de la madrugada. Tomó un tranquilizante para dormir.

En la mañana, mientras los niños desayunaban animados, Ana le preguntó a Jorge si iba a seguir así todas las vacaciones. Él, con unas ojeras enormes, le dijo: “Son temas serios, nena. No todo es joda. Tengo una profesión importante, no puedo desconectarme así nomas”.

Ana y los niños fueron al río. Jorge, tras chequear su celular, se echó a dormir un par de horas más. Al mediodía se reunieron todos en la casa. Los niños jugaban con su madre y se reían en un clima de complicidad: uno pensaba en un objeto y los otros le hacían preguntas -¿De qué color es? ¿Está en el piso?- para adivinar qué era. Jorge reclamó que no lo dejaran afuera. Su mujer le dijo que si quería ser parte de algo, que se involucrara.

Al rato, salieron a caminar hasta que encontraron el único restaurante que había en los alrededores. Almorzaron y se quedaron jugando al ahorcado. Uno pensaba una palabra, decía cuántas letras tenía y los demás debían adivinarla.

Mientras el restaurante se iba llenando, Jorge hurgó en su bolsillo y descubrió que se había olvidado el celular. Ana lo miró fijo. Ambos suspiraron y siguieron jugando. Un señor se les acercó y preguntó si podía ocupar la esquina de la mesa porque no tenía donde sentarse. Le dijeron que sí, que claro y enseguida empezaron a charlar.

-¿A qué se dedican? -preguntó el señor.

-Yo soy periodista -dijo Jorge.

-¡Qué interesante! Debe ser divertido, ¿no?

-Sí, pero es terrible. Muy demandante, difícil. Pasan muchas cosas importantes.

-Claro, me imagino -dijo el señor.

-¿Y usted qué hace? -preguntó Jorge.

-Soy médico.

-Ah, ¿y dónde trabaja?

-En una ONG.

-¿Cuál?

-Médicos sin Fronteras.

Juan Ignacio Pereyra


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