Argentinos, de la pasión a la estupidez



Días pasados suscribí una columna titulada “24 de Noviembre de 2018” donde presagiaba que dicha jornada sería extraordinaria.

Y verdaderamente lo fue, pero no en el sentido pretendido. Con el dolor profundo de quien escribe, lo vivido el sábado fue un cross en la mandíbula ingenua de la esperanza.

Una fiesta de la pasión bien entendida, pasó por obra y arte de unos pocos, a ser una cruda exhibición de la estupidez humana.

Un descalabro social visto por los ojos del mundo, que demuestra la extrema facilidad que tenemos para autoboicotearnos. Para comprender de que se trata el bien común, cuando no del propio.

¿Hasta cuando se permitirá en nuestro país que unos pocos se burlen de los derechos, sentimientos e ilusiones de la enorme mayoría? ¿Cómo entender que un energúmeno que lanza criminalmente un adoquín al micro de jugadores adversario, pueda actuar con tanta impunidad, perjudicando con ello a cientos de miles, y lo que es más estúpido aún, a los de su propio club…?

Allí se produce el fenómeno de la anomia boba explicado por Carlos Santiago Nino hace décadas, por el cual el incumplimiento de las normas, lejos de obtener algún beneficio para quien las infringe y su grupo, los perjudica aún más.

Esa falta de inteligencia, de no pensar un centímetro más allá de las propias narices, nos convierte en verdaderos cavernícolas del Siglo XXI. Trogloditas que debiéramos ir al zoológico a recibir cátedra de las bestias

Que un micro que transporta jugadores pueda ser atacado a escasas cuadras del estadio donde se jugaría “la final de todos los tiempos”, habla de la ineptitud política para montar un plan de seguridad tanto a nivel de la Ciudad, como del Gobierno Nacional, a días que se celebre en nuestro país el G20.

El manoseo y la falta de claridad con la que se desenvolvieron los dirigentes de la Conmebol, postergando el partido infinidad de oportunidades, teniendo en vilo a los espectadores y privilegiando el interés comercial por sobre cualquier otro, habla de la falta de capacidad y estatura moral de quienes conducen el organismo sudamericano.

Desde el punto de vista deportivo, ninguno de los dos equipos debiera estar en inferioridad de condiciones por un hecho del que ha sido víctima y del que resulta ajeno. El daño sufrido por los jugadores de Boca es ilegítimo, como lo fue el recibido por los futbolistas de River, la infausta noche del gas pimienta.

La nueva suspensión y el planteo formulado por Boca ante la Conmebol, suspicacias mediante, abre un nuevo capítulo a la ya hartante incertidumbre. Un culebrón soporífero, que escribirá una nueva página en Asunción.

Y en el medio de este gran bochorno, está la gente de a pie. La que con esperanza juntó el peso, viajó o iba con su hijo a la cancha a disfrutar de un día de fiesta.

Por circunstancias casuales, me tocó estar cerca del estadio de River antes y después del frustrado encuentro y ver la metamorfosis de los rostros de sus hinchas: de la felicidad, a la decepción plena.

Daba pena ver grupos de peñas del interior caminar sin rumbo y sin dinero a media noche por la Avenida del Libertador, en medio de las exequias de destrozos, que había dejado la batahola previa a la suspensión del partido.

Ante tanto oprobio, es hora que decida la imprevisible Conmebol en mérito a un artículo, el 18, que es una verdadera caja de pandora y que abre un abanico de posibilidades, desde la multa, la suspensión, la reprogramación, la fijación de nueva sede y hasta la dación de los puntos al equipo damnificado.

Flaco favor se haría al deporte si se ganara una copa de esta magnitud desde un escritorio. Aunque habría que preguntarse de una buena vez, si como merecido premio a tanta estupidez, no correspondería declarar desierto al campeón de la edición 2018 de la Copa Libertadores de América.

*Abogado. Prof. Nacional de Educación Física. angrimanmarcelo@gmail.com


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