Arañita, arañita
¿Alguna vez se ha detenido a observar una tela de araña? Yo sí. Digo, observarla-admirarla, como lo que es, una hermosa obra de alta tecnología, y no mugre de ésas que siempre observan las amigas envidiosas o la suegra. Mi apreciación de las arañas y su producto final ha sufrido un cambio, desde que vivo en una casa con jardín. Cuando tenía departamento, arañas, hormigas y otros visitantes diminutos eran objeto de destrucción. Vaya, tranquilícese: ahora, también, sólo que me da pena, algo así como destruir una obra de arte. Letal, es cierto, y eso es evidente cuando la que sobrevivió al plumero luce un par de moscas. Pero, ¿no tienen su belleza oscura las armas nuestras?
Ahora mismo estoy mirando cómo el sol convierte en brillante joya geométrica, titilando con fulgor temblón, una preciosa telaraña. Su autora espera pacientemente a un costado, y su paciencia sería premiada si no fuera porque ha invadido mi espacio, en vez de elegir un árbol o una enredadera, lugar que respeto porque todos tenemos que convivir. Sufrirá las consecuencias porque si arañas, hormigas, abejas y moscas se adueñan de mi casa, capacidad que sin duda poseen, yo en cambio no puedo irme a vivir al jardín, ¿verdad? Soy parte de la especie humana, de la cual dice el Génesis que «domine sobre los peces del mar y las aves del cielo, sobre las bestias domésticas, y sobre la tierra y todo reptil que se mueve sobre la tierra».
Dominio, poder: ésa es la clave. Otros mandatos divinos hemos ignorado, pero éste lo hemos desarrollado tanto que, no conformes con el dominio de los seres que coexisten con nosotros, lo hemos extendido a la propia raza, de resultas de lo cual hay dominadores y dominados. ¿O habrá sido una particular traducción del hebreo? Vaya usted a saber; en primer lugar, si Dios dijo algo, y si ese algo fue que dominemos; para no meternos en la misma existencia de Dios, cuestión opinable. Nuestros textos sagrados no admiten la convivencia porque suponen la superioridad humana y tal superioridad se traduce en control, asimilación o destrucción. Aunque no está demostrado que toda superioridad deba vivirse así. Otras culturas tienen una muy distinta idea de todas esas cosas, si bien es cierto que la civilización occidental y judeocristiana viene ganando por goleada, en un proceso que, quizás, termine con la civilización misma. Pero, ¡falta tanto! Apenas vamos talando millones de hectáreas, la desertificación está algo avanzada y los hielos se derriten de a poco, de modo que, ¿quién se va a preocupar por estas cuestiones estratégicas si hay problemas mucho, mucho más urgentes?
Mientras tanto, revestimos de aureola humana todo bicho que camine, vuele o nade. El hombre es el lobo del hombre. Es más mala que las arañas. Un tiburón asesinó a un pobre tipo que sólo nadaba, inocentemente…Lo concreto es que el lobo vivía tranquilamente en su territorio hasta que llegamos para quedarnos, y está en vías de extinción; las arañas son oscuros símbolos sexuales, y ¿qué le puedo decir del tiburón? El está en el mar, que es -era- su territorio. No pararemos hasta eliminar tamaño peligro.
Hace poco estuve en Puerto Madryn. Se está desarrollando allí una interesante polémica, dado que es visitado por las ballenas. Visitado, es decir, viene a nuestro territorio, no se nos ocurre que es el suyo propio. Bien, el asunto es que se debate si se habilitará el buceo alrededor de las ballenas, jugando entre ellas, en una impecable interpretación del turismo aventura, con su secuela de lanchas, cámaras bajo el agua, luces, ruidos, en fin, lo de los documentales, pero masivo. Los ecologistas se oponen; las agencias de turismo y muchos clientes presionan. Adivine quién va a triunfar.
Arañita, arañita, lo lamento: se terminó la tregua. «Domine…»
María Emilia Salto
bebasalto@hotmail.com
¿Alguna vez se ha detenido a observar una tela de araña? Yo sí. Digo, observarla-admirarla, como lo que es, una hermosa obra de alta tecnología, y no mugre de ésas que siempre observan las amigas envidiosas o la suegra. Mi apreciación de las arañas y su producto final ha sufrido un cambio, desde que vivo en una casa con jardín. Cuando tenía departamento, arañas, hormigas y otros visitantes diminutos eran objeto de destrucción. Vaya, tranquilícese: ahora, también, sólo que me da pena, algo así como destruir una obra de arte. Letal, es cierto, y eso es evidente cuando la que sobrevivió al plumero luce un par de moscas. Pero, ¿no tienen su belleza oscura las armas nuestras?
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