Empezaron con 20 plantas en Roca y hoy venden miles en la Patagonia: el boom de un vivero y de una influencer de los jardines
La historia de Mauro Sierra, Mariela Leal y "El Ceibo" comenzó cuando se mudaron de Villa Regina a Roca para abrir el vivero en el 2009 en el corazón del Alto Valle. Con el paso de los años, de los primeros clientes que aun mantienen y de los nuevos que se sumaron pasaron a abastecer también a arquitectos, paisajistas y empresas, con gran demanda desde Cipolletti, Neuquén, Plottier y Centenario. La cuenta de Instagram que nació en la pandemia para sostener el emprendimiento familiar y los puestos de trabajo se transformó en un éxito con 306 mil seguidores que disfrutan de los videos que publica ella.

Es la historia de un sueño que comenzó a escribirse hace casi 17 años, cuando arrancaron con veinte plantas para cercos y diez cajones de plantines. Por entonces, Mauro Sierra tenía 24, Mariela Leal 23 y los dos tantas ganas de abrirse camino. Por eso se irían de Villa Regina, aunque les costara dejar el día a día con la familia y los amigos. “Roca es la ciudad”, fue el consejo de Ángela, la madre de Mauro. Su intuición no fallaría.
Hacia allá partieron su hijo y su nuera para abrir el vivero El Ceibo, 45 kilómetros al oeste por la Ruta Nacional 22, en el corazón del Alto Valle que se aprestaba a vivir unboom de nuevos barrios y construcciones al norte de laPatagonia, a mitad de camino entre la cordillera y el mar.


Al contacto y la relación con los primeros clientes, que aún conservan, se sumarían nuevas oleadas. Y con el tiempo, los arquitectos y los paisajistas y las empresas, de la mano del avance del diseño de jardines y los patios internos. Otra escala, otra era: ahora llegan a verlos con los planos antes de construir.
“Les va a ir bien”
“Son jovencitos, pero muy responsables, les va a ir bien”, los había animado Ángela en el 2009 para que probaran en Roca. Por entonces, Mauro, que había trabajado en un kiosco, ya había estudiado los secretos de los espacios verdes en la Universidad Nacional de Santiago del Estero. Y aunque diseñó un jardín de regreso a Regina, lo que más le atraía era una tradición familiar, el vivero. Lo mismo que a Mariela, que trabajaba en una casa de decoración por la mañana y a la tarde en la florería de Ángela y le apasionaba el mundo de las plantas. En el 2009 lo decidieron: se mudarían a Roca.

Ya en su nuevo destino, no hicieron otra cosa quetrabajar de lunes a lunes. Con el tiempo, la rueda creció y hoy la mayoría de los pedidos llegan desde Cipolletti, Neuquén, Plottier y Centenario, el área que se convirtió en el punto fuerte de la demanda.
Sale el repartidor con la carga embalada con esmero a bordo una trafic que permite altura o vienen a buscarla nuevos clientes de la zona más dinámica de la Patagonia. Algunos quieren saber dónde pueden tomar un café mientras les preparan el pedido. Otros se quedan a curiosear en el vivero que hoy alberga cientos y cientos de plantas en cada sector. “¿Cuándo se van para allá?”, les preguntan.


Mariela y Mauro meditan la respuesta, evalúan si vale la pena dar un nuevo paso aunque sean solo otros 50 kilómetros hasta Neuquén, ahora que tienen dos hijos y la vida armada en Roca. ¿Cómo garantizar la calidad en dos lugares? ¿Formar gente? ¿Ir y volver todos los días? El tiempo dirá. Mientras tanto viven con orgullo lo que supieron conseguir, que les demanda toda la energía cada jornada.
Para eso, como explica Mariela esta soleada mañana de febrero, la primera clave fue la ubicación. Otra mañana, tanto tiempo atrás, le mostraron a Ángela ese gran terreno para alquilar en la avenida San Juan, unos 400 metros antes del cruce con la Ruta 22 por donde pasaban con Mauro. Aunque les llamaba la atención, no estaban seguros de que hubiera una oportunidad allí donde no había nada, apenas una canchita de fútbol lejos del centro. Otra vez, se apoyaron en la mirada de Ángela. “Este es el lugar”, dijo.
Por entonces, no estaban terminadas las obras de los cuatro carriles, la iluminación y los semáforos en la avenida, no había comercios ni vecinos cerca y en el gigantesco local de Carlos Isla todavía no había desembarcado todo el arsenal de materiales para la construcción. Era enorme, sí, pero aún un depósito y solo andaba Manolo, el sereno, al que saludaban por las noches. Ahora parece un cuento de rosas, pero no era fácil aquella soledad.


Pero si la ubicación, que incluye un fácil acceso y lugar para estacionar, fue un acierto a la manera del célebre “location, location, location” de los desarrolladores estadounidenses como condición indispensable del éxito de un emprendimiento, no fue lo único. ¿Qué más? “Atender bien, asesorar, siempre asesorar, calidad y variedad en lo que vendemos, precios razonables”, dice Mariela. Y agrega, en alusión a los dos consejos de Ángela: “Qué grande mi suegra”.
En esta, su historia, tienen otro agradecimiento gigante y es para los dueños del terreno que alquilaron. Es que iban a comprar una prefabricada para instalar en el lote y vivir ahí a pasos del vivero. Pero los propietarios los frenaron. «Nosotros la hacemos y nos alquilan con la casa», les propusieron. Y así fue. Ahí criaron a sus hijos, a metros de las plantas. «Tuvimos mucha suerte con la gente que nos cruzamos en el camino y confiaron en nosotros«, dicen ahora.
Una influencer en el vivero
Iluminada por la luz natural que entra por los ventanales, Mariela cuenta todo lo que aprendió de Ángela con una sonrisa detrás del mostrador, rodeada de flores, macetas y rociadores , con la misma soltura y espontaneidad que no abandonará en toda la charla, una de las razones para que la cuenta de El Ceibo en Instagram tenga más de 306 mil seguidores.
El disparador para utilizar la red social como canal fue la pandemia, cuando el parate de la actividad amenazaba la economía familiar y los puestos de trabajo en el vivero. Las amigas le decían que el futuro pasaba por las redes y que le veían condiciones. Primero se animó a postear y después a poner su cara y su voz. Fue un boom.

Hoy le escriben desde España solo para decirle buen día o de una provincia del norte argentino para contarle que fueron al vivero con su video para pedir las plantas o las macetas que mostraba, entre tantos otros mensajes que recibe a diario.
A esta altura, sabe lo que funciona y lo que no, lo que le gusta a la audiencia, lo que espera. Y que el mensaje debe ser corto y con punch. Impactados por sus números, desde Neuquén le preguntan quién le maneja las cuentas. “Yo”, responde y los sorprende. “Pero lo puedo hacer porque estoy todo el día acá y me gusta mostrar lo que hacemos”, explica y saluda a un cliente que acaba de entrar.

Entonces un día publica un método rápido y orgánico para limpiar las plantas de interior, otro lo dedica a las rústicas y resistentes de lindas flores. Con los primeros fríos comparte cuáles recomienda para el otoño y cuando empieza a volver el verde sus sugerencias para la primavera.
Y así todo el año, con algo que se repite: con las respuestas la que se sorprende es ella. Como en el posteo que dedicó este verano a dos propuestas para borduras para pileta que ya lleva un millón y medio de visualizaciones, 35.200 corazoncitos rojos y 232 comentarios.
Claro que detrás de esa vida en las redes hay otra, la presencial, la que más les gusta, el contacto cara a cara. Con los antiguos clientes que pasan a saludar, a tomar unos mates y ver qué hay y con los nuevos, compradores solitarios o familias entusiasmadas por embellecer sus jardines, o las empresas de aquí y de allá que cambiaron la escala de venta del vivero.

Para todos habrá tiempo para asesorar, aconsejar sobre tipos de plantas según el caso, ubicación, riego y cuidados, ya sean nativas o exóticas, patios secos o tradicionales, jardines innovadores o los de siempre, apoyados sobre lo que enseñan las evidencias sobre el clima seco del norte de la Patagonia. A Mariela y a Mauro les gusta ese contacto, lo disfrutan desde el primer día, cuando supieron apostar por el vivero. Los inspiraba Ángela y el espíritu de una de las frases más vistas en su Instagram en el 2025: “Dicen que, al final, ganan los que se atreven».
Premio Mentores
El vivero El Ceibo fue el ganador en la categoría Responsabilidad Social en la edición 2025 de los premios que otorga la Cámara de Comercio, Agricultura e Industria (CAIC) de General Roca. El motivo: su proyecto junto con Apasido para incluir en prácticas laborales a chicas y chicos con capacidades diferentes nucleados en la institución. Así, aprenden y trabajan codo a codo con el equipo del vivero. En la visión de Mauro y Mariela: “Todos en algún momento tuvimos una oportunidad y si nos equivocábamos siempre hubo ahí alguien que nos dijo que sí íbamos a poder. Tengamos empatía, paciencia y compañerismo. Se aprende tanto de ellos y con la felicidad que agradecen es algo tan hermoso…”
Contacto: https://www.instagram.com/ceibo.vivero_generalroca/

Es la historia de un sueño que comenzó a escribirse hace casi 17 años, cuando arrancaron con veinte plantas para cercos y diez cajones de plantines. Por entonces, Mauro Sierra tenía 24, Mariela Leal 23 y los dos tantas ganas de abrirse camino. Por eso se irían de Villa Regina, aunque les costara dejar el día a día con la familia y los amigos. “Roca es la ciudad”, fue el consejo de Ángela, la madre de Mauro. Su intuición no fallaría.
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