De Villa Regina a Rusia: el sueño que Julio le cumplió a su padre

Roberto Schwallier soñaba conocer la aldea de donde llegaron a La Pampa sus bisabuelos alemanes. Y su hijo pudo hacerle el mejor de los regalos.

Roberto y Julio César Schwallier bromeando en la edición 100 del Giro de Italia, que acompañaron en bici en Los Alpes, otra aventura de un inolvidable viaje. Foto: Julio César Schwallier

Roberto y Julio César Schwallier bromeando en la edición 100 del Giro de Italia, que acompañaron en bici en Los Alpes, otra aventura de un inolvidable viaje. Foto: Julio César Schwallier

El hombre que vuela rumbo al aeropuerto de Moscú tiene 84 años y un sueño que arrastra desde chico, cuando empezó a escuchar la historia del éxodo de sus antepasados: conocer la aldea del río Volga donde vivieron sus bisabuelos alemanes antes de dejar Rusia para trabajar la tierra en la lejana La Pampa a comienzos del siglo XX .

Desde la ventanilla del avión, don Roberto Schwallier se deslumbra con esa ciudad inmensa donde lo espera un hotel cinco estrellas.

Roberto Schwallier la noche de lluvia y nevizca que conoció la Plaza Roja en Moscú, en mayo del 2017. Foto: Julio César Schwallier

Supo lo que es no tener casi nada en aquellos ranchos pampeanos de piso de tierra donde creció, dormir apretujado con sus seis hermanos en los colchones de paja que hacía su madre Magdalena. Supo ser peón, alambrador, puestero. Supo llevar la tropilla de un pueblo a otro días y días, dormir a la intemperie en las huellas, cocinar fideos y matear con agua de charco.

Supo irse un día a buscar el futuro en otro lado como los alemanes del Volga y encontrarlo en Villa Regina, al norte de una Patagonia donde había tanto por hacer. Supo limpiar cloacas, ganarse la vida como plomero, albañil, peluquero, vendedor de muebles, de la fruta del Alto Valle que llevaba en camión a Buenos Aires. Supo ser parte de esa leyenda llamada Sidra La Reginense. Y pudo, también, aguantar de chico en la soledad del campo los golpes del padre que le tocó y ser capaz después de dar amor a sus dos hijos.

Roberto Schwallierla noche de lluvia y nevizca que conoció la Plaza Roja en Moscú, en mayo del 2017. Foto: Julio César Schwallier


Ahora, Julio César, el menor, va a su lado en el avión. Lo observa callado, pensativo. Cada tanto ve que anota algo en su libretita para alumbrar luego una décima campera, resumen de su larga y apasionante aventura: “A caballo anduve resereando / durmiendo en el recau / ahora hoteles alfombrau / y en avión volando / esto lo voy relatando / como un balance en la vida / que nunca está toda perdida / al contrario siempre está / es hasta donde Dios diga / no hay que darla por vencida”.

Roberto y Julio en Berlín, una de las escalas del viaje. Foto: Julio César Schwallier

El avión está por aterrizar, Julio ve sonreír a su padre y piensa en su vida de película. La felicidad no le entra en el cuerpo: ese viaje al que lo invitó y organizó en cada mínimo detalle de 50 días de aviones, trenes y hoteles es su manera de devolverle tanto. Por las dudas de que le pasara algo a él o que se perdieran, le puso en su bolsito viajero que llevaba cruzado al pecho un kit básico para moverse solo: euros, grupo sanguíneo, medicación, teléfonos de contacto, itinerario previsto. “Que cumpla su sueño y poder acompañarlo es un regalo del cielo”, dirá después.

Roberto con su hijo en la aldea rusa desde donde partieron sus bisabuelos alemanes rumbo a La Pampa a comienzos del siglo XX para fundar colonias. Foto: Julio César Schwallier

Pero antes, en el 2001, Julio no tenía un peso, como tantos otros en aquel crac de la economía. Se propuso, para tener un motivo que lo esperance, para salir de la depresión por la partida de su madre Victoria ese año, juntar el equivalente a cuatro parchadas por día en una lata en su bicicletería Schwallier Competición en Villa Regina con el sueño de ir a ver la edición número 100 del famoso Tour de Francia en el 2013.

“Estaba 1,50 pesos el parche. A veces llegaba el día 10 y tenía lo de todo el mes. Pero no importaba, yo le seguía metiendo a la lata. Y si el 31 de diciembre tenía un peso de ganancia era feliz. Once años junté la plata de los parches. Y así logré ir. Y cuando conocí Europa, pensé que tenía que traer a mi papá a que viera ese mundo, llegar hasta Rusia. Y lo pude hacer”.

Ahora el parche está a 50 pesos y se enorgullece de poner hasta tres y mantener el precio. Vende bicicletas Venzo (corre para ese equipo también) y los clientes le compran sin verlas por eso de la confianza. En estos días, tiene un aluvión de pedidos y una mañana se le armó, como nunca, una fila de 12 personas en la bicicletería, ahora que se puede pedalear una hora los martes, jueves y sábados en Villa Regina. Arranca a las 6 y le da hasta las 10 de la noche. Alma mater de las pedaleadas solidarias de 24 hs, del descuento que le hicieron en la última compra de bicis donó la mitad en alcohol para el Hospital de la ciudad. Tiene 45 años y le dicen el Ruso.

La tierra prometida

En Moscú, hicieron escala para seguir al sur rumbo a Saratov, donde pasaron la noche. A la mañana siguiente fueron a Berezovka, la aldea de los bisabuelos, un puñado de antiguas casas en la cercanía del río Volga, donde don Roberto se arrodilló y cumplió su sueño de mojar las manos y las mejillas.

Roberto en el río Volga. Foto: Julio César Schwallier

Después de recorrerla palmo a palmo se sentaron en unas rocas y aquel 8 de mayo del 2017 le contó a su hijo la historia de aquellos alemanes que llegaron a Rusia por una invitación de Catalina la Grande en el siglo XVIII. Obligados más tarde a convertirse en rusos o irse, muchos descendientes optaron por buscar un nuevo lugar en el mundo. Así fue que un grupo llegó hasta La Pampa a fundar aldeas a comienzos del siglo XX.

Aquel día de sol, sobre aquellas rocas de Berezovka, don Roberto siguió con la historia: nació el 12 de diciembre de 1932 en una de esas colonias pampeanas, pero lo dieron por muerto y lo dejaron en un fuentón a un costado. Con lágrimas en los ojos, las hermanas de su madre primeriza y la partera salieron del rancho a tomar aire.

Caminando juntos las calles de Budapest. Foto: Julio César Schwallier

Se quedó su tía Margarita, sentada en una silla: le costaba levantarse por ese sobrepeso que poco después se la llevaría de este mundo. Fue ella la que notó el movimiento y lo gritó en alemán: “¡Das baby verzog das gesicht!” (el bebé hizo una mueca). Todas volvieron, la partera le dio unos chirlos y ahí sí se escucho su llanto.

“Este viaje con él fue un regalo del cielo. Escuchar sus historias, ver su emoción. Una alegría que me queda para toda la vida”.

Julio César Schwallier


Después, en el almuerzo, como durante todo el viaje, don Roberto continuaría con el relato de su pasado que tanto le gusta escuchar a Julio. Así fue en las largas caminatas en Moscú, en Viena, en Budapest, en Berlín, en Praga, asombrados por la limpieza, el orden, el respeto en las calles, el silencio, la arquitectura, los ecos de la Segunda Guerra.

Durante el Giro de Italia. Foto: Julio César Schwallier


El final de la travesía fue otra maravilla para dos ciclistas de ley: disfrutar de los 100 años del Giro de Italia, la más pasional de las pruebas sobre ruedas. Ahí sacaron la foto que los emociona en el recuerdo: los dos agitan la bandera celeste y blanca mientras pasan los competidores.

Y entre las anécdotas, recuerdan la del viaje en tren a San Petersburgo, la ciudad de los zares. A bordo, Julio lo puso en contacto por video llamada con Estela desde el celular y don Roberto se sorprendió al ver a su hija tan nítida y escucharla tan bien. Parecía mentira, si cuando era chico y salían a alambrar campos con su padre estaban meses sin comunicarse con el resto de la familia aunque estuvieran a 70 kilómetros.

Todo cambia, menos el amor profundo. Por eso, para Julio hoy será el momento de decir, como en la foto de la bandera en el Giro de Italia que lleva en el estado de WhatsApp: “Feliz día, papá. Simplemente gracias.”


Viajes e historias en dos libros

Parche por parche. Julio César Schwallier (con María Cecilia Reumann como coautora) cuenta su pasión por el ciclismo y cómo logró recuperarse de un duro momento personal y económico en su bicicletería Schawallier Competición en Villa Regina y ahorrar cada día durante 11 años el equivalente a cuatro parchadas para cumplir su sueño de ver la edición número 100 del célebre Tour de Francia. El viaje por Europa es la otra clave del relato.


Una vida no alcanza… Roberto Schawallier, padre de Julio César, narra (también con María Cecilia Reumann como coautora) su emocionante historia, desde aquellos ranchos con piso de tierra en los que creció, pasando por su larga lista de trabajos y oficios hasta llegar al viaje para conocer la aldea de sus bisabuelos a orillas del río Volga.Los libros no están a la venta pero sí disponibles en bibliotecas de Villa Regina y La Pampa


La realidad es un sueño: la aventura en décimas camperas

Roberto Schawallier contó esta gran aventura con su hijo en 109 décimas camperas. Aquí, las primeras cuatro y las dos en la que describe la tierra de sus bisabuelos. Antes de este viaje, había volado dos veces en avioneta en los años 80: el vuelo de bautismo en Villa Regina y de Comodoro Rivadavia a Neuquén por trabajo.

1 (Regina)

Me sorprendió su llegada / fuera de lo normal / me dije, será casual /
esto no es pavada, su cara sonrojada / dice de pronto al llegar, papi, te vengo a invitar / a una larga travesía / será grata tu compañía / si me querés acompañar.

2 (Regina)

Titubié un momento / sabiendo de que se trataba / algo me embargaba / no se, tristeza o contento / dijo, ya te cuento / viendo mi emoción, es un viajecito en avión / Neuquén, Bs. As., Roma / Viena, Berlín que asoma / Moscú, Milán y otras vamos a visitar / cruzaremos el mar / volando como paloma.

3 (Regina)

Una andanza más / para mis adentros, pensé /así que acepté / no echándome para atrás /me entristeció quizás / el tema monetario / pero me salió al contrario, le dije que plata no tenía / corren por cuenta mía / me dijo, los honorarios.

 4 (Regina-Neuquen 24/04/17)

Y el 24 de Abril llegó /del dos mil diecisiete, se hizo grande el apriete / cuando aquél aparato arrimó, medio me confundió / pero ya estaba metido / un algo que no olvido / aunque parezca sonsera / miré pa’tras en la escalera / saludaban mis seres queridos.

37 (Sarátov 07/05)

El viaje va bien cumplido / y le digo gracias a Dios / ahora estamos en Saratov / donde nuestros abuelos han vivido / el Río Volga su querido / que recordaban con dolor / hoy sentí el rumor / algo que me desvela / que en invierno se congela / con un metro de espesor.

38 (Sarátov 08/05)

Qué bárbaro, cómo puede ser / casas viejas podridas / con leyendas escondidas / vaya uno a saber / y así dentré a recorrer / la ciuda’ para observar / y me pongo a pensar / en mi mujer, mi mamá, mis abuelos / que hablaban de estos suelos / seguro que del cielo me han de acompañar.

En el Giro de Italia. Foto: Julio César Schwallier

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