Ansiedad
El disparador
Una mañana le avisaron que la empresa cerraría si a fin de año los accionistas no estaban conformes con las ganancias. “No pasa nada si me quedo sin laburo, algo conseguiré”, dijo él. Lo tranquilizaba ser soltero, profesional y tener 35 años: “No tengo presión, podría buscar algo nuevo, distinto”.
Ese día se fue del trabajo pensando: “¿Qué es lo peor que puede pasar? En el caso más extremo, hay gente, amigos, familiares, que me ayudarían”. Quedaban los últimos rayos de luz de una soleada tarde otoñal.
Antes de volver a su departamento, entró a un bar. Fue a encontrarse con amigos, que estaban como él, de traje y perfumados. Les comentó lo que había pasado: “No me preocupé cuando el jefe nos avisó, pero ahora estoy intranquilo”.
A los amigos no les parecía un gran problema, incluso uno dijo: “Creo que hay muchos mundos, y que uno elige cuál mirar y con qué ojos verlo. Si te quedás en la impotencia de lo que no podés, o no se puede cambiar, estás sonado. No hay que olvidarse de que uno elige los anteojos que se pone”.
-Coincido -asintió él-, pero a veces las palabras no me alcanzan. Surge una fuerza invisible… Como un gusano que va comiendo por dentro una fruta que brilla por fuera.
El fin de semana, él lo pasó con dolor de cabeza, descompuesto. Apagó su celular y se encerró en el departamento. El lunes se despertó temprano. Ni bien llegó al trabajo, pidió hablar con su jefe.
-Necesito certezas de lo que va a suceder con la empresa, me mata no saber qué va a pasar. Así no puedo laburar. No quiero ser parte de una etapa decadente -expresó él.
-Hay que esperar, es así -le respondió el jefe, que miró su reloj y con su mentón apuntó hacia la puerta-. Te pido disculpas pero tengo otra reunión.
Él apretó el puño derecho, frunció el ceño, apretó los dientes hasta que crujieron. Salió sin animarse a dar un portazo, con los ojos húmedos. En el pasillo, un par de compañeros le preguntaron qué le pasaba. Él siguió callado, con un nudo en la garganta.
Retomó sus tareas. Vigiló la hora a cada rato. Cuando por fin terminó su jornada, se fue rápido. Lo primero que hizo en su departamento fue ponerse a buscar trabajo por la web. Le avisó a amigos y conocidos, repitiendo: “Me quedo sin laburo, si sabés de algo avisame”. Esa noche no durmió, se la pasó llenando formularios online en diferentes consultoras. Recién cuando amaneció, se recostó un rato. No escuchó el despertador. Y llegó tarde al empresa.
Los siguientes meses casi nunca entró en horario a la oficina. Tuvo algunas entrevistas pero sin éxito. La barba le creció más lento que su barriga. Cada vez habló menos con sus compañeros. Se convirtió en un zombi. Ya nadie lo saludaba.
Una semana antes de Navidad, el jefe convocó una reunión. Con la mirada extraviada, él fue a escuchar. “Fueron meses difíciles, inciertos. Para no extenderme, les quiero informar que los accionistas decidieron cerrar cuatro oficinas en el país, pero van a apostar por otras tres, entre las que estamos nosotros. El plan es ampliar el personal, en el que habrá recambio. Para eso, se evaluará el rendimiento de este año”.
Juan Ignacio Pereyra