Aquellos trenes
la peña
jorge vergara jvergara@rionegro.com.ar
Los trenes reciclados del presente se parecen bastante a los de la década del 60 o del 70 en Argentina. Cambiaron muy poco, casi nada, aunque sí es diferente el escenario. Hoy la llegada de un tren no conmueve a nadie, apenas unos pocos nostálgicos se acercan a las estaciones que quedaron en pie, otros miran con indiferencia y la mayoría directamente lo ignora. Políticas de uno y otro gobierno fueron limando el poder del tren, el afecto al tren, porque era afecto, amor lo que se sentía por los trenes que unían destinos, que forjaban amistades. Eran el nexo ideal para la gente que de un punto a otro del país llevaba sus ilusiones a cuesta, sus amores pendientes, sus sueños por realizar. El tren era el medio de transporte por excelencia para aquellos que se animaban a probar suerte en la gran Buenos Aires, por esos tiempos también diferente. En mi pueblo nunca más se vio fiesta semejante como la que se armaba cada vez que llegaba un tren. Claro, fiesta era un modo de decir, porque faltaba la torta y el brindis, pero el pueblo, por un instante, era una algarabía generalizada. Allí se encontraban amores, hermanos, padres e hijos; allí confluían proyectos y planes; allí se ponían en marcha o terminaban grandes ideas; ahí confluían los curiosos que sólo iban para esperar el tren. Estaban esos que no tenían parientes ni amigos en viaje, sólo asistían a la estación con el fin de esperar el tren, porque el tren en sí mismo era una visita esperada cada día. Mi pueblo, Andalgalá, era punta de riel, es decir el final de las vías para la llegada del tren. Bajaban los pasajeros, acomodaban la formación, limpiaban los vagones y, a veces, en el mismo día, pegaban la vuelta para hacer el mismo camino de regreso. Y se daba la inversa. Porque partían ilusiones, partían sueños y amores, planes y lo que días atrás habían sido abrazos y alegría se transformaba en lágrimas, en buenos deseos y en generalizados hasta pronto. El tren se convertía en desgarradoras escenas cuando los convocados para el servicio militar partían hacía sus destinos para ponerse “bajo bandera”, como solían decir los padres. No decían que estaban en el servicio militar, decían que estaban bajo bandera. Era la tristeza lógica de la partida a un destino para muchos no deseado, pero no iban a la guerra y, salvo algún grave imponderable, tenían fecha de regreso. Pude presenciar todas esas escenas, las de las partidas y las del regreso, iguales y diferentes a la vez, porque se podía volver cargado de gloria o con las manos vacías. Se podía encontrar el mejor futuro, pero se podía fracasar también. El tren también fue testigo duro de esas realidades cotidianas que poblaban sus estaciones, el tren era sinónimo de la llegada de soluciones, o de postergaciones, el tren traía y llevaba. Y no tenía la frialdad de los colectivos de hoy, era casi como un viaje familiar, aunque los que se sentaran al lado fueran desconocidos. Se viajaba en familia, los viajes duraban muchas horas y eso generaba amistades inesperadas. Con un abuelo taxista, íbamos antes de que llegara el tren a la estación y nos volvíamos después de que no quedaran pasajeros para llevar al pueblo. Eso podía significar un par de horas, pero repetida la escena cada día o día por medio, las escenas se multiplicaban una y otra vez. Esos trenes de antes, que dejaron estaciones vacías, recorrieron la Argentina durante décadas llevando lo que por ese entonces se llamaban los frutos del país. Nostalgia, eso es, nostalgia por esas cosas que el tiempo hizo desaparecer, los gobiernos de turno y unos cuantos factores más, pero literalmente desaparecieron de decenas de estaciones que hoy lucen abandonadas o ya no están. Muchos sueños de una Argentina mejor hoy no tienen en qué viajar.
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